Lenguaje, Sin categoría

Irracionalidad, homofobia, causalidad

¿Fue “la homofobia” la causa del asesinato de Samuel Luiz en La Coruña? Los medios y los políticos han sido extremadamente reacios a confirmarlo o incluso a sopesarlo: no hay evidencia, no se sabe, se nos repite. Tal reticencia sorprende en quienes dan nombre a todo y simplifican las situaciones más complejas. Todo es “terrorismo”, todos son “traidores”, pero nada es homofobia, el machismo no genera violencia y por supuesto España “no es un país racista”. Lo que no nos interesa, solucionar no debe ser identificado como problema. Los esfuerzos denodados por evitar entrar en un terreno que obligaría a reconsiderar muchas cosas eran patentes durante la entrevista de Àngels Barceló al presidente de la Xunta Alberto Núñez Feijóo en Hoy Por Hoy el martes: “Hay un problema de irracionalidad y de instinto asesino,”, propuso, un tanto dramáticamente, el político, “No sé cuáles eran sus inclinaciones sexuales ni creo que tenga ninguna relevancia. Lo que ha ocurrido es que han matado a un nombre, no sabemos por qué”. Irracionalidad. Esa es la palabra sobre la que Feijóo hace equilibrios. Lo irracional es algo abstracto, que no está sujeto a soluciones racionales. No puede entenderse por qué unos tipos se abalanzaron contra un muchacho y lo mataron de una paliza. Sabemos que le llamaban “maricón”. Sabemos que el muchacho era gay. Sabemos que algo imantó al grupo para que actuase siguiendo una causa. Pero para establecer una conexión entre los insultos y la violencia tendríamos que considerar que la homofobia existe, que hay quien la produce y que tiene un impacto real en las vidas de la gente. Para el señor Feijóo no tener una explicación o hablar de lo irracional era preferible a pensar que, ciertamente, la homofobia mata. Lo primero no tiene solución, lo segundo sí.

En cualquier caso, la homofobia no es irracional, no es un “instinto asesino”, un sentimiento irrefrenable dentro de ciertas personas que los lleve a la violencia, como no lo es el racismo y no lo es el machismo. Eve Kosofsky Sedgwick nos recuerda que catalogar la homofobia como una patología, como algo que nubla nuestra razón, es algo que se puede utilizar para exonerar a los acusados de crímenes violentos, presentándolos como víctimas de instintos inevitables. Es posible que cuando el discurso de odio toma asiento en ciertas mentes se pierda control. Pero antes hay que crearlo. Y ésa es la homofobia a la que nos referimos, a la que precede cualquier acto homofóbico. La homofobia no es espontánea. Hay que verla como un discurso social, construido, difundido, desde ciertas instancias y dentro de ciertas agendas. Es entonces que tiene solución, aunque a muchos no les vaya a gustar la que propongo.

Es posible que a un nivel muy general sí haya algo atávico, inherente a nuestra psique, en la violencia contra los otros. O al menos en nuestra actitud frente a quienes no son de los nuestros. Nuestros antepasados vivían con terror a lo desconocido, lo diferente era siempre una amenaza contra la que había que protegerse. La violencia era una manera de actuar sobre su miedo. La racionalidad que acompaña al impulso civilizador, en sus aspectos positivos, modera el proceso por  el que el miedo a lo otro se transforma en violencia: se pasa del tribalismo a la vida en comunidad, se establecen unos pactos que garantizan que quienes son diferentes o quienes no detentan el poder son, en derechos, iguales. Pero esto no es todo. La razón también crea nuevos discursos de odio. El miedo en la prehistoria generaba violencia grupal contra lo diferente de manera abstracta y está en la base de la creación de numerosos “nosotros”. El impulso violento en nuestra cultura se ha territorializado y se ha ceñido a determinadas agendas, se ha convertido en un discurso de odio contra ciertos “otros”. El racismo, el machismo, la homofobia, el clasismo, son ejemplos de esta agenda. La homofobia no es irracional y no es instintiva. Es un discurso racional, con una agenda, con unos fines, concreto, visible y con consecuencias.

Por desgracia, estamos viendo cómo la cara oscura del impulso civilizador (el que sirve para justificar la oposición entre un “nosotros” en una posición de poder y un “ellos” al que se desprecia y se oprime) está tomando fuerza en Europa y por extensión en nuestro país.  Hace unos días, el primer ministro esloveno Janez Jansa defendía las políticas homófobas de ciertos países centroeuropeos advirtiendo que si no se respetaban Europa podría colapsarse: reclamaba el derecho al odio para defender una noción estrecha de la cultura. Yo no sé si esta gente es homófoba en su fuero interno: a menudo acaban diciéndote que tienen “amigos gays”. Pero sé que tienen una agenda para ganar votos fomentando cierto odio, y sé que ese odio puede matarme. La homofobia de estado está de nuevo en los parlamentos, y en España contamos ya con un partido, Vox, que utilizará el odio hacia los diferentes para avanzar en una agenda que utiliza las emociones para asfixiar el impulso civilizador, mucho más precario, mucho más complejo. Nadie negaría que esto está sucediendo ya. Portavoces de Vox nos llamaron “viles” a quienes nos concentramos el pasado lunes 5 de julio en las plazas repudiando la homofobia y condenando un asesinato.

