Culturas gais

Orgullos, ayer y hoy

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World Pride en Madrid, y la tensión, palpable desde hace casi dos décadas, entre quienes ven el Orgullo como fiesta y quienes piensan que debe ser sobre todo reivindicación se agudiza. Entre los extremos que marcan las tomas de posiciones polarizadas, hay menos comentaristas que quieran aprovechar la semana para reflexionar y aprender. Pero estoy abocado a la reflexión y nada me es tan caro como meterme en laberintos, así que voy a intentar dar forma a una avalancha de sentimientos encontrados, no siempre compatibles, sobre el orgullo gay, sobre la jornada y la idea.

Este post no puede ser demasiado definitivo. Tampoco puede pretender ser otra cosa que un intento de dar sentido, una reacción personal frente a tres acontecimientos que han llenado mi semana y le han dado una dimensión histórica: primero, el seminario Millones de Perversas. La radicalidad sexual en los setenta, que tuvo lugar entre lunes y martes, y que fue una ventana hacia los inicios del movimiento gay en España, una inmersión en voces e imágenes del pasado; en segundo lugar, la celebración en Madrid, desde el jueves pasado, del World Pride 2017, una transformación del antiguo “orgullo gay” mucho más extraña de lo que parece a simple vista; y finalmente la manifestación del “orgullo crítico”, que constituye una respuesta, cada vez más clamorosa, a la naturalización del orgullo gay como simple fiesta. Y frente a estas tres cosas yo, con mi bagaje, con mi historia, con mis más de cincuenta años y en una especie de encrucijada en la que todo lo que se me auguró se ha cumplido (o ya no se cumplirá) y en la que las condiciones, contextos y desafíos que tenía que superar se disuelven día a día, sugiriendo que lo que queda tendrá que proceder según premisas que soy incapaz de adivinar.

La magnitud y visibilidad que han traído el World Pride (que curiosamente resulta una etiqueta más apropiada que “orgullo”) habrían resultado casi impensables hace un par de décadas. Uno siente que se han colmado aspiraciones que en un tiempo nos preocuparon y por las que, de manera más o menos clara o articulada, luchamos (algunos sólo podemos luchar con la palabra): visibilidad, aceptación, narrativas, mitologías propias, difusión de nuestras fantasías, legitimación institucional, ser sujetos de nuestra historia, presencia en espacios públicos, tener, al menos en apariencia, el mundo de nuestra (“nuestra”) parte. Y el mundo está hecho de tal manera que las apariencias importan porque crean realidades. Precarias, sí, pero qué no lo es. Dado que estas cosas no han sucedido en todo el mundo, y dado que en muchos lugares del mundo lo nuestro todavía es delito, debemos aferrarnos a estas cosas.  Está bien esta explosión de visibilidad, está bien crear la fantasía de que somos abiertos, que abrazamos hoy lo que antes no quisimos abrazar.

La celebración popular confirma que somos un fenómeno de masas, que ofrecemos un espacio más o menos naturalizado para más o menos una mayoría de gente. Que todo esto tenga unas implicaciones (un precio) es, por supuesto, importante, pero ¿acaso no hay un precio en todo? ¿Acaso la vida no es negociación y renuncia? Y total el exceso visual, la fantasía y la explosión comercial no dura más de diez días y su simbolismo en cambio puede tener impacto de mayor calado. A gente como yo nos puede marear, nos puede parecer feo, cansino o repetitivo, yo bajaría el volumen, dispersaría a las masas y probablemente lo plantearía de una manera más culturalista, pero eso no debe importar porque en definitiva esto no se hace para gente como yo. Se hace para la gente que empieza, para gente que quizá no tenga muy clara la necesidad de la revolución, que quiere simplemente ser aquí, se hace para que la sociedad naturalice nuestra presencia, se hace para que la gente que empieza pueda creer que tienen un lugar. No es “mi” World Pride, yo ya no necesito algo así, pero no puede negarse que es el de mucha gente y no puede despreciarse a la ligera lo que la gente cree que necesita.

