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¿Quién teme a Eliad Cohen?: sobre ideales y fantasías

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Nuevas situaciones reviven viejos debates. Viejas discusiones sobre la representación de los homosexuales en la cultura han vuelto a formularse, como si acabaran de inventarse, con la elección del exitoso empresario y modelo gay israelí Eliad Cohen, simpático y molón, pero que al parecer gasta poco en ropa, para un reality de la cadena Telecinco. Lo que encendió la chispa fueron unas declaraciones del propio Cohen insistiendo en que quería “normalizar” la imagen del homosexualidad en televisión porque tendía a ser “excesiva” . Y fue precisamente lo de la “normalidad” lo que causó discordia entre tirios y troyanos, porque en estos tiempos no hay nada que nos guste tanto como tomar posiciones y desgranarlas en twits. O zarpazos. Y convertimos el contenido de un programa televisivo en una batalla campal entre homosexuales de toda persuasión. Algunos opinaron que Cohen no representaba ninguna “normalidad”, sino que era el resultado de una fantasía heterosexista que prefería al gay masculino, musculoso y son pluma, nociva para la mayoría de los homosexuales a los que este esterotipo puede resultar deseable pero opresivo. No querían que ese tipo “nos” representase en los medios. Otros pensaban que el propio concepto de normalidad era rechazable y promoverlo nos hacía caer en los problemas del primer que apuntaba arriba: crea una sociedad en la que aceptamos unas ideas opresivas sobre lo que somos. Finalmente otros estaban encantados con una imagen de probado éxito comercial y atractivo que contrarrestase lo que percibían como una representación de la homosexualidad “limitada”. “Ya era hora”, decían, “que se dijera que muchos homosexuales no son afeminados ni débiles”.

Y yo creo que todo es matizable, y que tenemos que acostumbrarnos a ver las posiciones como una serie de tensiones o actitudes que sirven para pensar, que la reflexión surge de las tensiones entre ellas, no de ninguna de ellas, que nadie tiene razón y que nadie dice toda la verdad. Me parece importante insistir que es un debate muy fructífero, pero que lleva más de cien años formulado en los mismos términos y que no puede resolverse, en parte porque no va de lo que parece que va y no enfrenta actitudes incompatibles. En realidad no se trata de qué es mejor, sino de cómo sacar beneficio a cada cosa en cada momento. Y en último término implica algo más que modelos identitarios o una politización del “movimiento gay”: a poco que nos remontemos el tema es a qué modelo de sociedad aspiramos y sin explicitar esto acaba siendo un enfrentamiento improductivo.

Es un viejo tema de discusión que se remonta a los inicios del activismo homófilo (y el activismo era entonces “homófilo”, y no “queer” o, cielos, “elegetebei”) y que básicamente ha cambiado poco en su planteamiento. Si queremos favorecer la igualdad de quienes estamos marcados por una categoría (por ejemplo, “homosexual”) podemos hacerlo defendiendo la idea de que, en realidad, los miembros de ese grupo no tienen diferencias esenciales con el resto de la sociedad no marcada por una etiqueta y por lo tanto tienen los mismos derechos que el resto. Pero otra línea de defensa dentro del propio activismo, algo posterior, durante años menos articulada, proponía algo distinto: es la sociedad la que tiene que acostumbrarse a la inclusividad y dejar de hacer que las etiquetas arbitrarias tengan tengan un impacto negativo en la vida de aquellos a los que se refieren. Ambas posiciones tienen ideales distintos de representación. La primera, que el autor del interesante ensayo histórico Sexual Dissidence Jonathan Dollimore centraba en la figura de André Gide, propondrá que quien nos represente responda a las convenciones de la mayoría de la sociedad: educado, acomodado, racional, “normal” en el sentido de carecer de signos que lo hagan intolerable al status quo. Esta actitud conducirá a la visión más acomodaticia (y efectiva) del activismo gay desde los setenta. Y Dollimore, quizá más discutiblemente, asociaba la segunda postura, la postura radical, malditista o marginalizadora, a Oscar Wilde, pero quizá habría que sugerir a otro autor francés: Jean Genet hace de la marginalidad una vocación. Lo que la segunda línea de discusión propone es que nuestra sociedad será mejor si se reforma para tratar como iguales a quienes se identifiquen con la marginalidad genetiana, y que es esta marginalidad lo que mejor representa los intereses de igualdad del grupo marcado porque no le obliga a tener que esconder nada: la diferencia es buena para todos, queremos una sociedad que la acepte, no una sociedad en la que todos finjamos ser iguales respetando sus represiones. Esta postura habla del concepto de normalidad como algo estadístico, no como un ideal. Puede que la mayoría social aspire a la normalidad, pero la normalidad, nos dicen no es, en sí, buena, y debemos luchar por la diferencia. Si la primera actitud se canaliza en el concepto de “gay”, la segunda se identifica más con propuestas que se engloban en la etiqueta activista de “queer”. La primera ha encontrado asiento entre políticos y los medios mainstream. La segunda, a pesar de avances obvios, no tanto.

