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El fin de una tradición: Barbara Cook (1927-2017)

 

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La tentación de la hipérbole resulta en este caso difícil de resistir. También es verdad que no hay muchos casos en que un enunciado hiperbólico sea tan exacto. Así que decir que nadie representa el arte de cierta tradición de la canción teatral como Barbara Cook es justo y oportuno. Otros tuvieron más impacto en áreas afines: Billie Holiday, Frank Sinatra, Ella Fitzgerald, Judy Garland, incluso, para quienes no tienen tanta memoria, Barbra Streisand, todos son intérpretes indispensables del gran repertorio musical estadounidense del siglo XX, todos compartieron con Cook una personalidad, una aproximación inteligente, una empatía por las canciones, un modo de hacerlas propias, una técnica, y cierta fe, casi religiosa, en su valor emocional. pero las demandas de la música grabada o el talante del jazz llevaban sus versiones por derroteros distintos a los que aquí me ocupan. Lo que distingue a Cook de otros artistas de la cancióń no es que su voz fuera técnicamente impecable, o incluso que tuviera una personalidad arrolladora, ni era mejor actriz que Garland, ni establecía la complicidad de Sinatra, ni era una genial innovadora como Holiday. Era su capacidad para fundir en cada interpretación teatro y canción.

Es posible hablar de teatro musical de una manera totalmente simplista para incluir cualquier yuxtaposición entre palabra y canción. Teatro y música han ido siempre de la mano. Pero una línea de evolución en el teatro popular americano trabaja a fondo la relación (o las rupturas) entre texto y música, haciendo que la canción o el número no simplemente comuniquen significado emocional o resulten momentos especaculares: se trata de que la canción constituya un momento dramático, bien por lo que desde la integración puede decirnos sobre un personaje o un momento o, por contra, lo que puede añadir a ese momento en términos de ironía o discordia. Y esta fusión es lo que hace que ciertas líneas de evolución en el musical americano (que incluyen a Kern, Gershwin, Rodgers, Weill, Hammerstein, Kander y Ebb, Bernstein o Sondheim) sean algo más que mero entretenimiento bailable y se acerquen al arte total. Y en el corazón de esta tradición estaba Barbara Cook. Sus apariciones, sus discos, sus clases magistrales, todo es demostración palpable de que el experimento que emprendieron estos autores tuvo fruto, que funciona, que merece atención y respeto.

Los datos biográficos importan. Parte de su lugar en la tradición se debe, como ella misma reconocería, a la casualidad y al tiempo. En su show Barbara Cook’s Broadway decía que en los años cincuenta, cuando su carrera despega, no era consciente de encontrarse en una era dorada del musical: ella simplemente iba de un proyecto a otro, haciendo siempre lo que podía, a veces con buena acogida, otras veces no tanto. Pero es fácil comprender que sus dotes innegables, su virtuosismo, podrían haber pasado desapercidos si en el arte que eligió cultivar no se hubiera encontrado con figuras como Oscar Hammerstein o Leonard Bernstein. O Richard Rodgers, o Sheldon Harnick, o Arthur Schwartz, o Harold Arlen, todos ellos trabajando en el mundo del musical en la primera mitad de los cincuenta. Así que hay que repetir, como cuentan las agencias, que llegó a Nueva York en 1948 procedente de Atlanta, empezó en cabaret y que debutó en Broadway en 1951 en un show llamado Flahooley creado a mayor gloria de una absurda estrella llamada Yma Sumac. Hoy Sumac ha sido justificadamente olvidada excepto por los cazadores de freaks, pero las intervenciones de Cook, en un papel secundario, en el disco del musical siguen frescas y ya articulan muy bien la voz de la intérprete. “Here’s To Your Illusions” hace más de lo que su letra dice, y el entusiasmo desbordante de Cook, la convierte en una pequeña joya mucho más rebosante de vida que los interminables números de la Sumac.

