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Dolor y vida: sobre Feud

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“Feuds are never about hate, feuds are about pain”. Pocas veces una frase, como esta que pronuncia Olivia de Havilland (Catherine Zeta Jones) en el primer episodio de la serie Feud, han logrado dar sentido a toda una narrativa hecha de fragmentos, rumores, momentos, mentiras, ilusiones. O pocas veces una frase ha tenido tanto impacto en mí: me hizo pensar en todas esas mujeres, entendí algo sobre ellas, no sólo Davis y Crawford, sino compañeras de trabajo, amigas más o menos lejanas, o incluso familiares, enzarzadas en un eterno tira y afloja, en un intercambio de hostilidades a las que se aferran sin poder escapar. Y de repente comprendí: no es odio, es dolor. Es, también, vida: las cosas no son lo que parecen y hay heridas que no se cierran. Incapaces de poner en escena sus luchas en el mundo de los hombres se vieron abocadas a enfrentamientos inútiles, a olvidar que podían haber sido amigas, dieron en olvidar lo que les unía y sólo vieron lo pequeño, la circunstancia.

Feud anuncia que va de discordia. En esta temporada se partía de las tensiones entre Joan Crawford y Bette Davis y se sitúa en la primera mitad de los años sesenta, cuando Hollywood ya ha dejado de ser la meca de los sueños que produce fantasías de elegancia y belleza para el mundo. Este Hollywood está en decadencia y las consideraciones económicas son prioritarias. Y el problema es que nadie sabe qué hacer. Quienes más sufren son las mujeres. El cine de mujeres no recauda, lo cual puede deberse a que las fantasías de mujeres que propone no tienen mucho que ver con las vidas de las mujeres reales. La gran película de 1962 fue Lawrence of Arabia, en la que, como dice Blondell, ni los camellos eran del sexo femenino. En esta situación algunos afortunados, como George Cukor, consiguen éxitos. Pero son precarios. Otros, como Hedda Hooper, que fracasó como actriz para dedicarse a sembrar veneno en sus crónicas, descubre el filón que se convertirá en la prensa basura de hoy. Jack Warner es lo que siempre fue, pero sin el apoyo del genio del sistema. Actrices oscarizadas como Olivia de Havilland viven casi retiradas. Y ahí están también el actor gay Victor Buono (a quien un chapero confunde con Charles Laughton), Frank Sinatra cuya carrera iba a entrar en un periodo de declive en aquellos años, Anne Bancroft,  una actriz neoyorquina que hace teatro de Brecht y, como Geraldine Page, entiende a Crawford. Y el director Robert Aldrich necesita encontrar un lugar en el mundo, pero cada vez que lo intenta, se salda en fracaso. Irónicamente conseguirá un gran éxito trabajando en un género por el que siente desprecio.

