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Mi camino hacia Hamilton

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La primera persona que me habló de Hamilton fue Audra MacDonald. Era enero del 2015, durante su visita a Madrid. El tema principal de conversación hasta entonces entonces había sido la adaptación cinematográfica de Into the Woods y pude saber lo que “Steve” pensaba más allá de lo que se había escrito. Esto me reconfortó. Cuando le pregunté qué me recomendaba ver en mi próxima estalló en alabanzas sobre un nuevo show que no se había estrenado pero que sería algo extraordinario. Dijo que la expectación era tal que probablemente se había vendido todo, pero que intentase entradas del día. Y así entró Hamiton en mi vida hace tres años y medio.

Hoy voy a ver Hamilton y con esto culmina un largo periodo de preparación que quería resumir antes del momento de la verdad. Compré la entrada en diciembre de 2016, entrando en un juego en el que rara vez entro: las entradas difíciles de conseguir. Y efectivamente había algo de juego. Incluso entonces la disponibilidad para los meses después del estreno era limitada. Supongo que porque retenían buenas entradas para librarse pronto de otras peores, y supongo que por crear un clima de expectación histérica, circunstancias que a mí no me predisponen positivamente. Hamilton ha sido, desde sus inicios, un show grande. De hecho nació con vocación de evento más que de mero espectáculo. Si me pongo a escribir sobre un fenómeno tan contundente, tengo que empezar por hacer voto de humildad. Hamilton es ya, diga yo lo que diga, una de las obras de mayor alcance del teatro musical americano y su impacto ha ido mucho más allá de los escenarios: como relectura de la identidad estadounidense en momentos especialmente críticos, como texto que hace que los adolescentes miren la historia con otros ojos, como ejemplo del “instruir deleitando” que fue un cliché pedagógico pero que hoy ha quedado desdibujado, como constatación de nuevas maneras de asimilar estilos musicales en teatro, como éxito con pocos precedentes. Todas estas cosas son innegables, y también lo es su textura, la densidad de niveles en las palabras, en la puesta en escena, en la música.

En primera instancia, Hamilton vuelve a ofrecernos lo mejor de la producción teatral estadounidense: una voz crítica, progresista, una apuesta por la asimilación de culturas, un abrazo a la América del crisol donde nada acaba de fundirse. Al mismo tiempo, celebra algunos de los hitos del país (las fantasías que sostienen su sentido de la identidad) sin descartar por completo el hecho de que tanto los padres de la patria como la patria que parieron eran imperfectos, que en realidad el ideal sólo puede verse, con generosidad, como obra en construcción. Lin-Manuel Miranda ha sabido recordarnos que la mítica “América” es un país de inmigrantes, que la identidad no es cerrada, que está sujeta a constantes apropiaciones, que es más dialógica que esencial. La obra además tiene valor artístico con una apuesta estética que va más allá de lo atractivo de las composiciones: recoge una panoplia de referencias musicales de la segunda mitad del siglo XX, de los Beatles al hip hop o Destiny’s Child, para contar una historia. Si tomamos en serio el valor cultural de la música pop, veremos cómo de maneras a veces sutiles contribuye a la idea que la obra quiere transmitir. Sí, “América” es también esto. Es Little Richard y Beyoncé, Snoopy Dog y NWA y soul y Rhythm and Blues. La Revolución y los años que siguen bailan aquí al compás de músicas mainstream y periféricas de finales del siglo XX. Cada canción funciona a varios niveles y de alguna manera busca vínculos, tiende puentes entre nosotros y ellos, entre el pasado y el presente.

Más allá de cierto posicionamiento, de estar de alguna manera frente a la ingente cantidad de material que ha generado, no hay nada que yo pueda aportar si hablo sobre Hamilton. Para mí, sin embargo, no ha sido fácil entrar en el espíritu de esta fiesta. No me suele ser fácil entrar en celebraciones en general, sin duda. Pero tampoco ha sido fácil entrar en esta fiesta particular. El hip hop y muchos de los estilos que utiliza Miranda me eran ajenos y en algún caso había construido prejuicios estéticos frente a ellos. Y ya en mi primer encuentro con los discos del reparto original me chocaron elementos que tipifiqué como “millennial” y que me mantenían a cierta distancia. Pero no se trataba sólo de cierta sordera selectiva. La preocupación por la fama, por ejemplo, la necesidad de ser cool, el hecho de que los personajes permanecieran jóvenes, que el proyecto implica cierta falta de interés por la edad, que el reparto y los creadores sean militantemente jóvenes, hacía que no conectase con la voz.

