Lenguaje

No seamos Cassandra, o lecciones que podemos aprender de una sentencia nefasta

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Existe cierta dinámica recurrente en el mundo de fast news en la red que empieza a resultar asfixiante. Se caracteriza por la vehemencia y las palabras altisonantes, por decir con la menor cantidad de matices posible muchas cosas en muy pocas palabras, que reniega de la precisión, la generosidad comunicativa, la reflexión. Y creo que es el marco en el que hay que ver el problema que presenta el choque entre la actual legislación y la expresión en las redes sociales, y que ejemplifica bien (pero que no agota en sus implicaciones) el caso de Cassandra Vera. El caso merece atención porque representa bien ciertos aspectos del momento en que vivimos.

El problema aquí no está en lo que se dice, o al menos no es un problema contra el que pueda hacerse gran cosa. Siempre se han dicho trivialidades, la gente siempre ha hablado para afirmarse en sus convicciones o para pertenecer a una tribu en lugar de intentar dilucidar la realidad. Pero la cacofonía que se genera tiene como efecto que no pensemos en lo que realmente nos jugamos con cada uno de estos debates, que no reflexionemos sobre la responsabilidad que conlleva cada acto comunicativo. Lo único que se escucha es una ruidosa y frustrante simplificación. De repente aparecen voces que piden penas concretas (cárcel, horca quienes han visto demasiadas películas), que piden justicia (pero una justicia arbitraria basada en lo que ellos opinan, sin base en un sistema legal o ético), que piden libertad (en su sentido más abstracto, el que no significa nada), o que tratan de convertir a alguien en mártir de una causa (ninguna causa es más digna de atención por tener mártires, una idea modesta y sin  que merece recordarse). Y nada sirve de nada porque en realidad es todo una especie de juego: se dice esto o lo otro, la gente se descarga, presume de haber dicho algo y mañana seremos vehementes con otra causa (es decir, la necesidad de vehemencia importa más que la causa concreta). Nada parece importar, y de lo único que hablan, entusiastas y hostiles, es de sí mismos.

Para los jueces de la Audiencia Nacional que sentenciaron a Cassandra, el delito era que sus chistes sobre Carrero Blanco “constituyen desprecio, deshonra, descrédito, burla y afrenta a las personas que han sufrido el zarpazo del terrorismo”. Esta sentencia demuestra que sus señorías carecen de conocimiento del lenguaje, que lo usan de una manera anti-retórica, y por lo tanto imposible de discutir o negociar. Es el principio de un modelo fascista de lenguaje, que describió gente como George Steiner. De hecho cualquiera que preste atención al sentido de las cosas es capaz de ver que se trata de una sentencia vacía. Cualquiera con mirada clara y un mínimo de conciencia moral puede ver que no hay “enaltecimiento” del terrorismo, que, de hecho, ·”El Terrorismo”, ese nuevo fetiche de paja de la derecha, no tenía nada que ver con el tenor de los chistes, no estaba en su sustancia, no era de lo que hablaban; no había nada en ellos que promoviese el terrorismo con argumentos (que es como se promueven las ideas). Simplemente era el trasfondo para un jeu d’esprit cuyo fin era una llamada de atención. En definitiva, dado que los chistes no argumentaban a favor del terrorismo y no eran sobre el terrorismo, no pueden constituir burla a las personas que han sufrido el “zarpazo” (aquí vuelo retórico expresivo) del terrorismo. En todo caso esos chistes no afrentaban a las víctimas del terrorismo que a los fascistas, o, ya desde otra perspectiva, a quienes tienen gusto o sentido del humor. Pero aun admitiendo que hay gente a quien de una u otra manera puden ofender, no es sano ni sereno exigir condena, castigo o encomio. Hay cosas que no son ideales pero que pasan cada minuto y simplemente vamos a tener que aprender a no ofendernos tanto. Y por demás que, bajando a tierra, los twits no hacen daño a nadie, no cuestionan ningún concepto central a la democracia o a la vida en comunidad, que probablemente no eran muy serios y que no tenían por qué tener consecuencias. En esa sentencia no hay nada importante, se demuestra una nula comprensión de cómo funcionan las redes sociales y los protocolos básicos de comunicación. O se prescinde de esa comprensión.

La actitud que representan los twits de Vera no es, ciertamente, un ejemplo de nada. Los twits son ejemplo de un virus en el sistema comunicativo porque no entienden algo para mí central: a todo ser humano, incluso el más despreciable moralmente, debe permitírsele cierta dignidad. Nuestra actitud hacia lo que nos desagrada o nos oprime nunca ha de ser de odio o descalificación total. La comunicación nunca es una guerra a muerte: el ideal comunicativo, si hay que emplear metáforas de lucha, consiste en acabar ambos contrincantes vivos, más vivos que antes, haber aprendido algo y continuar con las vidas. Es lucha grecorromana, no guerra nuclear. Cosificar al otro, aspirar a exterminarlo, es algo que hace el fascismo y que se ha hecho desde determinados regímenes de izquierdas y es por esta extrema cosificación del individuo por lo que nos producen repulsa ambas dinámicas. Tenemos que seguir pensando que los seres humanos son algo más que proyecciones, números, enemigos o aliados.