Todos me recomendaban esta serie, pero yo estaba un poco saturado de la historia de Davis y Crawford y me rebelo contra el hecho de que nos fuercen a elegir. ¿Por qué Davis O Crawford? ¿Por qué no Crawford O Esperanza Aguirre? ¿O Davis O Ronald Reagan? ¿Quién decide las dicotomías, quién decide los polos? Indudablemente se trataba de un proyecto apoyado en mitologías gays. A los homosexuales de cierta edad se nos puso en la estúpida tesitura de tomar partido. Y a menudo imitábamos a Davis y nos mofábamos de Crawford. De hecho Crawford siempre ha sido la derrotada en este enfrentamiento, la figura reducida al ridículo por Faye Dunaway a partir de las memorias de su hija Christina. Reconozco haber tenido una época en que me hacía sentir cierta superioridad ironizar sobre Crawford, pero todos hemos tenido una juventud absurda y nuestro triunfo ha sido superarla. Me olía que los creadores me querían tender de nuevo una trampa. No, la vida es muy corta para elegir cuando no tenemos por qué, para privarnos del arte, para burlarnos de las grandes. Hay que aceptar que somos Davis y Crawford, de ambas hemos aprendido, ambas viven en nosotros. También tenía ciertas reservas frente a cualquier cosa de Ryan Murphy, motor de la serie. No es que sus trabajos no me gusten. Glee es una gran idea, ha hecho mucho por los niños maricas a los que nos gustó Gypsy, y algún día me gustaría tener la paciencia para continuar viéndola. Y sobre American Horror Story, con sus altibajos, uno no puede sino agradecer que lo camp siga vivo y que haya hecho resucitar (varias veces) a Jessica Lange. Por no decir que cualquiera capaz de soltar a Finn Wittrock por esas pantallas de dios merece, si no necesariamente respeto, sí encendido agradecimiento. No, en serio, Murphy es un gran tipo y ha hecho mucho por sacar a la luz lo que Halperin ahora ha descubierto que se llama “cultura gay” (mangas verdes). Pero es que sus series tienden a perder el norte, a no saber qué son o dónde están o a quién hablan. Como pluma al viento son resultonas pero volátiles. Temía que simplificase, que redujese todo a una caricatura. Y luego siempre parece imaginar el pasado como si fuera Disneylandia, lleno de cartón piedra y luces de colores. Esto aquí es patente. Y seguro que había miles de actrices más Olivia de Havilland que Catherine Zeta-Jones. Pero es que con el gran arte es fácil aceptar defectos sin que enfríen para nada nuestro entusiasmo. Y Feud en ocho capítulos lúcidos e implacables hace tantas cosas bien que podrían haber estado mal que me parece mezquino centrarse en las partes y no en el todo.

Sí, Feud ha vencido mis reservas. No sólo porque esté “bien hecha” o sea buen entretenimiento. Que también. Pero el entretenimiento, el cotilleo, Davis y Crawford, Blanche y Jane, son sólo la excusa y quien sólo busque en la serie lo que el título promete quedará compensado, pero es como pedir a un buen rioja sólo que sea líquido y rojizo. Feud contiene aromas que van más allá de la caricatura y hay que estar abierto a ellos, hace mucho más de lo que esperábamos: habla de maternidad y belleza, de tiempo, las carreras, la profesionalidad, la vulnerabilidad, el narcisismo, la arrogancia, habla de que el tiempo es implacable y las heridas no se curan. En realidad lo que me ha fascinado de la serie es cómo toda una serie de retazos, anécdotas, lugares comunes, presencias y estribillos sobre la época y sobre esas mujeres, de repente encajaban y lo que uno siente intuitivamente al ver Baby Jane queda articulado en un todo completo, que da sentido a las cosas. De repente, muchas ideas, muchos momentos, adquieren sentido y forma. Está hecha con lucidez y un inmenso respeto por las divas. Parte del impacto de la historia consiste en comprender lo que tuvo que haber sido para estas mujeres la llegada de los años 60, y Ryan Murphy lo ha explicado de manera compleja y precisa.

Feud es, pues, sobre heridas. En cierto modo vuelve, con una inteligencia incuestionable, sobre los personajes a los que hace referencia. Ni Blanche ni Jane en What Ever Happened to Baby Jane? son exactamente malas, no es simple odio: hay remorimiento, hay falta de amor, hay responsabilidad y hay fracaso vital. Davis y Crawford, ambas leyendas, iconos que acarrean historia y significado, representan a mujeres que han sabido participar el juego y ganar, pero que no han sabido llenar el vacío. Ambas se mantuvieron activas durante décadas intentando seguir adelante, incapaces de reconocer que lo que querían del mundo, lo que realmente consiguieron, quedaba atrás. Es una ironía que la serie destaca el hecho de que no se les permitiera ser mujeres: se las forzaba a ser caricaturas. En un momento dado es Jack Warner quien habla del impulso sádico de ver humilladas a mujeres que fueron atractivas en su juventud, mujeres que no les habrían permitido acercarse.

