Cultura

Fuera de Facebook

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Anuncié que me apartaba de Facebook y a pesar de que soy consciente de su centralidad me sorprendió y me inquietó un poco el que tantos de mis amigos lo tratasen casi como un funeral. De hecho alguna de las respuestas me hizo tener que insistir, como para convencerme a mí mismo, de que no estaba o pensaba estar muerto, que seguiría teniendo una existencia fuera del lugar, precaria pero existencia, que vivo en dos ciudades y tengo presencia en lugares reales. Fue un poco como un sueño que tenía de adolescente en el que me encontraba en mi sepelio y me frustraba no convencer a mis amigos de que no estaba muerto. Y es que el sentimiento, algo exagerado, de que las redes sociales están empezando a reemplazar aspectos de nuestra vida que antes se gestionaban en la realidad se hace cada vez más evidente.

Antes de continuar, dos cosas, aparentemente un poco contradictorias pero desde mi punto de vista complementarias. Primero, sí, la semana pasada leí el libro de Marcus Gilroy-Ware Filling the Void. Emotion, Capitalism and Social Media que articula una visión de Facebook que sin ser hostil sí enfatiza qué contratos establecemos al entrar en el juego. Habla en especial del modo en que Facebook monetariza nuestras emociones y cómo nos atrapa en una dinámica que es uno de los exponentes más sofisticados del capitalismo tecnológico. Pero también, en segundo lugar, tengo que añadir que me gusta Facebook, que me permite establecer un diálogo con nuestro tiempo, me permite gozar de las voces de otros, y me permite estructurar pensamiento. Para alguien que siempre ha querido escribir, Facebook es un lugar de experimentación del lenguaje, de articulación de ideas, de buscar expresión. Aunque crea que hay algo maligno en Facebook también lo hay en comprar libros o escuchar música. Y creo que, al menos para mí, Facebook me da más de lo que yo le doy a ellos. Al menos hasta ahora.

Llegar a esta conclusión no ha sido fácil, no fue fácil concluir que en Facebook no “pierdo el tiempo” (no siempre), del mismo modo que escribir un dietario no es perder el tiempo. Pero también es verdad que hay que saber escapar de la tiranía de los likes. Cuando empecé Facebook tuve un momento de desolación al comprobar que mis posts no tenían likes. Llevo unos ocho años y pocas veces alcanzo más de diez por post, a veces veo con envidia que un gatito o una ensalada despiertan oleadas de amor y entusiasmo. Sé cuál es la solución: hacerlos breves, basarlos en una foto (ensaladas, gatitos), hablar del último estreno, decir algo gracioso o incluso tomar partido vehemente por algo. Y todo esto es parte del juego. Pero es que mi Facebook, el Facebook que tiene sentido para mí dada la inversión de tiempo, no es eso. Para mí hacer frases largas y hablar de temas poco populares como el cine de los setenta es parte del proyecto de expresión personal que da sentido al tiempo que invierto. Al final de mi vida tendré textos que me hablarán de mi pasado, de lo que fui. No diré que sea indiferente al hecho de que mi post reciente sobre Todos los hombres del presidente tuviera cero likes. Pero es lo que hago, es lo que soy, lo escribo para mí y da un poco igual que haya poca gente que comparta mi pasión por el lenguaje, por el cine de los setenta, por los musicales o la canción popular americana. A veces sí confieso que entro en temas populares en busca de interacción: no es bueno que el hombre esté solo y si sale una ocasión de debate como Call Me By Your Name la utilizo. Pero incluso en esos posts la intención es egoísta: quiero saber qué piensa la gente. Los likes hacen ilusión, pero si tengo que elegir entre likes o mi estilo, mis contenidos, mis pasiones o mis ideas, siempre elegiré lo segundo. Esto en realidad es paralelo a mi trayectoria como escritor: escribí, no encontré un público, seguí escribiendo. No puedes acusar a la gente de que no le guste lo que escribes, no puedes dejar que la falta de interés te afecte. Muchos escritores han sido solipsistas. Y aunque estaría bien que te leyeran, pues si no te leen la escritura sigue ocupando un lugar en lo que eres. Se puede ser escritor y ser amado, pero ambas cosas no suelen ir juntas.

Dado el modo en que organizo mi vida, no creo que esté mejor sin Facebook que con él. Además de los efectos terapéuticos de expresarse, argumentar y juntar frases, de ejercitar punto de vista, Facebook es medio de comunicación, fuente de contactos, y un modo de encontrar artículos y sugerencias de películas. Tengo en mi muro gente que sabe mucho más que yo, de quien aprendo. Por mucho que yo crea que algunas cosas seguirían igual fuera de Facebook (este blog, por ejemplo), la verdad es que el mundo funciona de una manera que si quieres interactuar, si no quieres ser olvidado, Facebook o Twitter son buenos. A mí Twitter se me da fatal (me aburre y mi sintaxis es demasiado complicada), así que me queda Facebook. En ese caso, ¿por qué abandonarlo?

