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Algunas reflexiones sobre las imágenes positivas

En los cuestionarios que me van llegando, mucha gente ignora a qué me refiero cuando pregunto por las “imágenes positivas”. El asunto ha salido ya en este blog, pero creo que puede replantearse. Además, el debate en los posts anteriores se solapa un poco con lo que tenía escrito. En cualquier caso, dado que el énfasis aquí es histórico y puede que nos lleve por otra dirección, he decidido publicarlo.

Me parece uno de estos debates escurridizos que han punteado la cultura gay y que no han llevado absolutamente a nada. Así que ya son ganas resucitarlo. Lo hago con cautela: no creo que sea del todo relevante ahora. Pero también fue, al menos entre 1970 y principios de este siglo, un debate central (sobre todo en los países anglosajones, pero en los noventa también aquí). A pesar de que las nuevas generaciones lo consideran una tontería, creo que el tratamiento histórico es indispensable. Y también creo que puede aprenderse algo.

En qué consiste la crítica de imágenes positivas:

Durante décadas la representación de cualquier cosa que oliese a homosexualidad en el cine era negativa. Por “negativa” quiero decir dos cosas. Primero, la construcción visual hacía que los personajes fueran “inferiores”: se representaban como apocados, estimulando una perspectiva de superioridad hetero. Segundo, narrativamente se les adjudicaban finales bastante nefastos: muertes, castigos, infelicidad, suicidio. A partir del auge del movimiento gay en los setenta, una de las áreas de reivindicación es precisamente cambiar estas representaciones, que se asumía producían daño a la percepción de los homosexuales. Es algo que se convierte en un aspecto central de las reivindicaciones y de la crítica gay durante dos décadas. Se convierte en el criterio (político) central para juzgar cualquier película con personajes homosexuales.


Dos casos lo ilustran bien. El primero fue el follón organizado por los gays con el estreno de Cruising, A la caza, en 1980. Se decía (y técnicamente tenían más razón que un santo) que la subcultura gay se trataba, para una vez que salía en cine, como un lugar oscuro, tenebroso, que se relacionaba la homosexualidad con patologías de asesinos en serie, que los vecinos estaban en relaciones incomprensibles, que la película proporcionaba una imagen nada deseable de la comunidad gay neoyorquina del momento. (Una curiosidad: pocas películas dan una imagen tan gozosa de la subcultura gay neoyorquina como ¡Que no pare la música!, con los Village People, más o menos del mismo año. Pero hay un problema: es una película armarizada, la trama es hetero y no hay personajes gays explícitos, aunque lo de Steve Guttenberg no puede llamarse de otro modo, la verdad. No deja de ser significativo que las imágenes amenazadoras fueran explícitamente homo y una película que se refiere a los placeres de ser gay en Nueva York en 1980 se disfrace de hetero). En cualquier caso, es la primera vez (creo) en que un estudio tuvo que responder a las críticas realizadas por el movimiento gay. No retiraron la película, claro, pero introdujeron una “nota clarificatoria”. Los siguientes catorce años, son de apogeo de esta manera de pensar, y tengo la desgracia de haber madurado, como crítico y comentarista gay, en ese periodo, así que no soy totalmente inmune (a pesar de mis esfuerzos). Algo en mí sigue juzgando el tratamiento de la homosexualidad en una determinada película según estos criterios, aunque ahora reconozco lo complicado que es hacerlo así. Pero esto no es nada comparado con el modo en que opinaba en aquellos años (básicamente hasta el 95). Y era el tipo de actitud que sólo daba pie a los heteros que no se sentían cómodos con la crítica gay: decían que éramos limitados, que la película no iba de eso, etc. Mucha gente que respeto, leía algún análisis de este tipo y eso le servía para encogerse de hombros sobre el valor de la crítica desde una perspectiva gay. Bueno, eran otros tiempos.