Crawford y Davis, vemos en la serie, no “se odian”, son simplemente incompatibles, como uno es incompatible con su jefe o con el vecino. La situación en la que chocan está producida por causas externas: la necesidad de publicidad, la falta de papeles, la ginofobia, la presión para formar parte de una mitología o una narrativa, o el cliché que exige a las mujeres de cierta edad desaparecer. Y a esta situación, responden de maneras distintas a una crisis similar: ser mujer, cincuentona, ver cómo el mundo cambia a tu alrededor; no me parece casual que la serie se inice con los comentarios sarcásticos de Crawford sobre Marilyn Monroe (otra víctima de las mismas dinámicas, por cierto): es uno de los temas de la historia. Y por supuesto que son competitivas. Sin serlo no estarían ahí. Si los participantes en paneles de cualquier congreso académico, la forma más modesta de show business, son competitivos, ¿cómo podemos cuestionar que lo hagan estas mujeres? Ser competitiva sólo es un problema si se asume que no debes serlo, ser competitiva queda mucho peor, en aquella sociedad y en la nuestra, si eres mujer. Eres mujer ambiciosa y te van a llamar bitch. Hasta que te lo crees, al menos un poco.  Toda esta situación es algo que la serie ilumina, explica, dramatiza de manera feroz. Bette y Joan son víctimas de la necesidad de cotilleo, de la gente que quiere que sean un cliché: cuanto más se parezcan a estas fantasías manufacturadas, más éxito tendrá su película. Esta es su tragedia.

Feud no elige entre Crawford y Davis, uno de los grandes riesgos del proyecto, ya que el maniqueísmo vende: ambas son parte de la historia, ambas luchaban por mantenerse a flote, ambas son igualmente humanas. Davis y Crawford son dos caras de la moneda, dos motivos por los que Hollywood fue lo que fue. Sí, en Hollywood hubo pocos talentos interpretativos como el de Bette Davis, algo que Crawford habría aceptado de buen grado (aunque es verdad que en otros campos Crawford era superior a Davis): precisamente por eso no es un fracaso ser menos buena que Bette Davis. Por otra parte, Crawford aporta otro tipo de leyenda. Crawford creía en el sistema, porque Hollywood se lo había dado todo. Y es normal que su amargura a principios de los sesenta fuera mucho más intensa al sentirse ignorada.  No dejaba de pensar en lo dura que tiene que haber sido la época para quienes se aferraban a las mitologías del clasicismo. Televisión, rock and roll, adolescentes, nadie podía haber esperado estas cosas en 1938. Y de alguna manera Davis no habría sido posible sin Crawford (que hacía rico a su estudio cuando su competidora no había llegado a Hollywood) y Crawford no habría permanecido sin Davis. Ambas traen a Feud vida, tiempo, carrera: son mujeres que no sólo nos representan, sino que conocemos bien, cuyo destino podría ser pronto el nuestro.

Y ambas nos hablan de nosotros: de nuestras ambiciones frustradas y de cómo la impotencia genera amargura y resentimiento, de la imposibilidad de satisfacción y la necesidad de salir adelante, ambas hablan de cómo las vidas discurren en una sola dirección y cómo a veces pasan de largo. Crawford tuvo un final algo triste en películas que no le merecían y murió, como las mujeres a las que se refiere Liz Hamilton en Ricas y famosas, sola. Pero también para Davis Baby Jane fue una trampa. A pesar de que continuó haciendo películas durante veinte años más, quedó encasillada en un personaje y ya no tuvo ocasión de escapar. Hollywood siempre ha tratado mal a las mujeres que se hacen mayores. Sólo Katharine Hepburn mantuvo una carrera sólida desde los treinta hasta los ochenta. De todas las mujeres que empezaron en aquella época, de todas las Harlow, Garbo, Stanwyck, Shearer, Astor, Goddard, de Havilland, Blondell, Brooks, Garland, Colbert, Leigh, Hopkins, Bennet, Loy, todas ellas, las reinas de los años treinta, todas se retiraron antes de los cincuenta o se convirtieron en gárgolas, sólo Hepburn sobrevivió. Feud nos recuerda por qué Hollywood importa, por qué todo aquello tiene que ver un poco con nosotros.

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