Por no hablar de lo que percibía como cierta masculinidad heterosexual que en la vida real más de una vez me ha hecho cruzar la acera: no creo que el mundo textual de Hamilton me sea hostil, pero tampoco es una obra que tienda una mano a los periféricos sexuales o a identidades basadas en la diversidad de género. También prefiere hablar de identidades mixtas a hablar de racismo, y asume papeles para las mujeres que, a pesar de los continuos homenajes por parte de los creadores, ocupan en este mundo un lugar marginal. Nada de esto son reproches: es normal que Miranda vea las cosas desde una perspectiva. Miranda es un hombre heterosexual que, a diferencia de otros de mi generación, no ha crecido con la asociación entre teatro musical e identidad gay. Y quizá eso es lo que le ha permitido utilizar estéticas intrínsecamente heterosexistas, como el rap, sin ningún tipo de reparo. Esto se manifiesta en la obra: Miranda sentimentaliza las relaciones entre machos alfa y muestra relaciones homosociales que conscientemente eluden lo homoerótico. Uno se descuida y tenemos series de woa woa woa y muchos high five, continuamente asistimos a tíos comparando sus penes, que suenan muy familiares. Pero si Miranda es bueno reproduciendo ciertas dinámicas entre hombres heteros, tiene menos sensibilidad para las mujeres: sus mujeres son lejanas y marginales a la trama o esposas y madres, lo cual puede parecer más lógico de lo que es: para mí la perspectiva hetero tiene tanto que ver como la realidad histórica a la hora de tomar estas decisiones. Miranda es quien es y escribe desde donde ve el mundo. Uno puede sentir cierta nostalgia de los tiempos en que el musical abrazaba una mirada gay, pero esto ha terminado. Incluso la mirada gay puede que ya no exista. Y Miranda es probablemente el autor que más de sí mismo deja ver en sus personajes desde Cole Porter. O Jerry Herman. La voz de Miranda, generosa, simpática, entusiasta, ingeniosa, puede verse en cada personaje. Y nada de esto es un cuestionamiento de la obra. Es simplemente constatación de mis dificultades personales con el mundo del texto y las aspiraciones de sus personajes. Todo me es bastante ajeno.

Por supuesto me es más fácil que a los fans naturales de la obra ver aspectos algo más problemáticos de los que aparecen en los innumerables texos encomiatorios sobre la misma (por ejemplo en el libro de Miranda y Jeremy MaCarter Hamilton The Revolution, en el que todo el mundo es guapo, joven, desbordante de talento, sin sombras y terriblemente cool). Veo mejor que ellos que esta loa a la marginalidad y la mezcla de culturas utiliza su aura de producto para todos con el fin de construir ciertas místicas monetarizables. En general uno no puede estar del todo en contra. En la sociedad en que vivimos que las compañías utilicen los sentimientos para hacer millones es inevitable. Pero tampoco podemos pasarlo por alto. Si uno intenta comprar un ticket para Hamilton con cierta antelación puede que le llegue a costar hasta dos mil dólares (en Chicago se llegó a hablar de diez mil dólares para ciertas entradas en ciertas funciones) y si lo intenta de un día para otro probablemente le salga por setecientos dólares. No voy a cuestionar la ley de la oferta y la demanda, pero, de manera concreta, ¿quién puede permitirse Hamilton? ¿No es otro evento cool para ricos y pijos internacionales?¿Utiliza mitologías de marginalidad revolucionaria para que los familiares de los potentados puedan presumir de que lo vieron? ¿Qué implica participar en el juego de conseguir una entrada, de estar en the room where it happens? A esto añadamos cómo se ha convertido en algo de lo que uno quiere ser parte, algo que separa un nosotros de un vosotros, que crea actitudes que dejan en segundo plano cualquier proyecto crítico. Todo texto tiene derecho a intentar adquirir una mística, pero toda mística es cuestionable.

Soy fan obsesivo de lo que fue el musical de Broadway, trabajo sobre el género y en cierto modo dejarme penetrar por Hamilton ha sido una necesidad más que un deseo. Véase sin ir más lejos el post que escribí hace casi año y medio para este blog. Ahí planteaba mis dudas, mis reservas sobre este show. A aquel post ha seguido un periodo en el que he vuelto a escuchar el disco sistemáticamente, revisé la filmación pirata (hoy inencontrable) y aprendido en la medida de lo posible las letras, me he hecho amigo del mundo estético y referencial, he intentaod entrar en los personajes tanto como me ha sido posible. Me he informado en detalle sobre el estilo, sobre las canciones, sobre las referencias estéticas y los referentes históricos. Lo que quiero decir es que me he hecho un esfuerzo por comprender Hamilton que no ha sido necesario, por ejemplo, para Company. He de decir sin embargo que esta lucha particular de mi camino hacia Hamilton ha terminado en victoria: tengo el oído más maleable, más receptivo a ciertos tipos de música y la voz pop que con pocas excepciones (Karen Carpenter, Janis Joplin, Dusty Springfield) se me había resistido, me parece ahora interesante y empiezo a verle matices. Más allá de los temas del show, he aprendido a saborear otras músicas.

Para mí Hamilton es un objeto muy ajeno, muy lejano. Esto no me impide apreciarlo. Pero me dice algo interesante sobre nuestra relación con los textos, sobre el paso del tiempo, sobre cómo la pasión deslumbrante nos ciega y no conseguimos ver ciertos objetos. He llegado a amar algunos momentos de la obra, y aunque no llego a sentir una identificación profunda (como sí me sucede con Into the Woods, que vi la semana pasada) reconozco que en el camino he ganado capacidad para comprender y apreciar, y con ello una visión más amplia de las posibilidades del género. En todo esto, rara vez he sentido que Hamilton me hable a mí. Estoy casi seguro que esta noche escucharé una frase musical, una palabra, y la fuerza de la puesta en escena se me llevará por delante. Creo que cuando regrese a casa esta noche todo lo que he escrito hasta ahora sobre Hamilton, todo lo que he sentido, la expectación y el trabajo, el camino, el conocimiento, la reflexión, todo, puede quedar obsoleto. Y por eso escribir este texto antes de salir para el teatro era importante. Nunca podré volver a decir estas cosas. A partir de esta noche, Hamilton será finalmente parte de mi vida.

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