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A vueltas con el gimnasio y los gays

Ir o no ir, no es la cuestión. Un texto reciente ha abierto la caja de los truenos sobre cuerpos y versiones de la masculinidad que, ciertamente, es uno de los temas que dividen a las maricas en dos bandos irreconciliables. Como siempre en las discusiones extremas, ambos bandos mienten. O dicen menos de lo que saben, que es lo mismo. Si nos paramos a pensarlo, lo que se debate cuando se habla de “gays de gimnasio” no tiene nada que ver ni con ser gay ni con ir al gimnasio. Se pretende elevar lo que son decisiones personales, inclinaciones vitales o físicas a una categoría que, de alguna manera, convertimos en Síntoma de lo que va mal en el mundo. Evidentemente si decimos “gays de gimnasio” pensamos concretamente en gente a menudo joven, a menudo agraciados por la genética que parece que son lo único que importa en estos tiempos. Ir al gimnasio y ser gay no te convierte automáticamente en “gay de gimnasio”. En realidad, a partir de los cincuenta casi nadie somos nada para los medios, y esta es una de las claves del debate: se propone invisibilizando a buena parte del grupo al que se refiere. El debate no va de gays de gimnasio, sino de una reacción hacia un grupo muy pequeño de hombres gays que suscitan a veces envidia, a veces resentimiento, a menudo admiración (bien que muchas veces secreta) y que damos en llamar “gays de gimnasio”.Captura00006

En treinta años he ido a diversos gimnasios en varios países de manera contumaz, con más entusiasmo que éxito constatable. Pero incluso en una vida, ir al gimnasio puede cobrar distintos acentos. Mis motivaciones han cambiado, lo cual ya hace que la etiqueta sea inestable: sí, la vanidad o los aspectos prácticos del mercado sexual tenían peso en los noventa, pero a medida que uno se hace mayor y descubre que el cuerpo tiene sus procesos y su evolución imparable esas motivaciones han desaparecido. Hoy en día ya no tengo demasiadas aspiraciones de mejorar de aspecto y he superado toda tentación de narcisismo en lo físico, pero si tengo que elegir en parecer una albóndiga o parecer una croqueta, yo, plenamente consciente de mis actos, elijo lo segundo. Esto no implica fobia hacia nadie, que todo hay que decirlo en la Era De Los Ofendidos: simplemente creo que es lo mejor para mí. Y, oye, me siento mejor. A veces no durante, pero ciertamente después de una sesión. Por eso sigo con mis entrenadores personales, mis clases, estiramientos, poleas y mancuernas. Todo con una sonrisa deslumbrante como la de Julie Andrews en Sonrisas y lágrimas. Madurar no es dejar de hacer ciertas cosas, sino asumir el principio de realidad, dejar de lado las ilusiones y seguir haciéndolas.Screen-Shot-2017-08-02-at-10.23.55-AM

Pero ya sé que en este debate a mí nadie me ha dado vela. En realidad, cuando en los medios gays se articula un discurso crítico sobre los gays que van al gimnasio se refieren a los que van y la cosa parece funcionarles para sus objetivos. Que son una minoría. Se refieren a gente para quien es importante un cierto físico y le dedica cierto tiempo. Y sobre todo se refiere a gente joven para quien lograr cierto tipo de físico es una meta alcanzable a la que le van a sacar rendimiento en el contexto de las vidas que llevan. Con demasiada contundencia se asume que la única motivación es la vanidad. La vanidad es humana y no veo qué tiene de criticable. No es algo especialmente gay. Pero es que también hay que pensar que en algunos casos los motivos son distintos. A veces se trata de trabajo, otras de temas de vida cotidiana (y el mundo es lo que es), a veces por socialización. Sí, las obsesiones pueden tener consecuencias negativas porque lo que las caracteriza es que nos poseen por mucho que a veces pensemos que las controlamos. Y sí, la obsesión por ciertos cuerpos que posee a algunas personas es una fantasía neoliberal, que, como toda fantasía neoliberal, tiene sus peligros. Vale, vamos a centrarnos en eso: uno tiene que cuestionar siempre las fantasías que nos acosan. Es difícil saber en qué momento estás tomando la decisión tú y en qué momento simplemente te identificas con un tipo que se define desde fuera para hacerte sentir culpable. Y sin duda hay que evitar caer en la trampa de pensar que esa esa negociación individual entre decisión personal, el potencial real de tu cuerpo y estereotipos potencialmente opresores es una especie de doctrina sagrada que te asigna una posición de superioridad moral. Hay que decir una y otra vez, si de ser críticos se trata, que no todo cuerpo es igualmente moldeable, que uno ha de distanciarse de estereotipos que se consideren opresivos o que no conducen a la felicidad o que chocan con tu vida tal como es.p05hr20h

