Canciones, Lenguaje, Musicales

“Children Will Listen”, de Into the Woods: pedagogía, comunicación, responsabilidad

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Escribiendo estos días sobre Cassandra Vera y la responsabilidad que deberíamos sentir hacia cada cosa que decimos y cada historia que contamos, no podía dejar de pensar en esta canción de Stephen Sondheim. No sé si la canción refleja mis sentimientos al respecto o (como viejo constructivista cultural que soy) aprendí mis propios credos vitales de Into the Woods y ahora los aplico a la ética comunicativa en internet. Pero el caso es que esta canción, que en cierta manera concluye una de las líneas de desarrollo de Into the Woods y da significado a la obra, habla de algo que hoy parece mucho más urgente de lo que era en 1987 cuando se estrenó la obra. Nunca se insiste lo suficiente en que Sondheim no hace simplemente canciones: Sondheim es un dramaturgo. Crea para un contexto, crea dentro de un libreto, en una situación, para personajes escritos, para potenciar momentos o ayudar a funcionar un texto. Que tantos temas acaben siendo obras maestras o que siempre queramos cantarlos es un efecto colateral de su obsesión por el momento. De hecho una de sus máximas es que lo más específico es siempre lo más universal. Y creo que lo que puedo decir sobre esta canción sigue la máxima al pie de la letra.

La canción es específica porque se escribe para una obra en la que pasan muchas cosas y en la que el significado puede escaparse con mucha facilidad. Quien haya visto la película puede que no haya visto bien de qué va Into the Woods (la película no se preocupaba del significado) pero sin duda sabrá qué sucede en el texto: diversos personajes desean cosas y, como siguiendo la ideología del éxito que promulgan manuales de autoayuda neoliberales, se lanzan a buscarlas a toda costa. Como en esos manuales, si te propones algo no importa que tengas que mentir o robar, lo único que importa eres tú y conseguir lo que quieres. Nada debe interponerse entre tú y tu deseo. Esto es el punto de partida y ocupa todo el primer acto. Pero en Sondheim nada es tan sencillo como en un manual sobre éxito empresarial. En este sentido, Into the Woods funciona como el Ring wagneriano: en la primera ópera el protagonista hace ciertas cosas para salirse con la suya y en las tres siguientes hay un follón montado que amenaza a todos con algo parecido al exterminio. Algo más humilde y ciertamente más breve, el segundo acto de Into the Woods se dedica a mostrarnos el problema de esta ideología del deseo y el éxito. Primero, se nos dice, no todo vale. Cada decisión tiene contenido ético, y no es ético poner siempre nuestro deseo por delante de todo lo demás. La segunda idea es paralela: al hacer cosas y perseguir nuestro deseo en realidad estamos cambiando el mundo. Lo que hacemos tiene consecuencias (en el show se sugiere la destrucción del mundo, la muerte de algunos personajes, malas herencias familiares), y por lo tanto en cada una de nuestras decisiones, en nuestras acciones siempre hay una responsabilidad hacia la sociedad. Este es el sentido, por cierto, y divago, de la canción “No One Is Alone”, un tema que no va (simplemente) de soledad sino de solidaridad. Pero volvamos a “Children Will Listen”.

En Into the Woods, Sondheim ya trabaja una estructura de motivos en la partitura y oímos retazos de temas que más adelante se desarrollan. Antes de escuchar una estrofa completa de “Children Will Listen” en número final, hemos oído la melodía en dos ocasiones. Cada vez acumula significados y cada vez se relaciona con las otras dos. La primera vez la escuchamos como reproche. “Couldn’t you listen!”, “¿Por qué no me has hecho caso?”, grita la Bruja a su hija adoptiva Rapunzel. Los niños son desobedientes y no hacen caso a lo que dicen los padres (sí, la mejor traducción de listen aquí es hacer caso: en inglés se emplea para hablar de obediencia de los niños). La Bruja, como sabemos, castiga a Rapunzel. La segunda vez que escuchamos el tema es cuando muere Rapunzel (en el original, no en la película, que los de Disney estaban obsesionados por que no muriera gente) y más que una regañina es un lamento (de hecho el corte en el original se llama “Lament”): “No matter what you know, children refuse to learn; guide them along the way, children won’t listen: children can only grow from something you love to something you lose”. Los ecos de este lamento son más profundos de lo que puedo desarrollar aquí: una madre, un padre, entenderán perfectamente el sentimiento de que los niños se escapan de las manos sin haberles comunicado conocimiento; les quieres pero siempre sientes que no comunicas y que no responden. El tono ha cambiado. Ahora el mensaje es más general: no se trata de una hija díscola, se trata de cómo la educación fracasa cuando no se escucha, o al menos la frustración de una madre de que esto sea así. Y un detalle, el dramaturgo musical Sondheim deja aquí la melodía inacabada, sin resolver. La resolución viene en la tercera aparición.