Yuxtaponer las imágenes y los testimonios de las primeras manifestaciones de 1977 al World Pride resulta instructivo. Hay que ver los fragmentos documentales de aquellos años, escuchar las redes que generaban, los sentimientos que las impulsaban para entenderlo. Esas condiciones se han esfumado: hay cierto abismo entre quienes empezaron a luchar y quienes se beneficiaron de su lucha. El primer movimiento en España tuvo un talante revolucionario y formaba parte de frentes que luchaban contra las herencias de la dictadura. Se tardó poco menos de cinco años en eliminar importantes obstáculos reales (en concreto la nefanda Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social) que coartaban vidas, sobre todo si eras pobre o no cumplías con las (limitadas) expectativas de género de la sociedad. Estos días escuchábamos  en el seminario del Centro Cibeles voces de aquel tiempo y había momentos en que el lenguaje se hacía difícil de seguir: quienes no vivimos los rigores del franquismo tenemos una narrativa que claramente va de la penumbra a la luz, pero quienes perdieron años tienen heridas y puntos de partida muy distintos.

Las luchas de aquel movimiento tenían sentido y tuvieron un efecto (luchas como las de Rampova, las de Armand de Fluviá, las de Jordi Petit, las de Empar Pineda). Pero gradualmente manifestaciones de cientos o miles de personas fuertemente unidas por deseos más o menos coincidentes se transformaron en macro desfiles menos motivados por la necesidad urgente. Hoy no hay un objetivo acuciante que pueda unir a tres millones de personas. No es que los problemas hayan desaparecido, ni siquiera en España, ni siquiera en Madrid. Sigue habiendo homofobia, pero probablemente la mayoría de los ciudadanos con sexualidades no normativas pueden vivir con cierto grado de homofobia siempre que se les permita plantarle cara. Si la sociedad conservadora siempre toleró cierto grado de homosexualidad, hoy se han invertido los términos. Y por eso no es fácil sentir la opresión de manera acuciante. Resulta más problemático, a mi juicio, que no se reconozca cómo se llegó allí o que no se sienta empatía hacia otros cuyas vidas son difíciles por tener una sexualidad idéntica a la nuestra. Y aquí es donde el World Pride nos muestra sus limitaciones y deja a la vista su vacío: la celebración se ha hecho tan ruidosa, la preocupación tan escasa, que carece de todo corazón, carece de empatía hacia aquellos de los nuestros menos afortunados, y no sabe ver los triunfos como parte de un proceso histórico. Es un armatoste con lucecitas y palancas, a veces divertido pero que no se sabe bien cuál es su fin. Y no, recordar la historia no es ser aguafiestas. De hecho es la historia lo que, en mi opinión, da a la fiesta sentido. Es la historia lo que hace que la celebración sea necesaria. Borra la consciencia histórica y la cosa se derrumba.

Y si es interesante preguntarse por la evolución del orgullo gay hasta convertirse en World Pride, también lo es ver, en el eje sincrónico, la tensión entre el World Pride y su otro, el denominado “Orgullo Crítico”, una manifestación programática que quiere decir algo sobre lo queer hoy y sobre el mundo y sus tensiones. La idea es necesaria: a medida que el orgullo oficial pierde su urgencia y acalla la reivindicación, va apareciendo una reivindicación paralela. Personalmente siempre me había parecido que el orgullo gay debería acoger celebración y concienciación. El problema es que, tras mi experiencia del año pasado, temo que es casi imposible. En un acto de la magnitud del orgullo oficial, la conciencia, la historia y la reflexión acaban por desaparecer. Y son, como decía, necesarias esenciales a esa cosa llamada orgullo gay.