En ambas propuestas, “El homosexual” que se construye como tipo preferido de representación, convencional o marginal, no es una verdad (una representación nunca es una verdad), sino algo más parecido a una imagen promocional, algo que nos haga lograr lo que queremos, que es al fin y al cabo el fin de toda discriminación. Evidentemente los homosexuales son individuos, y no se identifican como grupo con ninguna de estas dos actitudes, o al menos no de manera “natural”. Ambos tipos constituyen distorsiones y generalizaciones. No es verdad que toda la gente prefiera siempre seguir sus fantasías sexuales o identitarias. A veces porque reconocen que las fantasías son fantasías y eso les basta. Otras porque hacerlo requiere un trabajo que no pueden permitirse. Otras porque no les compensa. Tampoco es verdad que el concepto de normalidad funcione con todos sin producir ansiedades y frustraciones innecesarias, y hay que tratarlo con cierta distancia, y todos tenemos ejemplos de cómo intentar ser “como todo el mundo” produce patologías sociales. Y ambos tipos en realidad representan ideales sociales opuestos: aunque coinciden en los objetivos sobre la igualdad homosexual, difieren en el diagnóstico sobre lo que debe (o puede) ser una sociedad equilibrada. Para los primeros está claro, como sugiere Freud, que la civilización se basa en la represión, y que “mantener las formas” es un lubricante social. Para los segundos la autenticidad es la clave, y por lo tanto la represión que conlleva “mantener las formas” no es deseable. Entre otras cosas porque la idea de “normalidad” se crea con presupuestos que son ideológicos y que acaban privilegiando a unos frente a otros. Según el diagnóstico de David Halperin en su libro Cómo ser gay (recientemente publicado en España), el éxito del activismo de los setenta se basaba precisamente en proponer un ideal social de igualdad unido a la realización de una fantasía sexual, con la garantía de que ambas cosas iban juntas: lucha por tus derechos y tus fantasías sexuales se cumplirán. Pero una vez la fantasía sexual se convirtió en problemática (por el sida en los ochenta) o demasiado cotidiana (sobre todo con las aplicaciones de ligue en el siglo XXI), el simple ideal social no pudo mantener el activismo unido o fuerte. Muchos que antes hubieran sido etiquetados como “homosexuales” y sufrido las consecuencias, hoy se conforman con encontrar medios donde no se les discrimine siempre y cuando puedan creer que sus fantasías (no sólo, pero sobre todo) sexuales tienen realización posible. Si la sociedad no sólo nos permite, sino promueve una proliferación de fantasías, muchos estarán dispuestos a ceder en cuanto a ideal social: esto explicaría que un partido de derechas tradicional como Le Pen y los homosexuales franceses no sean tan incompatibles como lo habrían sido antes del pacto entre capitalismo y disidencia sexual. Este pacto era, en parte, lo que queríamos. Pero ya sabéis: cuidado con lo que deseáis que igual se cumple.

