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Qué hacemos con nuestros ídolos: Jesus Christ Superstar en Regent’s Park Open Air Theatre

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Jesus Christ Superstar se estrena en Broadway en 1971, el mismo año que Follies, y como ésta tiene una intensa relación con el zeitgeist. Si Follies habla históricamente del sueño americano y psicológicamente de todos los sueños e ilusiones, aquí el tema es un tipo distinto de ilusión: la aureola que adjudicamos a nuestros ídolos, las responsabilidades que les atribuimos, el modo en que disfrutamos con su caída. Esta idea estaba muy presente a medida que se abrían los ojos ante las consecuencias de ciertas revoluciones de los sesenta y se traducía en desencanto. Pero si Follies es un fantasma que requiere el anclaje en 1971 para comunicar sus ideas, Jesus Christ Superstar es, a cuarenta y ocho años de su concepción, una obra proteica, que habla con muchas voces, que siempre parece estar escrita hoy, que siempre nos interpela como contemporáneos.

Quizá sea porque no es exactamente un musical. ¿Oratorio? ¿Ópera rock? Qué más da: lo que empezó como un disco se convirtió pronto en gran teatro. Aun sin diálogo está muy bien escrito; los números siempre contribuyen a desarrollar la idea del texto, los conflictos son reales, intensos. Se utilizan episodios del Nuevo Testamento para hablar de otras cosas. Por ejemplo de nuestra inevitable tendencia a crear ídolos, a creer que algo o alguien puede redimirnos sin que nosotros tengamos que hacer más que aplaudir o sonreír beatíficamente. Del modo en que esperamos que cumplan nuestras expectativas. Y, en el otro lado de la cuestióń, del ídolo que se sabe amado pero no comprendido. Aunque el evangelio es sin duda un marco de lectura, Webber y Rice hablan de otra cosa. El choque entre Judas y Jesús se ha visto a menudo como un diáĺogo entre el pragmatista y el idealista. Y la producción de Timothy Sheader hace que la obra, sin traicionar estos mimbres, hable de cosas muy relevantes y proyecte una mirada nueva, llevando el tema del ídolo a un terreno que reconocemos y que, en los extraordinarios momentos finales, nos acusa de connivencia.

Los protagonistas visten y bailan como millennials. Todos tienen cortes de pelo personalizados, visten con desaliño y son inseparables de sus micrófonos. De hecho una de las tensiones de los personajes en escena tiene que ver con la posesión del micrófono. Sí, los ídolos de que se habla ya no son políticos (el Che, Mao, Castro, Malcolm X) y quizá los ídolos de los concursos de talento son más centrales a las ideas de esta producción. Seguimos, como en el año 33 de nuestra era y como en 1971 a la búsqueda de alguien que signifique, que nos represente, alguien a quien amar. Y en esto los millenials no son diferentes de cualquier otra generación. En esta producción no queda muy claro que los apòstoles sepan qué esperan de Jesús. Buen rollito, que sea cool, que sea un “rebelde”. Judas en cambio cree que aquello tiene que servir para algo y pocas veces se ha visto un contraste tan áspero entre éste y el resto de los discípulos.

El extraordinario Judas de Tyrone Huntley es un hombre con sus propias torturas. Bajito, delgado, negro, contrasta con la figura apolínea y mucho más mediática del Jesús de Declan Bennett. Esto es lo que las masas aceptan como líder. Alguien que queda bien en la tele. En Judas se ve algo de complejo de inferioridad, algo de envidia, algo de resentimiento, algo de deseo. Estamos lejos del Carl Anderson de la versión cinematográfica: urgente, revolucionario y en posesión de su verdad. Huntley se toma las cosas con calma, reacciona con asco, incomodidad o debilidad ante todo lo que hace su amigo. Hasta que decide que no aguanta más, pero no se trata de un gesto justiciero, no trata de dar lecciones de modos. Simplemente algo se rompe, simplemente no conoce otra manera de salir de su oscuridad. Este Judas sóĺo se suicida simbólicamente para convertirse en el líder de una cruel contra-revolución.

Una de las herencias de los años setenta en el teatro musical fue el uso del show business como metáfora de la sociedad. Esta obra permite diversas actualizaciones (politica o religiosa o psicolóǵica o rayana en la abstracción), pero aquí claramente se vuelve a los orígenes: la obra de Webber y Rice tiene algo de concierto rock. Uno puede evitar el género y centrarse en la historia o el sentido. Pero Sheader ha sabido poner el rock en primera línea en lugar de disimularlo y conseguir potenciar el destino. Así, los personajes a menudo abandonan la trama, cogen una guitarra y cantan ante un micrófono. Que el “suicidio” de Judas se haga colgando un micrófono es sóĺo uno de los muchos fascinantes detalles de esta producción. El rock aparece como un marco de referencia que potencia el significado con sus mitologías: punk, Leigh Bowery, Heavy Metal, Folk Rock, Destiny’s Child son citas, a veces puntuales, que sitúan perfectamente a los personajes en su mundo. No, la vida no es un cabaret, eso estaba bien para los baby boomers: la vida es un concierto de rock. Y es en un concierto de rock donde puede pasar todo: el agresivo Poncio Pilatos, los fariseos glam, los gestos de bailarines de Madonna de algunos seguidores, la balada folk de Maria Magdalena, el momento glam/ punk de Herodes. Todos ellos miran directamente al público, rompen la cuarta pared y buscan nuestro aplauso: esto es sobre nosotros.

Todo ello lleva a un final en que la gente se cansa del ídolo que auparon. No es que Jesús esté perdiendo fuerza: el “Gethsemane” de Bennett es una verdadera escena de la locura, extrema e impactante. Es que simplemente se cansan. Porque así son las cosas y todo acaba por cansar. Y el cambio produce, al menos en mí, una gran incomodidad: son los antiguos seguidores quienes azotan a un ensangrentado Jesucristo, quienes se burlan de éĺ. Judas regresa para cantar “Jesus Christ Superstar” no como una alucinación, sino como una burla. Nos está recordando, y nos duele reconocerlo, que nosotros habríámos hecho lo mismo. Cada golpe, cada patada, duele. No porque Jesús valiera mucho la pena, esto no es sobre Jesúś. Es sobre nosotros.

Es una reposición del show del año pasado, que ganó varios premios Olivier y que para mí, ya, constituye una nueva prueba de la vitalidad de un cláśico. Ayuda que haya talento, inteligencia y algo que decir. Y esta produccióń no se parece a ninguna otra que haya visto. Ha conseguido encontrar en el cláśico un discurso nuevo. Deslumbrante.

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