Lenguaje, Sin categoría

Qué hacemos cuando hacemos Facebook: Filling the Void, de Marcus Gilroy-Ware

 

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Dar sentido a lo que está sucediendo, a las tendencias que dominan las interacciones sociales es una labor compleja, quizá ímproba. Zambullirse en las procelosas aguas de Facebook-Twitter-Instagram, síntomas indiscutibles que caracterizan nuestro presente, no adormece necesariamente nuestro sentido crítico, pero es verdad que cuando las redes sociales se convierten en el aire que respiramos, comprensiblemente no queremos cuestionarlas. Con esfuerzo podemos nadar a contra corriente, pero no podemos dejar de respirar. Necesitamos el aire (un poco como aquel chiste de Woody Allen en el que un hombre cuya esposa se cree una gallina no quiere curarla porque necesita los huevos) y es fácil automatizarlo. Hay algo en nuestra constitución que hace que necesitemos dar por sentadas ciertas cosas (el aire que respiramos), tomar el lenguaje como una herramienta literal de comunicación que dice lo que quiere decir, olvidarnos de las reglas que constituyen el medio, sus presupuestos, confundiendo “lo que somos” con las cosas que necesitamos ser para funcionar dentro de un sistema concreto. Sin embargo el cambio en paradigmas comunicativos significa que en realidad se están cambiando las reglas del juego, y quizá convenga prestar atención a “lo que está pasando” antes de que pase demasiado.

El mayor impacto que el libro de Marcus Gilroy-Ware Filling the Void ha tenido para mí no es dejar Facebook. No sé si me conviene dejar Facebook, no sé si, como hombre que trabaja en unas condiciones y en un contexto, ganaría algo al hacerlo. Pero durante la lectura he constatado qué hay en juego las implicaciones del momento en que me lanzo al juego, cada vez que navego entre oleadas de “likes”, retweets, citas, debates con desconocidos, e incluso la fe en que mi comportamiento en la sociosfera digital sirve para algo. Me ha servido para mirar las estructuras que subyacen actos perfectamente inocentes, para dar sentido a actitudes, para ser consciente de que el fondo del torrente está lleno de piedras, de basura, de monstruos. Una de las ideas que subyacen los razonamientos de Filling the Void es que nada hay tan peligroso como aceptar que ciertas estructuras favorecidas por el sistema socio económico son “naturales” y hay que aceptarlas como son. Puede que no podamos cambiarlas, puede que tengamos que resignarnos, pero también conviene entenderlas, saber qué significa nuestro uso de estos medios, e intentar que nuestro uso no sólo venga motivado por “llenar un vacío”, sino que sea en cierta medida activo, que podamos controlarlo, que tenga un componente ético. Lo que sigue no es un resumen del libro (que puede encontrarse aquí), sino un intento personal de encontrar un lugar en las implicaciones de mi actividad en las redes sociales.

Para Gilroy-Ware Facebook no es más que el modo que una corporación tiene de hacer beneficios prodigiosos para sus inversores ignorando cualquier consideración sobre bienestar o sociedad. En este sentido, Facebook, nos dice, no es “el problema” y culpar a Facebook (como ocasionalmente he hecho yo mismo) de los males del mundo es una manera de cerrar los ojos a la realidad. Ahora veo más claramente que en realidad Facebook se alimenta de vacíos e insatisfacciones creados por un sistema que, dejado de su mano, tendería a algo muy cercano a la esclavitud. Facebook nos convierte en piezas disciplinadas de ese sistema y nos ayuda a estar en contacto, continuamente, con los aspectos más emocionales e impulsivos de nuestra psique, que al fin y al cabo son los que no tienen un efecto social progresista. Facebook no crea nuestra insatisfacción pero, y esto es algo que a mí me gustaría subrayar, hace que quejarnos sea fácil, nos ayuda a construir posiciones y alianzas que justifican el inmovilismo siempre que se nos permita ser, dentro de ciertas convenciones, nosotros mismos. Puede que sea perverso decir que Facebook es la causa última de lo que va mal, pero sí crea un mundo en el que “lo que va mal” se naturaliza. En mis propìos posts una y otra vez he llegado a este punto: como idea Facebook es intachable, pero una vez lo consideramos nuestro amigo, una vez aceptamos las trampas de “me gusta” y otras zarandajas, entramos en una dinámica que nos hace infelices, como personas y como sociedad. No tiene nada de malo utilizar Facebook, pero sí pensar que nuestras emociones son más importantes de lo que son y que nunca han de ser sometidas a escrutinio. De hecho nos cuesta mucho reconocer que nuestras emociones y afectos a veces se basan en limitaciones, ignorancia o miedo. Facebook deja de ser un sitio donde confrontamos esta realidad sobre nosotros para ser el lugar donde la ocultamos, insertándonos en la disciplina de los likes. Gilroy Ware lo dice de otro modo al final: si haces un post en el que expresas un punto de vista meditado, significativo, y no recibes likes, alégrate: es señal de que no estás siguiendo las corrientes, es señal de que estás siendo tú mismo.