Dada la fama de la canción, y lo memorable que resulta, es interesante darse cuenta de que no se desarrolla del todo ni siquiera en la conclusión (en la película se pasa un poco de largo, como quien no quiere la cosa, como quien sólo quiere acabar). El efecto que produce es el de la última piedra de una construcción. Pero es verdad que sin ella, como pieza final, Into the Woods tendría un sentido muy distinto. Un nuevo ejemplo de los placeres de la estructura que a Sondheim le gusta explorar. En el “Finale”, tras una serie de momentos que “atan” diversas líneas dramáticas muy al modo del final del primer acto, el Panadero decide acunar a su criatura, la Panadera, que vuelve tras su muerte, le dice que aunque parezca que está solo nadie está del todo solo y que le cuente la historia. De este marco surge “Children Will Listen”.

Recordemos que el punto de partida era que los niños NO escuchan. Pero la Bruja vuelve del limbo para darnos su nueva versión: lo que hemos aprendido en esta obra es que los niños sí escuchan, que en realidad sí aprenden, pero aprenden no de nuestras órdenes, sino de lo que ven, de lo que oyen: “Children may not obey, but children will listen” y esta distinción entre “obedecer” y “escuchar” me llega al alma. Y por esto es importante ser cuidadoso: “Careful the tale you tell: THAT is the spell”. En una obra donde se ha hablado de magia y conjuros se acaba reconociendo que no hay conjuro como contar una historia, que no hay magia como lo que decimos.  Y el significado cambia: dejémonos de tonterías, lo que importa es la historia que contamos, el impacto que tiene, cómo educamos a nuestros hijos, reales o simbólicos, lo que dejamos atrás. Lo concreto se convierte en abstracto, el mensaje de los personajes se convierte en un mensaje que se dirige a cada uno de nosotros. No me parece casual que Lin-Manuel Miranda vuelva sobre el tema de quién cuenta la historia y la responsabilidad frente al futuro en su excelente musical Hamilton (sobre el que escribí en otro post). En el primer acto introduce un tema “The Story of Tonight”, que ve el presente como pasado, y en la conclusión, Eliza habla de cómo contará la historia en “Who Lives, Who Dies, Who Tells Your Story”. Su final retoma el tema, aquí aprendiendo explícitamente de la idea de Sondheim.

La repetición de la estrofa aclara el sentido de la obra: “Careful the wish you make, wishes are children; careful the path they take: wishes come true, not free.” Los deseos se hacen realidad, pero siempre se paga un precio, sería la traducción de esto último. Esto es lo que no nos cuentan los manuales de autoayuda. Que a lo mejor no vale la pena perseguir nuestros deseos, afirmar nuestro ego, lograr el éxito. Hay un precio y hay una responsabilidad, y siempre tenemos que sopesar y actuar según esa responsabilidad: la vida es, en Sondheim y no en Paulo Coelho, compleja. Sondheim escribió un cuarteto para el disco de Barbra Streisand Back to Broadway que en cierto modo aclara el sentido fuera de la trama, pero también lo limita: a Streisand le interesaba cantar la canción como madre (está dedicada a su hijo Jason) y para ella era importante concretar este sentido. Su versión es sobre cómo educar a los hijos. Yo creo que la canción resuena muy bien con un concepto más amplio de transmisión responsable de conocimiento, actitudes y modelos de comportamiento. Por su parte Mandy Patinkin en su disco Oscar and Steve hace algo mucho más interesante: un medley en el que combina “You’ve Got to be Carefully Taught”, la canción anti racista de South Pacific y “Children Will Listen”. Y da en el clavo: el odio se aprende, cuidado con cómo lo enseñamos. Aquí el contenido pedagógico de la canción está claro.

Dicho de otra manera, escribir ciertos posts, ciertos twits frivolizando sobre la muerte y convirtiendo a los seres humanos en objetos de odio sin matices puede satisfacer un deseo de notoriedad y resultar gracioso. Pero el caso es que millones de personas haciendo lo mismo crean una historia, y la gente escucha. Quienes vengan detrás entrarán en un mundo en que, queriéndolo o sin quererlo, hemos contribuido a frivolizar sobre la muerte, a tener una noción fascista del enemigo. Y no todos, pero algunos se unirán a esta idea que respiran, porque a fuerza de repetición se va naturalizando. Y poco a poco se erosionan ideas y sentimientos, porque es más hablar que pensar, posicionarse que reflexionar. Y poco a poco contribuimos a que la incomunicación nos invada a fuerza de gritos. Nadie, ciertamente no Cassandra, tiene culpa o responsabilidad completa en estos temas, pero su actitud refleja un movimiento hacia la contaminación cultural, que puede naturalizar polarizaciones y odios. Y la reflexión debe sobreponerse a todo. Pensar, es todo lo que hace falta. Empatizar. Escuchar. Contar historias. Con responsabilidad.

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