Sobre la representación en los medios, hay que añadir que hoy en día no es verdad que un modelo de representación predomine. Y aunque hay numerosos ejemplos en los que se deja sentir la ideología y la batalla no ha terminado, es innegable que se han superado las limitaciones de hace veinte años. En este sentido hay que negar la mayor: no hay un “problema” que Cohen tenga que solucionar. Si quiere salir en el reality de marras, bien, si no, pues que no salga, pero es equívoco dar a esto una dimensión política porque al fin y al cabo un reality, por mucha audiencia que tenga, es sólo un reality. Todo está bien, pero no me metas en tus historias. Es verdad que en medios comerciales se prefiere el éxito y el atractivo, el glamour y la fantasía sexual. Esto no es una novedad: como apuntaba más arriba, la liberación que prometía el movimiento era, también, sexual y no habría funcionado sin esa promesa. Uno podría tratar de vender una sopa haciendo una lista de ingredientes y describiendo con veracidad su paso por el tracto digestivo, pero claramente no sería una estrategia que consiguiera vender mucha sopa. Se vende sopa creando una fantasía de lo que significa la sopa, no describiendo la sopa. Se venden calzoncillos creando una fantasía sobre lo que uno será cuando los lleve, no hablando de lo que son. Se vende televisión poniendo a gente que la mayoría de la gente quiere mirar, que confirmen ciertas fantasías. Mal que nos pese, hay que decir que si ciertos programas tienen éxito es porque responden a algo que importa mucho a mucha gente y no sólo por el modo en que se trata el género y la sexualidad: es el modo en que se arrincona cualquier atisbo de intelectualidad, de conocimiento, de cultura, el modo en que el nivel de conversación y retórica es el mínimo posible para pasar el tiempo sin que se diga nada que tenga ningún impacto o importancia. ¿Deberíamos dejar de mirar la tele de manera compulsiva? Quizá. ¿Deberíamos dejar de responder a estos estímulos? Claro. ¿Deberíamos promover otras fantasías? Sin duda. Pero si la tele es como es, si los realities son lo que son y si la gente quiere lo que quiere, me parece un poquito absurdo centrar en esto nuestras iras. La gente que ve realities ya está predispuesta a ciertas cosas y a ciertas tipologías y en general no los vamos a cambiar haciendo un reality en el que la gente sea totalmente distinta a la gente que habitualmente sale en realities. El discurso no cambia mentalidades mágicamente, mucho menos un programa determinado por muy de masas que sea. Es un poco como hacer pasteles que no sean dulces o whisky que no tenga alcohol. Uno puede decidir tomar o no pasteles o whisky, pero no podemos eliminar lo que hace del pastel pastel o lo que hace del whisky whisky, bueno o malo.

Hay mucho que cambiar, hay discursos alternativos que necesitan articularse y difundirse. Se necesita hablar de lo que queremos, de cómo la etiquetación del homosexual se relaciona con otros procesos de etiquetación que convierten a los interpelados en débiles y vulnerables. Debemos delatar los intentos sutiles por crear la idea de que alguien, por ser queer es “menos” que cualquiera que no lo sea. Pero esto sólo se consigue creando interés en las alternativas, creando narrativas: de hecho hay mucha gente diciendo cosas muy interesantes, el problema es que no les escuchamos porque estamos demasiado obsesionados porque en el prime time salga gente como nosotros. Nadie quiere ver en la tele a gente estadísticamente “normal” (especialmente en el físico). Pero eso no quiere decir que esa gente no tenga nada que decir o que contribuir. Simplemente tendrá que ser de otra manera y cambiar la ecuación que equipara de facto interés y atractivo sexual es difícil, pero no es algo que pueda llevarse a cabo en ciertos contextos. Lo que sucede es que en lugar de currarnos alternativas, de buscar alianzas basadas en objetivos comunes y articular un discurso nos dedicamos a cuestionar al chico guapo y entramos sin reflexión previa en debates sin solución. Se trata en realidad de ceder ante nuestros propios prejucios, aferrarnos a nuestra posición y mostrarnos cabreadísimos porque de nuevo triunfe “lo de siempre”. Esto es un cliché que es signo de pereza, no una verdad sobre el mundo. Lo que se ha dicho de Eliad Cohen no tiene nada que ver con que sea gay y si es criticable es desde una dinámica contemporánea sobre lo que nos gusta, lo que tiene éxito y lo que nos dan los medios. Que sea gay y esté fuera del armario es un rasgo que debería parecernos positivo y no debería utilizarse para entrar en descalificaciones. El discurso de cualquier reality es banal, no representa ideal alguno, sino fantasías, y en ese contexto una determinada representación quizá banal, poco generalizable, pero indiscutiblemente atractiva del homosexual puede tener efectos promocionales interesantes con su público, del mismo modo que poner en el contexto ruidoso de un reality a otro tipo de homosexual va a tener efectos que, en general, pueden no contribuir nada a la causa. Genet no aspiraba al prime time.