El film que sirvió para cambiar las cosas fue Instinto Básico (y un punto de inflexión para mí también). Sé que mucha gente odia esta película porque es mala. Pero lo importante aquí es que creó una situación en la que el sector más epicúreo (y queer) entre las lesbianas respondió a las críticas que las feministas lesbianas hacían, exigiendo el boycott. ¿El problema? Como en Cruising, Instinto Básico presentaba a una mujer homosexual asesina en serie. Pero aquí se salía con la suya (la imagen final parece sugerir que NO ha sido “domesticada”, aunque tampoco acaba de entenderse entonces por qué está en la cama con el pitopáusico Michael Douglas). Ciertas lesbianas se sentían cómodas con la imagen que proyectaba Sharon Stone, de mujer independiente, atractiva e inteligente que hacía con hombres y mujeres lo que quería. El pensamiento queer, por entonces en boga, hizo el resto, y el debate entre las lesbianas consiguió resquebrajar el asunto de las imágenes positivas.

Sospecho que el debate siempre nos había parecido aquí irrelevante, aunque no hemos argumentado gran cosa. Aquí, lo de Cruising nos llegó (se describió en detalle en un número de Fotogramas, el mismo en que Terenci Moix y Enric Majó hablaban de su amor), pero no tuvo impacto, así que tampoco llegamos a participar en los debates en torno a Instinto Básico (yo sí, porque vivía en Londres, pero es realmente un momento bastante embarazoso de mi biografía, salí del cine todo dispuesto al boycott para encontrar frente a mí rostros que no entendían nada de lo que quería decir), lo cual puede ser una buena cosa. Sin embargo, es un modo de pensar que empecé a ver cuando ya había perdido su momento, como un eco en algunas críticas de revistas gays de los noventa. Y en la campaña de algunos gays “contra” la imagen que Boris Izaguirre “daba de nosotros”. En aquellos momentos pensé que casi mejor haber tomado el tren en Cruising y habernos bajado en Instinto Básico, pero no debería decir estas cosas que luego tengo fama de ser yancófilo. La lección es que cuando uno no se implica en el debate voluntariamente, puede acabar atrapado por él.

(Esta imagen es de Que No pare la música. Los dos caballeros que pasean de esta guisa por las calles de Greenwich Village acompañados por los Village People son, según el guión, heterosexuales. Y Bush se metió en Irak para salvar al pueblo de las garras de un tirano.)

El caso es que inevitablemente es una manera de ver el cine gay que tiene cierto predicamento, que seduce a mucha gente que tiene las cosas muy claras (no me cuento entre ellos) y a quienes les gustaría que la vida estuviera compuesta de absolutos enfrentados. No es así. Pero creo que sería un poco tonto no aprender de un debate que tuvo su sentido, aunque las discusiones deberían ser más abiertas, menos viscerales, más ponderadas, más conscientes de cómo funciona la representación. Este trabajo parte de que los espectadores son, efectivamente, “insumisos”, que no se creen las representaciones tal como aparecen. Así, creo que al menos dos matizaciones son necesarias para colocar el debate en una perspectiva histórica.

1. En los ochenta no había tanta elección como ahora. La protesta de los activistas tenía cierta legitimidad no como movimiento de censura, sino para exigir que en algún momento también tendría que aparecer otro tipo de representaciones. Este momento llegó en 1982 y quizá el affair Cruising tuvo como efecto positivo el acelerarlo.

2. Hablar de manera inteligente sobre el valor moral de cuestiones de representación homosexual puede conducirnos a hacer reflexiones sobre la homosexualidad como representación y sobre cómo hay una presión para hacerla poco atractiva. Mi argumento sobre Brokeback Mountain va un poco por ahí: vale, la película está bien, pero está hecha para no incomodar demasiado a los heteros. Lo que critico es que la sensibilidad de los heteros ante la sexualidad homo sea tan limitadita. ¿De verdad les habría parecido tan intolerable si se hubieran quitado la ropa o si no hubiera muerto el Jack Twist? Propongo un final “positivo” y melodramático de BBM inspirado en Sirk: Ennis llega cuando está en el lecho de muerte y tienen un final en plan Sólo el cielo lo sabe, reconciliación, y el shock hace que Ennis se ponga a hablar a hablar a hablar a hablar y no pare en un torrente de palabras que explican un amor que duró tanto tanto tanto tiempo. Ya sé que sueno un poco como la policía de las imágenes positivas, pero ridiculizar esta actitud tampoco sirve de nada.

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