Es un dilema que yo mismo he tenido que dilucidar. Nada hay más natural que querer gustar, pero querer “gustar” en Facebook no tiene nada que ver con ser amado, o con lo que debería ser el amor. La gran mayoría de la gente a quien le gusta lo que haces sienten esto porque de alguna manera tu post les ayuda a llenar un vacío que no es intelectual o político. De ahí que, en mi experiencia, un post de gatitos o de comida o de un paisaje tenga más likes que un post que intente reflexionar sobre algo o intente buscar las estructuras abstractas que subyacen enunciados concretos (que es mi tipo de psot favorito). En algunos momentos, sobre todo en mis primeros años con la red social, intenté encontrar qué gustaba a la gente y actuar en consecuencia. Y me di cuenta de que era muy fácil conseguir muchos likes si sacrificaba hablar de las cosas sobre las que realmente quería hablar. Que la gente que consigue likes no lo hace utilizando oraciones subordinadas o ideas. Que uno consigue likes si se pliega a los mecanismos para conseguirlos. Entonces dejé de preocuparme. Volví a hablar de mis temas, de los temas sobre los que me creo capacitado para hablar o sobre los que, al menos, quiero reflexionar. Y nunca me sentí mejor. Sí, claro, esto no significa que no me permita una frase ingeniosa o un post excesivamente narcisista. Pero la vida es un camino y es más importante mantener el rumbo que obsesionarse con no dar un paso en falso.

Además, el autor sugiere que si en la sociedad hay tendencias de opresión y tendencias progresivas de solidaridad, los proveedores de las redes sociales están claramente del lado de las primeras. Esto me pone frente a mis posiciones ideológicas. Supongo que si tuviera que definirme, sería como libertario de izquierdas. Creo que la sociedad funciona a partir de estructuras que protejan la igualdad. Pero una vez estas estructuras quedan protegidas, no me gusta que entren en mi vida cotidiana. Nunca me han gustado las expresiones de comundidad. Soy reacio a las celebraciones identitarias, sea fiestas de pueblo, manifestaciones, comidas de amistad. Todo me hace sentirme lejano, siempre mirando desde fuera. Soy bastante capaz de encerrarme en una burbuja y no molestar a nadie con lo que hago, pero no quiero que nadie me diga qué tengo que hacer, qué tengo que pensar, y odio las posiciones rígidas en las que se me invita a situarme. Durante años pensaba que esto era normal, pero he ido comprobando cómo no lo es. Hay gente que funciona como parte de entramados, hay gente que no sabe o no quiere encerrarse en una burbuja, que necesita a toda costa ser parte de algo y que no le importa pagar un precio por ello. O que no lo percibe como un precio.

Esta necesidad de sentirse reforzado por lo que piensan otros es similar a lo que describía de mi comportamiento en Facebook, pero es mucho más amplio. Hemos visto esta psicología en acción durante el procés catalán, y es una de las cosas que más me ha inquietado del mismo: lo tentador que es pertenecer a un movimiento utópico y olvidar estratégicamente sus problemas reales, el hecho de que se esté a favor de que la gente se exprese pero sin información que dé contenido a esa expresión, la prioridad estratégica de las emociones frente a los proyectos. En realidad todos tenemos nuestro propio procés. En políticas de género, feminismo y movimiento queer, al adoptar un partido, en el Brexit, con Trump, contra los inmigrantes. Ser parte de algo es más importante que pensar en las implicaciones de ese algo. Y sobre todo es mucho más efectivo. Da igual que demostremos que los inmigrantes no perjudican a la sociedad: queremos creer que es así porque nos reconfortará que habrá una solución fácil y alguien a quien votar. Da igual que demostremos que el Brexit no traerá riqueza. Reconforta pensar que será así. Aunque hablo de tendencias muy humanas, las redes sociales o nuestra experiencia en ellas les ha dado mucha fuerza, sin apenas mecanismos protectores. Y aunque las redes sociales nos hagan sentirnos personas que opinan, en realidad nuestras opiniones no importan gran cosa. Se nos incita a ser emocionales, a actuar para llenar un vacío interior (de ahí el título del libro), y por lo tanto a actuar de manera irresponsable. Ese vacío lo explica el autor a partir de tendencias en el capitalismo neoliberal que otros han descrito: es un vacío en nuestras vidas, en nuestras interacciones, que deriva en parte de nuevas relaciones laborales, de nuevos tipos de contrato. Facebook contribuye a la sujeción de los individuos a las premisas liberales controlando y apropiándose de las emociones, y poco a poco las emociones se van configurando según las categorías de Facebook.