Y yo sospecho que este discurso que descalifica a ciertos homosexuales por intentar hacer algo que hacen bien no es activista y comprometido, es narcisista, es un ejemplo de “¿por qué él y no yo?” Para mí tiene mucho sentido que Eliad Cohen produzca una representación del homosexual en un contexto (en sí degradado) como el de un reality de Telecinco. Hará el reality más interesante (aunque me temo que no lo suficiente como para que yo le dedique otro minuto de mi tiempo), no sé si cambiará muchas mentalidades para mal y quizá sí alguna para bien.

Y es que no debemos perder de vista el hecho de que una fantasía no es un ideal. Hay un espacio para ambas cosas. No puede haber activismo si no se tiene en cuenta la fantasía. Y, sí, toda fantasía tiene una vertiente social, porque como una y otra vez nos dice Zizek, las fantasías son efectivas no por lo que dicen, sino por lo que callan, y porque acosan y fascinan sin mostrar sus cartas. Pero ignorar cualquiera de los dos lados no es que esté mejor o peor, es que no conduce a ningún sitio. Las nociones de “normalidad” y “marginalidad” que oponen los activismos clásicos en realidad son dos nociones sobre la sociedad y conllevan ideales que pueden discutirse. Hablemos de ideas, no de gente. Conviene articular estas nociones, estas mitologías en lugar de enredarnos en un caso que, en sí, carece de gran importancia. Debemos tener claro un ideal social, que para mí sería, ciertamente, inclusivo, un ideal que abrace la diferencia. La presencia de Cohen en un reality ni beneficia ni daña ese ideal, aunque ciertamente alegrará la vista de muchos. Porque hoy en día junto a Eliad Cohen tenemos decenas de representaciones que presentan otros ideales, como explicaba hace unos días Paul Flynn en un texto de The Guardian. Nadie hoy puede sentirse tan solo y falto de referentes como hace veinte años y por ello cualquier referente lo es menos. Eliad Cohen no es un peligro, el peligro está en la pereza intelectual.

En definitiva: ¿por qué es tan importante para tantos de nosotros lo que diga Eliad Cohen y lo que aparezca en un reality? ¿De verdad creemos que nos jugamos algo en términos de igualdad, de derechos, de percepción? Y si así es (y no digo que el hecho no tenga algún efecto en alguna gente), ¿se gana algo descalificando, polarizando y separando a “los buenos gays” de los “gays de gimnasio”? ¿Conseguiremos cambiar legislaciones o hacer que los chavales se sientan mejor? ¿O simplemente conseguiremos decir que no somos “de esos” y mostrar nuestro desprecio hacia gente que simplemente han gestionado su sexualidad o su cuerpo de manera distinta a la nuestra, gente que parte de otros presupuestos que quizá ni siquiera choquen con los nuestros?

El problema está en nosotros, no en Eliad Cohen.

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