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Cine “de mujeres”: Wonder Woman (Patty Jenkins, 2017)

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No hace demasiados años, todos teníamos claro qué era el cine de mujeres. Jane Wyman en All That Heaven Allows. Bette Davis en Old Acquaintance. O Jacqueline Bisset en Ricas y famosas, o Barbara Hershey y Bette Midler en Beaches. Eran películas en las que las mujeres tenían que luchar contra su circunstancia (machista) y encontrar cierta afirmación individual que a menudo incluia solidaridad con otras mujeres. Y como todas las certidumbres, ésta no podía durar.

Es verdad que la etiqueta era entonces bastante blanda. Que confundíamos lo urgente con lo importante. Llegó Sigourney Weaver en Alien o Linda Hamilton en Terminator, y luego Thelma and Louise, y, con los años, la carrera de Angelina Jolie y cada vez nos insistían, sin demasiada evidencia, en que “por fin” el cine comercial era “feminista”, como si les viniera de nuevo, y cada vez parecía que el cine comercial había descubierto que las mujeres no tenían que ser necesariamente entes sufrientes o princesas. Y cuando ya creíamos que el ciclo constante de descubrimientos se hacía cansino llega Wonder Woman, en la que se nos repite algo así como que “por fin” una heroína, “por fin” una mujer en el cine de acción, “por fin” una mujer protagonista. Y yo me pregunto si toda esta gente ve realmente cine. o si simplemente reciclan frases promocionales (lo de que esta película sea feminista y la primera en algo es un poco como lo de la recuperación del musical con La La Land: funciona mejor si no te importa ni te ha importado nunca el musical).

Es verdad que en los ochenta algo como Wonder Woman habría colmado nuestras expectativas. Pero es que dado el panorama nuestras expectativas eran bastante modestas. Queríamos más mujeres protagonistas y queríamos que fueran agentes narrativos y queríamos que hubiera una gama de papeles para las actrices y los personajes salieran del repertorio tradicional de esterotipos. Sobre todo queríamos otras miradas, otras perspectivas. Y cualquier cosa que fuera por ahí, como Sigourney Weaver en Alien, nos parecía espectacular. Pero, sin insinuar que no queda nada por conseguir, sí me atrevo a decir que ya no estamos en los ochenta. Que nos guste o no nuestro diagnóstico del panorama cultural no puede ser el mismo. Sí, el cine sigue siendo machista, pero hay más películas que lo son menos. Sí, sigue habiendo pocas oportunidades para las mujeres. Pero ya no estamos tan necesitados como para que una protagonista femenina en una película convencional que no tiene un punto de vista sobre la mujer nos tenga que hacer saltar de alegría y gritar con entusiasmo que el feminismo ha llegado. Eso es lo que querrían las de DC o las de Marvel, pero, en serio, ¿se lo vamos a poner tan fácil? ¿Vamos a permitir que se cuelguen esa medalla sin más?

Aquí he de añadir que no veo la gracia, nunca, a las películas de superhéroes. Puede que digan algo sobre el zeitgeist, pero es demasiado obvio. Hay ciencia ficción con una mirada política (como la reciente saga del planeta de los simios) pero el cine de superhéroes tiende a eludir toda responsabilidad social o discursiva. Sus placeres, sin duda desbordantes, me pasan de largo, no me siento interpelado. No hablan de mí, no hablan conmigo. Esto me convierte en la persona menos idónea para analizarlas. Así que este comentario no está ni a favor ni en contra de una película cuyo género no me siento capacitado para juzgar. Cuestiona, eso sí, una campaña que, como siempre, presume que el respetable es tonto.

Si me parece meridiano que Wonder Woman es “de mujeres”, la etiqueta feminista me parece postiza, algo que no se han ganado el derecho a adoptar. Y entiendo a las amigas que piensan que la presencia de la palabra en sí empodera, que mejor que la gente la use a que no, pero ¿no sería mejor que la palabra significase algo? Si se usa una palabra con implicaciones mínimas, ¿de qué sirve que la repitamos? Que sí, que la prota es amazona y vive, en la primera media hora, en una especie de arcadia amazónica con Robin Wright y Connie Nielsen. Pero no hay nada particularmente feminista en esa arcadia. Entrenarse en artes marciales no es feminista. No hay evidencia de una agenda. No hay pensamiento feminista (y el feminismo o piensa o no va a ningún sitio). El concepto de “mujer” que debe interesar en el cine feminista debería ser un concepto social. ¿Y qué pasa cuando las protagonistas viven en un mundo generado digitalmente en el que cualquier atisbo de agenda social queda borrada? No hay evidencia de que a lo mejor los hombres no son necesarios, de que las mujeres pueden amar a otras mujeres. Por ejemplo. Y cuando se mete en la misión de acabar con los nazis, sus compinches son otros hombres en lugar de un grupo de aguerridas mujeres londinenses. Cierto, esto podría haber excesivo para el cine comercial, ya basta con que la heroína sea mujer, pero que sea un poco lesbiana, eso ya afecta la taquilla. Quizá eso sería incluso, eh, “revolucionario”. Pero de eso se trataba, ¿no? Porque lo que hace veinte años era revolucionario, hoy no lo es, porque si hoy queremos que algo sea revolucionario vamos a dejar de tener expectativas de 1980. Las cosas han cambiado mucho en casi cuarenta años, y el siguiente paso de hoy no es el mismo que entonces.