La semana pasada, en el fragor de los ataques mediáticos contra el nuevo gobierno, un diario de tirada nacional publicó una noticia falsa que tenía impacto en mi vida privada. Era un impacto sutil. La falsedad de la noticia era de tal calibre, la mentira estaba tan alejada de la realidad que era fácil rebatirlo (situaba a gente en un lugar donde, evidentemente, no estaban). Evidentemente el hecho de que una noticia sea falsa importa cada vez menos: incluso aunque el medio se retracte, la falsedad queda, retwiteada, comentada, y acaba por reemplazar los hechos. Resultó que el origen de una parte crucial de la noticia, según confesó el medio en cuestión, era uno de mis posts en Facebook. Era un post tonto, narcisista, y que en realidad trataba más de una expresión latina que de nada más. El típico post que uno escribe cuando no tiene nada interesante que decir. Sobre todo el post no decía lo que decía la noticia. Se había utilizado como excusa para inventarse algo. Y en último término me habría resultado imposible predecir que un acto trivial pudiera tener efectos reales. Imaginemos que los hechos hubieran sido diferentes, imaginemos que la noticia hubiera sido plausible y hubiera circulado: en ese caso la persona a quien más quiero lo habría pasado mal. Porque yo no soy hombre público y puedo permitirme ciertas cosas. Y no envidio nada a quienes lo son y tienen que aguantar el clima mediático actual.

Siempre había presumido de tener una lista de amigos pequeña. Creía que mantenerla pequeña me hacía más libre. Cuantos más desconocidos tenga más cautela tengo que tener. No acepto todas las solicitudes, sé que mi Facebook no es para todo el mundo, y hago limpiezas cuando veo que ciertas personas a las que acepté sin conocerlos no participan. Cuando supe lo que había sucedido lo primero fue hacer una limpieza mega. Borré a más de cien personas. Lo hice de muy mal humor y en algún caso puedo haber sido injusto, pero es verdad que quería librarme del intruso, de aquel a quien había aceptado como “amigo” pero que había entrado en mi cuenta, personal, privada, para espiar mi muro. Me atemorizó también pensar que tengo “amigos” que están en mi muro para atacar a quien quiero. Me sentí algo sucio, como desnudo, de repente me sentía en un medio hostil.

Todo esto no duró mucho. Evidentemente la culpa de mi post era, en primera instancia, mía. Aunque no creo que el narcisismo sea condenable, es verdad que nos nubla la visión, y a veces su ejercicio nos convierte en seres torpes. Y en segunda instancia se debía a la propia estructura de Facebook. Está claro que todo lo bueno del medio tiene contrapartidas y una de ellas es que nos convierte a todos un poco más en personas públicas. Yo no quiero ser persona pública. Tampoco quiero renunciar del todo a escribir, a leer a aquellos de mis amigos que escriben cosas interesantes. Pero sobre todo no quiero que mis arrebatos narcisistas puedan dañar a seres queridos. Y de repente me di cuenta de que ni siquiera en Facebook yo era sólo yo. Nadie está solo.

Ahora la verdad es que no sé qué hacer. He suspendido la cuenta por una temporada. Sé que necesitaba parar y pensar. Y a lo mejor eludo la atención de espías. Sé que necesito hacer mi cuenta más restringida. He borrado a mucha gente que no participaba y a la que no conozco en la vida real, que son mis criterios de siempre aplicados sin piedad. Y puedo hacer algo para que sólo la gente en la que confío y que conozco vea la mayor parte de mi actividad. Puedo poner a mis contactos en diferentes categorías de recepción. He barajado también empezar de nuevo, pero no quería perder lo que tengo acumulado y el modo en el que la empresa te da tus posts no es muy utilizable. He empezado a hacer una página alternativa dentro de mi cuenta a la que sólo se entre por invitación. Es verdad que puedo invitar al demonio, y que se me da muy mal “invitar” a gente a que haga algo por el mismo motivo que no me gusta que me “inviten” a hacer algo. Evidentemente dejar de hacer posts estúpidos debería ser parte de la estrategia, pero sé que esto no funciona: uno puede decidir ser bueno, pero como en carretera sin curvas Facebook puede percibirse como algo tan fluido que al final bajas la guardia.

Seguiré pensando en estas soluciones, varias o una de ellas y tendré que decidir si los diversos aspectos de mi vida en Facebook son separables. Pero lo peor es la sensación de que Facebook es un lugar que siempre es peligroso, que siempre está expuesto, que no sabes cómo las cosas que escribes o las cosas que haces tienen consecuencias impredecibles. Y no se me escapa la ironía de que hablo sobre Facebook pero parece que esté hablando de la vida real. Es como la vida por otros medios.

2 thoughts on “Fuera de Facebook”

  1. Pregunta:
    ¿Y se puede enlazar este post a mi muro de Facebook? Porqué esta es otra de las posibilidades de continuar vivo alllí cuando tú has decidio desaparecer.
    Está complicado el tema, pero te entiendo y comparto muchas de las reflexiones que has hecho.
    Será difícil mantenerte al margen de Facebook porqué WordPress nos da la posibilidad de enlazar.
    Un abrazo

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