Culturas gais, Lenguaje

¿Por qué hablar de “arte queer”? La exposición Queer British Art en la Tate Gallery.

Tuke, Henry Scott, 1858-1929; The Critics
Tuke, Henry Scott; The Critics; Leamington Spa Art Gallery & Museum; http://www.artuk.org/artworks/the-critics-54260

Las cartas sobre la mesa: esto no es un post sobre la manida cuestión de si “existe” un “arte gay” (la respuesta clara y contundente para aquellos a quien interese es “sí” y “no” y pasemos a temas más interesantes). Y tampoco es, directamente, un agravio comparativo: para nada quiero sugerir que España sea esto o lo otro o que aquí la gente no sea muy dada a lo que sea. Pero el caso es que la Tate Gallery en Londres ha decidido hacer una exposición sobre artistas gays británicos para celebrar los cincuenta años desde la despenalización de la homosexualidad en Gran Bretaña. La exposición tendrá lugar entre el 5 de abril y el 1 de octubre y ha sido complementada con otras que se centran en el trabajo de David Hockney, Robert Rauschenberg y Wolfgang Tillmans, miradas queer centrales al arte de los últimos setenta años.

Y varias cosas hacen de esta idea de programación importante. La primera, que aunque la etiqueta sea flexible y porosa, se considera que “arte queer” es una base legítima para una exposición. Pocas voces legitimadas en España (hablo de periodistas, intelectuales, políticos, pero también comisarios y gente del ramo) considerarían que tal etiqueta dice algo. La segunda que tal decisión viene desde una institución museística, que representa y en la que se refleja la sociedad británica. Uno puede no identificarse con las decisiones del comité de la Tate, pero la Tate aspira a decir algo sobre el arte en Gran Bretaña y es una de las tarjetas de visita con las que Gran Bretaña se presenta ante el mundo. Dado que en el mundo hay tantas culturas que tienen dudas sobre la legitimidad de lo queer, en la vida o el arte, tal aspiración no es cosa baladí. La tercera es que no ha habido protestas, y quizá esto sea un buen signo: a la gente no le importa gran cosa o no le parece mal o creen que no es guay declararse en contra. Es como si, al menos en el arte, nadie estuviera dispuesto a cuestionar que ser lesbiana, homosexual, queer, tiene su interés más allá de que a uno le gusten más o menos esas personas. Y esto puede parecer poco, pero está bien. No es el fin de la homofobia, pero hace de la homosexualidad una categoría social normalizada, que ciertamente no es del gusto de todos, pero que tampoco es negable. Y, finalmente, hay que aplaudir que se haga para celebrar el inicio de un proceso de despenalización (a la que en realidad no se llega hasta 1969), lo cual tiene cierto sentido de disculpa. No sé si alguien lo ha explicado así, pero me gusta ver la liberación gay como metonimia de libertades individuales. En los últimos tiempos se nos presenta como un grupo pequeño cuyas demandas son mínimas y cuestionables hoy en día. Celebrar el momento en que se despenalizó ser gay significa recordar que ciertas libertades o las tenemos todos o no cuentan. Se celebra, hay que decirlo contundentemente, no simplemente que algunas personas pudieran hacer ciertas cosas sin acabar en la cárcel, sino que con un cambio legislativo la sociedad se hizo un lugar más libre y menos asfixiante para todos.

Estos son los ecos simbólicos de la exposición. Por lo demás, la etiqueta es amplia y abarca numerosos movimientos y artistas que no tienen casi nada en común entre 1861 y 1967. Cubre, por lo tanto, lo que me gusta llamar “La era del armario”. Antes, el discurso sexológico no había configurado, si seguimos la lectura que Sedgwick hace de Foucault, con precision esa estructura emocional y social. El secreto homosexual existía, pero tenía unos contornos similares a cualquier otro secreto (el adulterio, por ejemplo). A mediados del siglo XIX el armario se convierte en una manera específica de gestionar cierto tipo de secretos. Y llega (casi) hasta el momento en que se adopta una nueva palabra, “gay”, para luchar contra viejas conceptualizaciones que contribuían a marginar a ciertos individuos. En estos cien años el armario era una estructura precaria, pero permanente. La mayoría de los individuos no podía plantearse “estar fuera” del armario, porque no había un “afuera”. No había discurso público. Christopher Isherwood recuerda en sus diarios lo aliviado que se sintió cuando un periodista en los setenta le hizo una pregunta que implicaba que era homosexual. Por fin no tenía que guardar el secreto. Pero antes esta circunstancia no se habría dado. En el momento en que se articulaba un discurso positivo uno se situaba fuera del tipo de diálogos que se mantenían en los medios o en situaciones sociales. En este sentido, no se puede hablar de arte gay: los artistas creaban independientemente, incluso aunque las imágenes surgieran de su experiencia o sus fantasías nunca podían activarlas públicamente. Hacerlo los condenaba a los márgenes de la crítica. Tampoco puede hablarse de que compartiesen los mismos peligros y tipos de vida: uno intentaba ocultarse de la amenaza constante como podía.

La exposición recorre toda esta variedad de experiencias. A partir de ciertas nociones de la historia, ciertos significados nuevos aparecen en la obra de Henry Scott Tuke, de Simeon Solomon, de William Blake Richmond, de Cecil Beaton, de Angus McBean, Duncan Grant, Edward Wolfe, Dame Ethel Walker, Laura Knight, Dora Carrington, Claude Cahun, Francis Bacon, Christopher Wood, Edward Burra, Keith Vaughan y David Hockney, por mencionar algunos de los nombres que aparecen en el catálogo. Y si uno se sitúa dentro del amplio marco que sugiere la palabra “queer”, empezamos a leer en estas imágenes una relación entre individuo e historia que hace visibles significados, deseos, códigos, miedos, silencios. Ver a todos estos artistas juntos nos hace pensar en problemáticas que podían compartir pero que solucionaron de maneras artísticamente distintas, y llegamos así a comprobar lo que hay de creativo y distintivo en el arte. Comprobamos hasta qué punto el deseo es o no es parte del impulso artístico, hasta qué punto la experiencia personal se revela o no en un cuadro o en una fotografía.

Y aunque he dicho que no iba a entrar en esas cuestiones, me gustaría que algo equivalente sucediese en España, pero en cuanto trato de imaginarlo me salen los peros: habría críticas, todo el mundo opinaría, se diría que para cuándo una exposición de “arte heterosexual”, se alegaría que era política, que no había nada que celebrar ni que disculparse, que el arte no tiene género. Y sólo oír los cuestionamientos me fatiga y decido que quizá mejor, que cada cultura tiene lo que se merece. Que en España comemos muy bien pero tenemos un montón de bloqueos y una generosidad muy limitada al pensar en la cultura. Y lo dejo ahí.

Así pues lo que sucede es que la pregunta siempre ha estado mal planteada. No se trata de si “existe” un arte queer, sino de si la etiqueta “queer” puede ayudarnos a entender mejor el arte, a adentrarnos en sus complejidades; si la etiqueta queer hace de que leamos el arte de maneras nuevas. Y la exposición de la Tate no deja lugar a dudas sobre la respuesta.

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