Mi perpsectiva es que la tensión entre celebració y revindicación a que me refería al principio, debe existir, pero también que el orgullo crítico debe ser algo más que un efecto de la comercialización que supone el World Pride: debe consistir en un recordatorio, debe intentar propuestas de futuro. No se puede construir una crítica sólo desde el no. A mí la mera oposición o rechazo no me acaba de convencer. No veo que el Orgullo Gay pueda justificarse sólo como reacción. Es resistencia, pero ha de ser resistencia plausible. Necesito un programa, necesito saber hacia dónde avanzan las voces críticas, si se quiere destruir el capitalismo necesito saber qué vendrá luego. No, no me basta un manifiesto, no me basta reivindicación de conceptos abstractos, ciertamente minoritarios. Soy tan ingenuo que creo que el orgullo crítico debería intentar convencer a las mayorías y no dirigirse exclusivamente a las minorías. Necesito, en otras palabras, no sólo crítica u oposición, sino ideas. Esto me convierte ipso facto en una mayora fuera de onda, y soy capaz de verme, como sugería arriba, al final de cierto arco de evolución, pero el caso es que voy a necesitar algo más que contundencia y soflamas si tengo que iniciar otros procesos de identificación, si tengo que dejar atrás mi experiencia. Y como yo, asumo, muchos.

Pasar de dos días intensos en torno a los setenta al Orgullo crítico ha sido también fascinante. Sobre todo porque no cabe ninguna duda que la celebración del orgullo crítico ha congregado a un sorprendente número de gente, colmando expectativas de la organización y ha aparecido como un fenómeno realmente masivo: un sector de la población muy amplio ha respondido al manifiesto crítico; a partir de ahora no podrá descartarse como cosa de unos pocos. Lo primero que he notado es que era un movimiento muy joven. Una mayoría aplastante estaban entre la adolescencia y los treinta. El resto éramos residuales, en mi percepción no más del veinte por cien. También es muy transversal: no sé si la cuestión sexual es la que más cuenta, están en contra de cosas y tienen luchas muy diversas, no parece que vean que hay sexualidades transgresoras, puede que en el nuevo mundo no las haya, no se definen en términos de identidad. Como Halperin explica, para las primeras generaciones, incluyendo la mía, la liberación gay era una manera de lidiar con nuestra sexualidad, silenciada, despreciada, oscurecida. No es el caso con quienes marchaban en el orgullo crítico.

Y era interesante la variedad de los manifestantes. Va uno por lugares subculturales (Chueca, Soho) y llama la atención cierta uniformidad. Resulta  un poquito cómico y un poquito sorprendente ver a tanta gente que aspira a tener el mismo aspecto, la misma barba, los mismos músculos enseñados de la misma manera. En el orgullo crítico era exactamente lo contrario: son looks que se oponen al ideal erótico identitario de hombres y mujeres, pero cada uno se opone de una manera distinta. Pluralidad de imagen que quizá corresponda con una pluralidad del deseo. El deseo del tipo Chueca parece estar tan uniformizado como la identidad, es carne capitalista, fantasía aspiracional, estos muchachos parecen pensar en otras direcciones, queer no gay.

Esto es bueno, claro (o al menos inevitable o simplemente reflejo de los tiempos). Pero también es un entorno que entiendo poco, cuyas dinámicas no he vivido en primera persona y que me van a tener que explicar un día, porque con mis esquemas se me hace difícil ver qué hay de sexual en todo ello y, sobre todo, a dónde va. A no ser que la gente que a los veinte es super queer, cuando llega a los veintinueve tiran cada uno por su lado. Dicho de otro modo, podría ser que las movilizaciones sean la canalización actual de la rebeldía juvenil, que deja de ser urgente cuando uno se hace mayor. Sólo el tiempo dirá qué tendencias se confirman, qué tendencias desaparecen. Lo que es seguro es que va a ser sorprendente  y muy iluminador ver cómo se desarrollan las cosas.

Sé que hoy en el orgullo crítico mi fantasía habría sido hacerme invisible, observar sin estar ahí, sin ser observado, escuchar conversaciones, estudiar detalles, intentar comprender.

Recordemos la historia, reclamemos un lugar, celebremos nuestro presente. No se trata de elegir entre las opciones, se trata de encontrar nuestra propia fórmula, se trata de encontrar nuestro lugar en el presente a partir de las posibilidades que ofrece y del conocimiento que aporta el pasado. Y no hay soluciones inventadas que sirvan para todos. Al final lo que hay, lo que pueda haber, será el resultado de millones de elecciones individuales, día a día, de la veces que decimos sí, cuando decimos no, cuando soñamos, cuando queremos, cuando pensamos: lo importante es tomarlas, aquí y ahora.

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