Lenguaje

La reacción en marcha: Venganza de ultratumba

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Podría pasarnos a cualquiera. Un día das con un tema y te obsesionas tontamente y empiezas a escribir frivolidades, variaciones sobre ese tema que abandonan el carácter real. Todo al final es lenguaje, cada variación es un acto de ingenio y el ingenio tiene algo adictivo, estimulante. Nos puede pasar en un bar. En una fiesta. Todos (menos al parecer ciertos jueces) han estado en situaciones en que decir barbaridades crea cierto sentimiento de empatía y solidaridad, es parte de la desafortunada obsesión por separar un nosotros (en este caso los demócratas) de un ellos (el fantasma del fascismo en España, cada vez más lejano, pero con preocupantes repuntes). En cualquier caso, no se hace daño a nadie. O no daño de verdad, como cuando se crea una situación favorable a los despidos, o a dejar a los más vulnerables sin lo básico. Es verdad que el humor es una manera de mostrar desprecio por algo que sentimos como una amenaza. Freud habla del humor como defensa psíquica frente a nuestras inseguridades y socialmente el humor siempre ha sido una válvula de escape frente a la injusticia. Y aunque no acabo de ver por qué una chica de veinte años sentía que era perentorio dejar claros sus sentimientos contra Carrero Blanco (en lugar de toda la gente despreciable que nos rodea en estos momentos) tampoco es que importe gran cosa. Mostrar desprecio hacia el viejo régimen es decir que “nosotros” no somos eso, hacerlo mediante el humor es mucho mejor que hacerlo desestabilizando realmente la sociedad.
Y yo que intuyo que aquí lo que hay es un escarmiento “ejemplar” de los viejos a los jóvenes, un intento de delimitar de manera fascista las fronteras entre lo público y lo privado que se salta toda reflexión. Es obvio que un chiste sobre la muerte siempre incomoda, yo prefiero no hacer uso de ese tipo de humor, pero tenemos que acostumbrarnos a vivir con cierto grado de incomodidad: se llama tolerancia y se llama serenidad. No podemos saltar ante cualquier cosa que nos ofende y considerar al otro un enemigo que merece el peor de los castigos: esto es asentar las dinámicas sociales en un revanchismo furioso. Esto es obvio. Imponer la letra de la ley (con su escurridiza retórica de “víctimas del terrorismo”) en detrimento de su espíritu es un paso hacia una sociedad peor que no es la deseable, aunque hay que reconocer que las redes sociales han creado un tipo de actitudes que hacen tal polarización cada día más plausible. Cada día la gente acepta con mayor naturalidad que uno está con los suyos hasta la muerte y también hasta la muerte contra quienes no lo son. Exactamente la dinámica del pensamiento totalitario.
Es síntoma siniestro de nuestro tiempo que toda la situación muestre cómo perdemos el norte en la selva del lenguaje. Por lo que veo ni la defensa de Vera (“era sólo humor”) ni el veredicto (“Se mofa de una víctima del terrorismo”) son fuertes ni profundos. Tampoco es necesario defender como una heroína a quien hizo lo que al fin y al cabo hacemos todos sin pensar. No van a la esencia del problema. Cassandra no habría sido juzgada si hubiera hecho ese chiste en el bar, es su carácter “público” lo que ha provocado la reacción. Se está contribuyendo a definir declaraciones en twitter como “espacio públíco”. Y a la vez se está traicionando la esencia (no sé si la letra) de la ley.  No, no ha dañado a nadie, no ha causado perjucio, no ha hecho nada en lo que la ley tenga que meterse. La autoridad de la ley no se basa sólo en mecanismos represivos, sino, realmente, en el asentimiento, en el respeto implícito de una mayoría de gente que la considera lógica, que incluso cuando nos molesta hay que acatarla porque la recompensa es una sociedad más equilibrada. Cuando, por el contrario, subrayamos su carácter represivo entramos en una dinámica que es peligrosa para todos. Y por esto el tema de Cassandra es importante. Se está judicializando el chiste, incluso el más inocuo. Primero en Twitter, luego en Facebook, mañana en el salón de nuestra casa (recordemos que los servicios de seguridad hoy pueden grabar cualquier conversación que tiene lugar en cualquier sito). Está mostrando, con el silencio aquiescente de las principales fuerzas políticas (lo del PSOE me parece especialmente vergonzoso, claro), que ciertas retóricas están cambiando, que se está efectuando una reacción, una penalización de la libertad de expresión y que esa reacción viene precisamente de quienes se salieron con la suya durante buena parte del siglo XX. Es para tener miedo. De repente veo a Carrero Blanco como un zombi que vuelve de la tumba a imponer mecanismos que nos son muy familiares. Y esto no es ningún chiste.
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