Uno de los conceptos más importantes del libro de Gilroy-Ware para explicar el efecto de Facebook en nuestras vidas es el de “enclosure”: a lo largo de la historia una de las estrategias recurrentes del poder ha sido la apropiación de los espacios públicos para territorializarlas (políticamente, simbólicamente) o simplemente monetarizarlas. Algunos ejemplos de esto son muy básicos y bien conocidos: la apropiación de espacios comunes para cerrarlos, la apropiación de la naturaleza para convertirla en capital,  la territorialización del arte en términos de copyright, el hecho de que el pequeño comercio vaya siendo reemplazados por dinámicas corporativas. Facebook hace lo mismo con nuestras emociones. Al almacenar momentos de nuestras vidas, al almacenar lo que nos gusta, nuestros pensamientos, nuestros deseos, a nuestros seres queridos, al integrarlas en mega archivos sobre los que tiene todo el poder, cuyo uso escapa a la mayor parte de los mortales, en realidad lleva a cabo una de esas estrategias de apropiación. En este caso es la apropiación de la vida privada. Esta semana estuve pensando en borrar mi cuenta de Facebook. Pero me detuvo precisamente saber que a pesar de los beneficios de “empezar de nuevo” perdería ocho años de posts, buenos o malos pero míos, de fotos, de momentos, de ideas improvisadas, de tonterías, de amigos a los que sólo conozco por ahí, de voces. Es otro dilema y no pequeño. En realidad estas cosas no son “mías”. Desde el momento en que Facebook las controla sólo tengo acceso a través de Facebook. Puedo borrar mi cuenta. Pero no sé si gano algo y sé que pierdo mucho. Y en esas estamos. Al final tengo que resignarme, al menos de momento, a que si quiero esta versión de mi diario, si quiero las ventajas de comunicación, las ventajas de leer a gente a la que admiro, de estar en contacto ocn debates y lo que piensa la gente, Facebook es mejor que no Facebook. Esto no significa que tenga que utilizarlo acríticamente o que no tenga que hacer ajustes en mi uso y expectativas. Es otro camino, otra lucha, pero, de momento, mejor para mí “dentro” que “fuera”.

¿Hay un futuro para mí sin redes sociales? ¿Sin Facebook? Podría haberlo. Llevo una semana sin Facebook y aunque ha sido un periodo excepcional de reflexión sobre el medio, no siento los síntomas de adicción que me habían dicho que sentiría. A lo mejor tengo que esperar más. Me aparté de Facebook, hago otras cosas. Esto, por ejemplo. Es verdad que no me da la misma sensación de comunicación, pero todo es acostumbrarse. Mi pasión es la lectura y no soy especialmente sociable, no leo por ser parte de algo, no voy a películas porque vaya la gente, así que veo plausible volver a leer sin compartir lo que leo, volver a ir al cine sin comunicarlo al mundo, ver un árbol o un edificio sin hacerle una foto, encontrarme en un restaurante sin expresarlo en un selfie. Veo plausible un futuro en que el narcisismo generado por circunstancias vitales y cierta comprensión del deseo irá apaciguándose, irá difuminándose y las cosas tendrán un sentido más pequeño, menos global, más cotidiano, más espiritual. Pero también es verdad que aunque yo como persona pueda tener una vida plácida fuera de las redes sociales, el mundo depende de ellas cada vez más. Incluso cerrando los ojos a las consecuencias ideológicas de contribuir a los mecanismos de Facebook, la participación en las redes sociales compensa porque es donde está otra gente. Y supongo que si alguna vez decido volver a vivir una vida que no esté mediada por Facebook necesitaré salir de los mecanismos que Facebook ha copado. Y eso requiere entrenar la mirada. En el amor a lo que me rodea, a la gente que realmente tengo cerca. Quizá requiera inmunidad frente a las presiones del trabajo, de “ser alguien” público. Y volver al ideal voltaireano de cultivar mi jardín. A no ser, claro, que el colapso llegue antes, algo que, tal como van las cosas, no es realmente descartable.

 

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