Cine: críticas y reseñas

Mary Poppins ya no vive aquí: S.O.B. (Blake Edwards 1981)

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Hay películas cuyo interés no radica en su elegancia o sustancia, que no son exactamente arte, que son indudablemente toscas, incluso chabacanas, pero que articulan un punto de vista, una mirada frente al mundo, algo que nos habla de un grupo de gente en un momento dado a través de una perspectiva marcada. Y hacen de la tosquedad una suerte de poesía elegíaca. Si estos rasgos constituyen un género, S.O.B. sería una de las obras maestras del mismo.

S.O.B. se inspira en un resentimiento muy real: la frustración e impotencia  que sintió Blake Edwards tras el fracaso de Darling Lili, un film que salió mal (se acerca a lo infumable) y perdió mucho dinero. Edwards había sido un director de éxito en los sesenta (panteras rosas, desayunos en Tiffannys y tal) y el fracaso le convirtió en persona poco grata a estudios que, por otra parte, habían perdido el contacto con los gustos del público. 1970 fue un año extraño para el cine estadounidense. Había un nuevo Hollywood (Faye Dunaway, Dustin Hoffman), pero antes del fenómeno de El Padrino carecía de un impulso claro. En 1981, aprovechándose del éxito de su comedia 10 (un éxito debido a la combinación entre el zeitgeist y la machacona campaña sobre Bo Derekdecide saldar cuentas. Las críticas de S.O.B. tendían a caer en el cliché de “morder la mano que le alimenta”, presentando a Edwards como un perro rabioso, lo que no mencionaban es que la mano era la de un muerto y vista históricamente la cosa tenía algo de canibalismo.

La trama-truco es bien conocida y totalmente implausible. La última producción de Félix Farmer (un musical que recuerda a Lady in the Dark) resulta ser un fracaso. Los ejecutivos del estudio amenazan con retirarla de exhibición y montarla siguiendo criterios ajenos al personal creativo. Farmer está al borde del suicidio, pero en un momento  de epifanía decide comprarla y convertir los números en lo que él denomina “pornográficos” pero que al final quedan en que la estrella, su mujer Sally Miles, interpretada por Julie Andrews, enseñe las tetas. Si uno piensa en una de las películas más queridas sobre Hollywood, Cantando bajo la lluvia, verá los paralelismos y derramará alguna lágrima al notar las diferencias: la pornografía ocupa aquí el lugar que el cine musical ocupaba en el Hollywood de 1927 para Gene Kelly y sus guionistas. Evidentemente algo ha muerto y sólo un perro, en la película, parece lamentarlo.

No es la única comparación posible. Como en el caso de Gloria Swanson en Sunset Boulevard es difícil separar la ficción de la realidad, la necesidad dramática del cinismo. Y si Norma Desmond tiene un poco de Swanson, la relación entre Miles y Andrews es aun más burda. O literal. En general, la estructura del casting tiene mucho de película de catástrofes: una docena (o dos) de caras conocidas de distintas eras de la historia del cine (Holden empezó en los treinta, Shelley Winters se convirtió en estrella en los cuarenta, Paul Stewart apareció en Ciudadano Kane y Robert Preston con Gary Cooper; Marisa Berenson fue una de esas presencias en superproducciones internacionales de los setenta), casi todos desaprovechados, algunos con buenos momentos, y tramas que dependen del reconocimiento de los mismos. Además de Andrews, el reparto incluye guiños a realidad: el personaje de Robert Vaughn es un poco el ejecutivo Robert Towne y muchas frases de William Holden (que moriría antes del estreno) podrían ser autobiográficas.

Y ciertamente la película habla de una catástrofe: si quedaba alguien en 1981 que creyera en el viejo Hollywood, aquí lo vio implosionar al estilo fallero: crea una escultura vistosa y préndele fuego. Pero sea rabia o sea rabieta, el caso es que la película dice cosas sobre Hollywood que no se habían dicho con tanto descaro y con tanta contundencia. Además de sentido de la fauna del lugar (agentes, ejecutivos, starlets, secretarios personales, cocineros chinos, diseñadoras de vestuario, coreógrafos, amantes), Edwards muestra gran sentido de la localización: existe una mítica de las playas californianas, mar azul intenso bajo un sol desbocado, espuma acariciadora en cinemascope, que popularizó el cine de los setenta (desde The Long Goodbye) y que son el marco irónico ideal para la sátira, un género que funciona por contraste. Y Edwards conoce la geografía de un estudio y lo que puede pasar allí, sabe que cutrez y glamour suelen coexistir y sabe que en el fondo de todas las cosas siempre hay un poso de naturaleza humana que, en su opinión, deja bastante que desear. En sus composiciones desaliñadas y su trama fragmentaria en la que los gags ocupan más metraje que los momentos de desarrollo, Edwards habla de un lugar absurdo que ha dejado de representar sueños. Mary Poppins, Joe Gillis, Harold Hill y Charlotte Haze hace tiempo que lo abandonaron.

 

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