El resto, es historia. De un proyecto a otro, nos dice Cook. Pero no olvidemos que esos “proyectos” eran giras de clásicos como Carousel o Oklahoma! bajo la atenta mirada de sus creadores, Rodgers y Hammerstein. O estrenos de un musical menor pero delicioso llamado Plain and Fancy en el que tuvo al menos tres temas a pesar de su marginalidad en la trama. O Candide, de 1956, una de las obras maestras del género, con partitura de Leonard Bernstein, que escribió para ella una parodia del aria de las joyas del Fausto de Gounod llamada “Glitter and Be Gay”, con sus virtuosismos y florituras. Y hay que escucharla para entender lo que estoy diciendo. Es una canción que requiere técnica y a la que pocas intérpretes del momento podrían haber hecho justicia. Pero Cook hace mucho más que producir las notas que requiere: crea un personaje, crea una mirada, transmite placer, ironía, picardía y enuncia con claridad cristalina cada palabra. El arte de la canción de Broadway se apoyaba en la palabra: era indispensable entender lo que se decía. Puede que haya voces de mayor calidad que hayan acometido “Glitter and Be Gay”. Pero no hay una interpretación tan deliciosa, tan sabia, tan rebosante de vida, tan conscientes de lo que están haciendo y tan en control de sus facultades y su arte.

Candide fue un fracaso sonado, pero por supuesto Cook llamó la atención de los críticos y para entonces ya se había labrado una carrera, así que el siguiente paso fue casi natural: el año siguiente protagonizó con el gran Robert Preston otro clásico innegable: The Music Man por el que obtuvo el premio Tony. De nuevo su Marian es irresistible (“Til There Was You” es gloriosa), en un show pensado para su protagonista masculino. Pero cuando se rodó la versión cinematográfica, el papel fue para Shirley Jones, como había sucedido con otros papeles que interpretó Cook en teatro. Y es que es innegable que Jones, además de buena cantante tenía un físico que funcionaba en los primeros planos de una manera que el de Cook (a juzgar por el video de Bloomer Girl con el que contamos) no funcionaba. Había algo en ella que era teatral y funcionaba en disco pero que le impidió una carrera en el cine. Su carrera en los sesenta está llena de grandes momentos, inmortalizados en disco, y probablemente la culminación de la misma, a juzgar por el disco, sea su Amalia de She Loves Me, uno de los maravillosos musicales que nunca tuvieron adaptación cinematográfica y que por lo tanto son poco conocidos fuera de la cultura anglosajona. 

Se trata de una versión del mismo texto que inspiró la película de Lubitsch El bazar de las sorpresas. Jerry Bock y Sheldon Harnick compusieron para ella “Vanilla Ice Cream”, que recuerda a un “aria de la locura” cóḿica en la que Amalia descubre que sus sentimientos son exactamente opuestos a lo que hasta entonces asumía. El tema representa bien la relación entre texto, drama y partitura en el musical integrado: hace avanzar la trama, da expresión a una sucesión de pensamientos y es fiel al personaje. Esto úĺtimo es importante: aunque la voz es la misma, Cook “suena” de manera diferente, ciñéndose a la especificidad del personaje, a sus neurosis. Digamos que a partir de cierto momento Stritch o Rivera siempre suenan igual por mucho que nos guste escucharlas, y que Bernadette hace bien una cosa. Cook es una intéŕprete versátil, capaz de bordar baladas, números cómicos, expresiones de deseo, siempre mostrando complejidad retórica o psicológica.

Los obituarios han incidido en la crisis que Cook atraviesa a finales de los setenta, con énfasis en la depresión y el alcoholismo. Creo que además de una crisis personal es una crisis del género. Tras She Loves Me hace varias reposiciones y teatro no musical. No es casual: el número de shows es menor cada año, su impacto decrece y los compositores con los que había trabajado se sumen también en sus propias crisis (Bernstein se aleja del musical, Bock y Harnick se separan, Arlen deja de trabajar en el género). En este sentido lo que esos obituarios han denominado “reinvención”, el golpe de timón a su carrera iniciado en 1975 tiene un significado que también es histórico. 1975 es el año de A Chorus Line. Pero también está en el centro de una década dominada por las colaboraciones entre Sondheim y Harold Prince. Todo obras maestras, pero el musical como género popular que había dominado los años cincuenta en los gustos de los estadounidenses ya no existía de manera consistente. Los setenta inciden en reposiciones, vuelve la revista. No es que Cook no acabase de encontrar su lugar, los lugares eran inestables. En este sentido su resurgir con una serie de conciertos y apariciones televisivas es sintomática del momento, similar a conciertos de gente como Lena Horne o Shirley McLaine o reapariciones como las de Ann Miller o Mickey Rooney: ejemplos de nostalgia y talento. 