Me pregunto, ya más en serio, si la etiqueta “feminista” no la estaremos vendiendo barata: algo que todo el mundo pueda adoptar, colgarse como una medalla sin tener que hacer gran cosa, sin tener que hacer ningún sacrificio para adjudicarla. Y si es así, me pregunto si la etiqueta “feminista” significa algo para esa gente. Uno de los temas recurrentes de este blog es que nuestra crisis es (también, quizá sobre todo) una crisis de lenguaje: las palabras están perdiendo sus sentidos fuertes y cualquier cosa vale siempre que signifique poco.

En términos de cine, la idea del feminismo puede significar muchas cosas. Puede significar cierta aproximación a la puesta en escena. Puede significar que una directora o una guionista aportan una mirada esencialmente feminista (por otra parte recuerdo una discusión con una gran feminista de estudios de cine en la que ella aducía esto sobre el cine de Dorothy Arzner y yo dudaba que fuera así porque el estudio imponía un modelo de mirada). Puede significar también que la trayectoria del personaje aporta materiales históricos, o constituye un ejemplo en sus decisiones para otras mujeres. Sin embargo nada de esto sucede en el ejemplo que nos ocupa. Nada nos habla de lo que significa ser mujer hoy en día o identifica fallas o direcciones o visiones específicamente femeninas. Nada articula los dilemas de mujeres reales en un mundo real, que al fin y al cabo es lo que hace la mirada feminista.

A ver: está bien, desde una perspectiva estratégica que cada vez que aparece una mujer protagonista llevando a cabo funciones narrativas que se asignaban a hombres se ponga sobre la mesa el tema y se hable de déficit en la representación de mujeres. Utilizar el ejemplo para debatir o provocar. Esto está bien por motivos políticos y porque es verdad. Porque la industria del cine sigue siendo machista, porque al fin y al cabo la perspectiva femenina sigue copando porcentajes absurdamente pequeños en la representación y hay que seguir haciendo campaña, y porque el número de imágenes que presentan a la mujer como alguien supeditado, que siempre necesita que la rescate un hombre, etc, es abrumador.

Lo que dudo es si, dada la situación actual, dado el problema, Wonder Woman sea una solución. Dudo que el simple hecho de que una mujer protagonice un producto comercial muy típico, pegando patadas, pegando tiros y desborando superpoderes vaya a cambiar algo sustancial. No hay nada en Wonder Woman que no se haya hecho antes, casi todo se ha hecho mejor. Y, añadiendo a las coordenadas propuestas sobre cine feminista, algunos pensamos que el feminismo no es sólo cuestión de sexo, decisiones de puesta en escena o personajes, sino quizá también de sensibilidad. Personalmente no tengo nada en contra de lo que tradicionalmente se llamaba “sensibilidad femenina”. Entiendo que el concepto era un constructo que distorsionaba. Pero a lo mejor lo revolución no pasa por que todas las mujeres descarten esa sensibilidad, sino por que los hombres seamos capaces de asumirla sin que ello penalice a hombres ni a mujeres, que se reconozca el constructo cultural como una alternativa enriquecedora. Wonder Woman es una contribución legítima, pero no revolucionaria. Si las mujeres han de estar en todo, también tendrán que estar en el peor cine, en el más ruidoso, en el más banal. Lo siento chicas, vais a tener que resignaros. Pero no olvidemos que hay cine que queda descartado por el simple hecho de estar protagonizado por mujeres caracterizadas por esa “sensibilidad femenina”.

Y tenemos un ejemplo a mano: en perfecta coexistencia con Wonder Woman en nuestras pantallas se encontraba Su mejor historia (Their Finest), una película dirigida también por una mujer (Lone Scherfig), de narrativa convencional y de voz casi susurrada que repesca cierta narrativa histórica : la de una mujer guionista en el contexto del cine propagandístico inglés durante la segunda guerra mundial. Su esperiencia es específicamente femenina, aunque heterosexual, desarrolla complicidades con una lesbiana desacomplejada. Es cierto que en cierto modo aplica elementos del cliché de la sensibilidad a su trabajo en el guión: la película en la que trabaja es un éxito porque hace gala de una mirada femenina. Es cine de mujeres de toda la vida, el que dice que por ser mujer nadie tiene que renunciar a nada, pero que abraza cualidades como la inteligencia, el talento, el trabajo, el sentido común, las emociones, esas son las armas de su protagonista, esos son sus superpoderes. Y esos son los superpoderes que realmente nos interesan si le buscamos el contenido ideológico a la trama. Y oye, que a lo mejor Su mejor historia tampoco es cine feminista, porque a pesar de ser muy bonita no es radical y su puesta en escena es la misma que si la hubiera articulado un hombre. Pero al menos apela a cualidades, habla de mujeres reales, descubre bolsas de experiencia. Y elabora un discurso.

Aunque entiendo que pueda parecer fantástico que una película comercial diga que es feminista sin serlo, el problema lo veo en que el público al que se dirige la campaña publicitaria de la misma piense que, en realidad, el feminismo es eso. Y nada más que eso. El feminismo no es simplemente una palabra. Es un discurso. Que puede articularse en narrativa, puesta en escena y en el mundo laboral. Y cualquier otra cosa nos va a parecer un premio de consolación.

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