Culturas gais, Lenguaje, Masculinidades

Representación homosexual, plausibilidad y homofobia internalizada: dos párrafos de Terenci Moix

¿Qué es homofobia? ¿Hay que basar el concepto en el significado de lo que uno dice aun cuando uno no sea consciente, como suele suceder, de que el enunciado lo es? En otras palabras: ¿es la intencionalidad el único criterio? ¿Está el concepto de homofobia más allá de la intencionalidad personal? ¿Hay un análisis objetivable del enunciado homófobo? ¿O en realidad el grado de homofobia depende del daño que el enunciado causa y por lo tanto un texto que no cumple su objetivo se descalifica así mismo? ¿Puede un enunciado ser homófobo en un contexto y no serlo en otro? Son cuestiones que uno se plantea cuando lee textos escritos desde una perspectiva anterior (o externa) a las certidumbres de los posicionamientos gays.

“Como suele ocurrir en las novelas que se pretenden tipificadoras, elegí los elementos que mejor podían servir a mis intereses testimoniales, en aquel caso destapar las alienaciones de un cierto tipo de homosexual de clase media. Buscando el prototipo, traté a Cornelio con una crueldad inmerecida y no deseada. La cursilería agresiva con que le revestí formaba parte del quiero y no puedo de aquel grupo social en aquella época:”

El fragmento es interesante porque marca la distancia entre experiencia y plausibilidad. El personaje de la novela era plausible como homosexual para el lector medio de los sesenta, mientras que el tío real era implausible porque no era una caricatura, y parecía lo impensable en los años cuarenta: un homosexual bien integrado, que llevaba una vida normal con su pareja. Aquí está la clave del problema de representación de estereotipos que intenté resolver en los noventa. Los estereotipos son necesarios, el problema es cuando son políticamente dañinos y qué hacemos al respecto. En sus memorias, Moix hace activismo al contraponer realidad y estereotipo y hacer explícitas sus razones: el tío Cornelio era totalmente normal, pero los lectores no habrían aceptado la normalidad del homosexual.

Por otra parte, en un intento de traspasar parte de la culpa, cita a Pasolini criticando a los homosexuales del siglo XX (así tout court):

“Para justificarse, te dirán que también Miguel Angel, Shakespeare o Rimbaud fueron homosexuales. ¡Todos los grandes hombres del pasado lo fueron, según ellos! Pero las mariquitas de este siglo no pintan cuadros, no escriben libros ni acaso los leen. Les basta con una vieja película de Marlene Dietrich, una canción de Judy Garland, una vedette llena de plumas y lentejuelas o un montaje de Zeffirelli, que parel caso es lo mismo. ¡Menudo orgullo!”

Es un pasaje del mayor interés como ejemplo de diálogo entre Moix y ciertas propuestas del activismo gay. Evidentemente hay mala fe (y cierto esnobismo) en las palabras que Moix atribuye a Pasolini: los homosexuales del siglo XX pintaban, escribían, actuaban y algunos incluso leíamos. Y probablemente a Shakespeare le gustaban las vedettes y Miguel Angel hubiera vibrado con una puesta en escena de Zeffirelli. Sospecho que a partir de los contactos, contradicciones y relaciones secretas entre estas dos citas y sus enunciadores podría escribirse todo un tratado de historia de la representación.

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