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Placeres triviales: ¡Que no pare la música! (Nancy Walker, 1980)

 

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No, los críticos no fueron injustas con ¡Que no pare la música! cuando la trataron como basura, la película fue un fracaso sin paliativos y esto fue también, se mire como se mire, justo. No me cabe la menor duda de que el mundo es un lugar mejor sin una secuela (¡La música sigue sonando!). No encontraremos aquí ninguna cualidad que la asimile al arte, o incluso a la obra bien hecha. Uno puede amar a Steve Guttenberg, o al menos sus pantalones, pero su técnica interpretativa aquí hace que parezca un “niño actor” de los irritantes, y así todo. Ver a Tammy Grimes es siempre un placer, pero aquí incomoda tanto como, no sé, Audra MacDonald haciendo de armario en Beauty and the Beast. Y June Havoc (la “Baby June” de Gypsy, hermana de Gypsy Rose Lee en la vida real) parece obsesionada por chupar plano. Pero no son los elementos marginales los que molestan. Todo lo demás también está mal: no hay sustancia, no hay estructura, no hay signos de vida inteligente in en el guión ni a ninguno de los lados de la cámara. Sin embargo hoy en el pase del BFI IMAX un público entregado aplaudía después de los primeros números, seguía el compás con los pies y se ha quedado con una sonrisa encantada hasta el último título de crédito. Estaba en la sala la coreógrafa Arlene Phillips y creo que todos nos hemos sentido privilegiados de poder mostrar nuestra apreciación. Porque la apreciamos. Porque es una película que, a las cuatrocientas personas que nos hemos congregado en el cine en un jueves, nos parece que aquello mola, que tiene gracia, o al menos que aquello nos hace algo. Y no me refiero sólo a los pantalones de Steve Guttenberg en la primera secuencia. Y esto es porque, no nos engañemos, el cine es algo más y algo menos que arte. Y de alguna manera, por el modo en que actúa, incluso la peor película puede ser disfrutable. En el caso de ¡Que no para la música! el presentador habló de que era un monumento de camp. Pero no es lo único que me produce placer: hay siempre en el cine una extraña química entre lo que sabemos y lo que creen que nos cuentan. La incompetencia puede acabar diciéndonos algo tan impactante como un plano de Bergman.

Otra cosa que tiene el cine que es menos prominente en otras artes (creo: yo no hago otras artes) es su manera de funcionar como cápsulas del tiempo. Al ver hoy esta película, yo me vi transportado a 1980. Y ahí estaba 1980 intacto, en todo su horror. Un año que creía ser moderno, cool, molón, un año que se había jurado que jamás volvería atrás. Cielos, en 1980 todavía se creía que la moda disco duraría para siempre. Fue antes del sida, antes de Victor Victoria y Su otro amor. Y a la hora de devolvernos los ochenta, ¡Que no pare la música! lo hace como nadie. Es cierto que probablemente no sea lo más urgente. Y algunos preferirían olvidar que 1980 existió. Pero qué queréis que os diga: una cosa es teorizar y otra estar ahí. Y encontrarnos cara a cara frente a pantalones acampanados, los últimos estentores de la moda afro, los jerseyitos de perlán, y las discotecas, cuando la gente creía que iba a durar siempre tiene algo que, si tenéis corazón, es conmovedor. Cuando la gente se encontró por primera vez con esta película no sabía que la fiesta terminaría muy pronto, que Village People se disolvería, que la música Disco perdería centralidad. Cuando se rueda en el verano de 1980 todavía no había ganado Ronald Reagan: Nueva York resurgía tras años de bancarrota, delincuencia, corrupción.