Pero una vez aceptamos todo eso, y una vez aceptamos que lo que leemos como superioridad nos irrita siempre, sigo sin ver cómo se puede convertir esto una crítica a “los gays de gimnasio” o ya, acabáramos, a “la comunidad gay”. No son ellos, somos nosotros. No es lo que ellos son o hacen, es nuestro deseo, el modo en que nuestras fantasías son siempre vicarias, siempre las manufacturan por nosotros, siempre hay alguien que les quiere sacar partido. A veces sospecho que los medios gays están muy obsesionados con muy pocos gays que aparecen como objetos de la mirada: ese modelo aspiracional nos hace comprar cosas, que es siempre de lo que se trata. Evidentemente hay problemas en la “comunidad gay”. Empezando porque está cada vez menos claro que exista como otra cosa que no sea ser interpelada en discursos mediáticos. Si vamos a ser críticos consideremos el sujeto al que se interpela desde instancias gays. Pero sacar demasiadas consecuencias generales de decisiones personales que hunden sus raíces en rasgos comunes a todo el mundo me parece exagerado.

¿Puede criticarse que algunos hombres sobre-representados en los medios están reforzando mitos que son negativos para la mayoría? Claro que sí. Pero no acabo de ver por qué esto es un problema gay o, entre los problemas gays por qué es de los peores, y tampoco veo por qué lo que es un efecto sistémico lo tenemos que convertir en una acusación personal a un grupo. Quizá, intuyo, sea más un problema joven que un problema gay, y como todo lo joven se arregla con el tiempo. Hay que dejar de analizar a los jóvenes: ya cambiarán. Igual es que hablamos mucho de cuerpos y poco de relaciones, igual es que nos da terror el otro y sólo nos sentimos cómodos cuando se parece a nosotros, igual es la pereza de querer que la vida sea sencilla, que la felicidad esté en pectorales elegantes, en dentaturas deslumbrantes. Y ese es el problema: que las cosas son siempre más complejas de lo que nos gustaría que fueran, que cualquier objeto del deseo en realidad representa otra cosa. La fuerza de mitologías nocivas que limitan nuestras vidas es un problema de nuestro tiempo que afecta a gays y heteros, hombres y mujeres, y al que todos tenemos que hacer frente de manera crítica, pero esta crítica ha de referirse a procesos de subjetividad e identidad no al grupo de gente que ha ganado la lotería genética. La única crítica productiva es la que se aplica al “nosotros”, no la que de manera fácil se dirige contra el otro. En muchos casos la crítica irreflexiva contra el otro es simplemente resentimiento.ecae54bb61b90b464043477c84280421

Mirando lo social, se basa en algo que es irritante pero que es así: mucha gente prefiere pocos cuerpos, poca gente tiene deseo totalmente libre de tipologías. Cuando estás con la aplastante mayoría de gente normal, esto fastidia un poco al principio, y tratas de rebelarte, pero pasan los años, maduras y acabas siendo sujeto de otros procesos que hacen que eso importe menos. De hecho, es central al proceso de madurar enfrentarte a mitologías y ponerlas en la perspectiva de tu vida, descubrir que tú no eres esas mitologías, que bailas al ritmo de tu música. Lo que achacamos al tipo “gay de gimnasio” a menudo no es más que juventud, y la juventud conlleva, como mínimo, una perspectiva limitada:  a veces se olvida que la gente joven no es que no sepa cosas es que no sabe lo que no sabe. Tenemos que aprender a vivir con el hecho de que el deseo no es liberador, y tenemos que cuestionar la centralidad del deseo en nuestras vidas. Al final es algo que ha de hacer cada uno.

En definitiva, al gimnasio van personas. Gays y heteros. Hombres y mujeres. Por necesidad, por vanidad, por trabajo, por disposición, equivocados y acertados. En mi gimnasio he visto deportistas, actores de cine y de teatro, cantantes de ópera, porteros de discoteca, sin duda oficinistas y, asumo, algún chapero. Alguna vez, yo que soy un profesor entrado en carnes, cincuentón y con unos diez libros publicados en tres países he estado esperando turno en una máquina ocupada por una estrella del porno gay, y sonreía pensando en el fugaz contacto entre dos mundos. Si eso no es diversidad, ¿qué es?

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