Los discursos de odio que está alentando Vox, cuando suceden hechos brutales, como la violación de La Manada en 2016 o el asesinato de Samuel, podemos buscar otras explicaciones, es fácil mirar a otro lado, no aceptar la responsabilidad. No ayuda que el PP se niegue a elaborar un contradiscurso, quien calla otorga. Y el profundo despiste del PSOE, que a veces parece una de esas corporaciones que creen que basta con hacer gestos ocasionales no hace más que complicar las cosas. El problema es que la homofobia nunca “es” y por lo tanto siempre puede ser negada. No es un camión que nos arrolla, una tarta que podamos comernos, un mar en el que se nade. Todo son metáforas de la homofobia, pero lo que es y el modo que actúa es mucho más complejo. Existe difuminada, no se da del mismo modo en todos los entornos, aparece y desaparece, se encarna en actos, los alienta, los justifica, pero no siempre se llama por su nombre. Siempre se pueden buscar otras narrativas más convenientes. ¿Por qué no aceptar que si en una situación de violencia la homofobia está presente, la homofobia es una causa de la violencia?

La causalidad es un concepto escurridizo. Sirve para ciertas cosas, y la queremos, la necesitamos, como parte de nuestra visión del mundo: emocionalmente, nos ayuda a sentirnos más seguros en un universo caótico. Queremos pensar que la causalidad es siempre una manera objetiva de explicar la relación entre dos cosas. Sin embargo la idea de que hay una causa que produce un efecto es, en las cosas humanas, una quimera. La mayoría de lo que sucede a nivel social tiene múltiples causas que van de lo ideológico a lo emocional, de lo legal a lo individual. Desde el momento en que la palabra “maricón” dirigida contra un homosexual, se pone en el centro de un acto brutal que lleva a la muerte, hay homofobia. Negarlo o matizarlo simplemente sugiere que la homofobia no es importante. Los individuos que asesinaron a Samuel, al parecer con premeditación (recordemos que tras un primer ataque volvieron en manada para ensañarse con aquel al que insultaban), podían estar drogados o podían haber tenido un mal día, incluso se podría hablar de que fueran patológicamente violentos y por lo tanto sus actos no se basaban en un discurso de odio específico. Pero aun así, el significante que daba sentido a sus actos, la palabra que les motivó a actuar fue la injuria homofóbica por excelencia: “maricón”. Y no, no sabemos si esta era la única causa, no sabemos qué pasaba por las mentes de los asesinos, qué motivaba su violencia, no conocemos la cadena de impulsos psicológicos, neuronales, musculares, que conecta una idea a la fuerza de un brazo, de veinte brazos que azotan, que matan. Pero fue Samuel y no fue otro. Y la palabra que usaron fue “maricón” y no fue otra.

Existe evidencia de que las manifestaciones de este discurso homófobo, que con frecuencia deriva en violencia, son cada vez más frecuentes. Si no hablamos de homofobia, nada tiene sentido a no ser que nos conformemos con la anodina propuesta de que era algo “irracional”. Si hablamos de homofobia sí lo tiene. El fascismo ha hecho del desprecio a ciertas minorías su modus operandi: el fascismo se alimenta del lado oscuro de la civilización, buscando fisuras, alentando el miedo. Y en España, Vox está siguiendo las recetas del fascismo clásico, como queda patente en las declaraciones de sus líderes sobre la homosexualidad. La homofobia es un medio para un fin, y no voy a negar que funciona: la gente prefiere la emoción, incluso el odio, al pensamiento o la empatía. De hecho, es bastante racional que si se ha propuesto que los homosexuales son escoria que merece la muerte, se nos mate. Tiene sentido. Algunos pensarán que no es necesario llegar hasta el final, pero la lógica está ahí. Una ideología que manifiesta desprecio por determinados seres humanos, sea por su sexo, su cultura, o el color de su piel tendrá seguidores que justificarán su comportamiento a partir de este desprecio. Fueran conscientes o no, los asesinos servían esta ideología. El desprecio que se genera en el discurso genera comportamientos. Totalmente racionales, porque tienen un sentido lógico. La causalidad está en un discurso que se construye y que queda en el ambiente, un discurso que nunca se sabe cuándo va a reaparecer. La homofobia siempre ha conllevado violencia, odio, golpes, insultos, muertes. Un día será en el patio del colegio. Otro día será en un parque. Otro día en un aula. El discurso de odio fomentado día a día, gota a gota, calará cada vez en más gente. Hay que recordar que no todo vale para alcanzar el poder. Y esto era un ejemplo más. Y la actitud condescendiente de políticos como Feijóo sólo puede favorecer que otros actos similares vuelvan a producirse.

Se intenta presentar la homofobia como algo que funciona como una respuesta a una siniestra agenda política, queer, gay. De nuevo con esto se desvía la atención. La homofobia es siempre un discurso indigno en una sociedad democrática o progresista. Dar rienda suelta a la homofobia, o negar su existencia, en realidad hace nuestra sociedad, la de todos, mucho peor. El comportamiento de los políticos que están fomentando un discurso de violencia contra el otro o de quienes no se responsabilizan respecto por la polarización que crece cada día puede parecer lógico o necesario a ciertos votantes. Algunos pueden creer que jalear la xenofobia de Vox y del PP es “poner las cosas en su sitio”, una idea que apacigua su miedo al cambio. Puede que nos tranquilicen sus promesas de una sociedad equilibrada, de un nosotros homogéneo y sin fisuras. Pero no lo olvidemos: tendremos que vivir con el futuro que prometen. Y es un futuro terrorífico.

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