La película es un nuevo intento del productor Allan Carr, que había hecho Grease, de ganar mucho dinero, sin importar qué postulados estéticos o intelectuales tiene que asesinar. Pero entonces las cosas se ponen interesantes. Sabéis que en términos de equipo, Grease es una de las películas más gay-friendly de la historia del cine (no tanto los actores, pero del personal creativo casi todos eran gays; a veces pienso que el mito del Travolta gay viene de ahí), pero es de un gay que no se atreve a decir su nombre. Y Carr pensó que por qué no hacer algo que fuera supergay pero en el que no se pronunciara la palabra gay. Los únicos que iban a quejarse eran los activistas. Pues no fue así. Era el año en que también se estrenaron dos películas importantes en representación de la homosexualidad: Cruising y American Gigolo. No es el tema de este post, pero, como Que no pare la música, Cruising ha ganado mucho con los años. Pues bien, los gays boicotearon Cruising, boicotearon American Gigolo. Pero ¡Que no pare la música! les pareció estupendamente. Lástima que no fueran demasiados de ellos a verla. Me gusta contar esta anécdota porque da perspectiva a las cosas: eran otros tiempos, eran otros presupuestos, eran otras expectativas. Y la película está llena de frases con doble sentido e imágenes de doble sentido, y cuando sabemos el aspecto gay de la mitología de los Village People (algo que en su momento no se comentaba mucho), resulta que la mirada del espectador adquiere un privilegio por encima de lo que los creadores se creen que están diciendo que es la esencia de la mirada camp: las frase en sí no son camp, pero nosotros nos desternillamos cada vez que uno dice cosas que en inglés significan una cosa y en argot gay significan algo sexual.

La película quería ser explícitamente un musical como los de Mickey Rooney y Judy Garland en la Metro. De hecho se menciona el nombre de Judy al menos tres veces, por si no nos queda claro. Las referencias al cine clásico son mucho más explícitas (y en cierto modo más discretas) que en un reciente musical que no viene a cuento ahora. Pero aquí, de nuevo el tema de la mirada, las referencias están teñidas de arcoiris. Parece que esta gente vive en un mundo donde nunca se menciona la palabra gay porque todo es gay. Lo que no hay es heterosexualidad. Bueno, miento. Los valores de la heterosexualidad en ¡Que no pare la música! los representa el atleta Bruce Jenner. Y no os voy a recordar en qué acabó esa historia. Es un poco como Tony Blair defendiendo la paz y la legalidad internacional. También diremos que su intento fracasa cuando, justo antes del número YMCA, lo vemos con una camiseta recortada que deja ver el ombligo y los pantalones cortos más escuetos que existen sin tenerlos que llamar tanga. La película está rodada en las calles de Nueva York y al parecer los extras que daban color local tampoco eran heterosexuales. No es que haya mucha trama, pero me parece significativo que los personajes tengan madres que son estrellas del show business: lo de June Havoc es un puntazo, y Steve Guttenberg es un poco el sueño de toda madre judía: muy judío y con muchas espaldas, encantador, asexuado, toy boy y genio (está inspirado en el compositor de grandes éxitos de Village People). Y aunque trama no hay mucha (es más despropósito que narrativa), por algún motivo ciertamente freudiano, quienes resuelven los problemas son las madres y las divas de Broadway. El matrocentrismo americano seguía vivo en aquellos años: Edward Albee, Gypsy, Que no pare la música. Y creo que ya he mencionado lo de los pantalones de Steve Guttenberg. Es cierto: no hay sexo gay ni personajes gays ni se menciona la palabra gay una sola vez. Lo gay es todo lo demás.

Y las canciones están muy bien. Aquí no sé si hablo de un efecto magdalena y la música disco me gusta porque me recuerda aquellos años, pero la verdad es que la banda sonora de ¡Que no pare la música! siempre ha estado en mi iphone. Richard Dyer defendió la música disco como puro placer, y os juro que a mí las canciones me hacen bailar. Uno puede decir que los números no tienen sentido, pero si queréis que escuche “Magic Night” sin cimbrear las caderas y extender los brazos vais a tener que atarme y ningún sentido del pudor me impidió cantar el tema principal mientras cruzaba Waterloo Bridge de vuelta a casa. Es un disco maravilloso para hacer limpieza. Y es que ahora que estamos seguros que no volverá jamás, podemos decirlo: 1980 tiene que haber sido un año muy divertido.

 

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