Deberíamos, como sociedad, poner límites al modo en que el discurso cosifica a determinados seres humanos: si sus actos fueron serios, merecen nuestra crítica seria; sus tropelías merecen no sólo condena o crítica, sino sátira. Pero es que los chistes contra Carrero Blanco no criticaban o trataban de ilustrar la vileza de un ser humano, sino que se centraban en reírse de la muerte del mismo. Y aunque no voy a empezar con los reproches, me parece poco interesante hacer un chiste fácil de alguien que da para un humor mucho más crítico y mordaz. En realidad los chistes no hablan de los actos de Carrero Blanco como político franquista, sino que frivolizan la muerte para suscitar un aplauso fácil. Un chiste satírico o una crítica demoledora están bien, pero una friolidad cuyo fin es conseguir likes creo que, como el exceso de azúcar en la dieta, hace daño pareciendo placer. Ciertamente hay cosas peores (la sintaxis de los futbolistas, la ideología sentimental de Belén Esteban o, ya en plan épico, las mentiras de los políticos o la corrupción generalizada), y creo que deberían tomarse también en serio, pero el modo en que nos comunicamos está en proceso de decadencia y también merece reflexión antes de que sea el estado natural de las cosas, resistente a toda crítica.

En realidad, como tantas cosas últimamente, tenemos que ver que el problema de estos chistes no es específico a ellos, es intrínseco a cierto estado de las cosas cuando los procesos comunicativos están siendo invadidos por las redes sociales. La obsesión por llamar la atención a toda costa va a acabar haciendo más daño que otra cosa, pero intentar contenerla a partir de medidas penales no sólo no trae nada bueno, sino que nos perjudica a todos porque en realidad todos somos responsables de este estado de las cosas. No me producen simpatía los niñatos que llaman la atención propagando virus comunicativos, convirtiendo la web en un lugar hostil al pensamiento, la gramática o la lucidez (aunque individualmente el daño que producen no es tan grande como el de algunos “comunicadores” televisivos que los juzgan), pero lucharé siempre para que sus tonterías no sean objeto de un discurso legal. Es nuestra responsabilidad como sociedad resistir la tentación de convertir todo en un chiste, de convertir la comunicación en una colección de clicks. Tenemos a una chica que desde los quince años descubrió que con un discurso vehemente, que no puede ser denominado irónico pero que expresaba odio y polarización, sus números en twitter subían. Y es una tentación muy difícil de resistir, a los quince o a los veinte años. De alguna manera es primar los likes por encima de la inteligencia: digo las cosas porque hacen gracia, no porque tengan que ser dichas o incluso porque las sienta. Y esto es algo que hacemos todos más de lo que deberíamos. Es la raíz del problema: no la libertad de expresión, sino reducir el proceso comunicativo a enunciados provocadores, simplistas y acríticos. Multiplica esto por millones de twiteros y tenemos una tendencia que nos va a convertir en gritones irreflexivos. Por esto no podemos hacer encomio de estos comportamientos.

Al castigar con el peso de la ley a Cassandra Vera en realidad se está judicializando un tipo de actitudes que compartimos todos. Por esto la sentencia no es justa y al obviar este hecho la sentencia es irresponsable. No ha sabido ver que Cassandra es un efecto de nuestra cuesta abajo, de la cultura del ruido y los likes. Escribí en otro post que la sentencia tenía poco que ver con ideas comprensibles sobre qué constituye delito o actividad criminal, que probablemente era una estrategia del pensamiento fascista para preparar el terreno a una nueva represión censora. No queremos una sociedad en la que todo se judicializa, en que el único modo de manifestar nuestra incomodidad es haciendo que la ley intervenga. Creo que las actitudes deben cambiarse sin exigir ejemplaridad, castigos o llevar a juicio. Los resultados de esta actitud serán nefastos y harán la sociedad más asfixiante. En los debates de Facebook de estos días curiosamente todo el mundo decía que, aunque probablemente la pena era excesiva, “algún castigo merecía”. Pero es que ésa no es la cuestión. La cuestión, deprimente, es que Cassandra Vera es un reflejo de nuestro ethos, un aviso de lo que se avecina. En este sentido (y sólo en éste) debemos confesar que “todos somos Cassandra”, por una vez la cursilería del lema implicaría autocrítica.

Si se me permite una modesta sugerencia, el peor castigo, lo que más dolería a los especialistas en excesos sería ignorar lo que dicen, no ponerles un like, no reírles las gracias. Recordemos que Cassandra, que probablemente es una persona estupenda, con gran potencial, hizo estas cosas porque percibía en el ambiente que esto era gracioso o estaba bien y sería un error por su parte responder a la sentencia invistiéndose como mártir de una causa. Su condena es estúpida, su actitud fue poco encomiable, su lucha debería ser contra la estupidez general. La comunicación tiene cada día mayor centralidad y alcance, y creo que estamos perdiendo el sentido de que somos responsables de lo que decimos, que cada vez que digamos cosas debemos ejercer esta responsabilidad para evitar un uso del lenguaje que está erosionando los procesos de comunicación y haciéndonos cada día menos críticos. Luchemos por mantener la expresión libre del pensamiento fuera del alcance de la ley, pero luchemos también por una expresión inteligente y de calidad. En cualquier caso, intentemos no ser Cassandra.

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