Por precisar la comparación: el show de Horne, A Lady and Her Music es un prodigio y un placer. Pero es sobre Lena Horne. No sobre las canciones. Difícilmente es un lugar desde el que desarrollar una nueva dirección en una carrera. Cook ciertamente incluye en sus conciertos referencias a su propia carrera. Pero poco a poco va poniendo el énfasis en el repertorio, en la biblioteca de temas, en rescatar canciones, en buscar maneras de comunicarlas. Cook es para sus fans una diva, sí, pero siempre parece decir que el mérito lo tienen otros. En algunos casos (el disco As of Today, el concierto It’s Better with a Band) parece ser cómplice con los tiempos y dar la espalda al repertorio de Broadway. Fue una fase, sin duda, pero para mediados de los ochenta, especialmente a partir de su aparición en Follies in Concert, aclamadísima en su papel de Sally, la nueva fase de su carrera se asienta. Este concierto significa su regreso al repertorio de Broadway, pero también se siente que la combinación entre Cook y el trabajo de Sondheim produce verdaderos fuegos de artificio. Al menos dos de sus intervenciones, “In Buddy’s Eyes” y “Losing My Mind” reverberarán hasta el final de su carrera. 

Por supuesto Cook era una intérprete no sólo correcta para la mitología que articula Follies, sino ideal para interpretar las canciones, como música y como texto. El dolor que comunica y, una vez más, la inteligencia que aplica a su interpretación son el principio de algo que es casi una colaboración. Cook volvió a Sondheim en un concierto que presentaba su música junto a la de otros compositores que admiraba (Mostly Sondheim) e introdujo canciones de Into the Woods o Passion casi en cada disco de su carrera tardía. Las canciones de Sally continuaron apareciendo en su repertorio hasta sus últimos conciertos. 

Desde los años sesenta Cook había desarrollado una carrera en cabaret, con la inestimable ayuda de su arreglista y pianista Wally Harper. Aunque Cook superó sus problemas con el alcoholismo, Harper, amigo fiel, no lo logró. Sin Harper, Cook probablemente no habría renacido, y sin Harper su carrera no habría tenido la consistencia que fue adquiriendo desde el 75. Cuando Harper falleció en el 2004, Cook intentó encontrar a otro cómplice, pero una nueva colaboración con el excelente Lee Musiker no acabó de funcionar. Hay gente que es irreemplazable. Musiker era un gran profesional. Harper concía a Cook y conocía los secretos del repertorio. Es Harper quien hace los brillantes arreglos de los mejores discos de Cook, incluyendo It’s Better With a Band , Live in London y un sorprendente Disney Album. El trabajo de Harper en el segundo es tan original como fiel. Reinterpreta los temas para reforzar su sentido. Y Cook es la gran comunicadora que entiende por ejemplo el giro que da a “Come Rain or Come Shine” o a “It’s Not Where You Start”. El concierto de Londres, por cierto, es uno de sus mejores discos en directo, y muestra un prodigioso equilibrio entre estándares y joyas poco conocidas como “Sweet Dreams”, “Ship in a Bottle” o “Errol Flynn”, a mi juicio tres de sus canciones más perfectas. 

En los noventa, Cook trabaja mucho. Cabaret (con Harper), conciertos en el Carnegie Hall, más tarde en el Met, en Londres, en todo el mundo, y una serie de espléndidos discos de estudio, incluyendo sendos homenajes a Dorothy Fields y a Oscar Hammerstein. Aunque la calidad es desigual, en todos ellos hay tres o cuatro joyas. En cabaret sabía comunicar con el público y no olvido momentos de verdadera epifanía con temas tan insustanciales como “Cooking Breakfast For the One I Love” o “You’re a Builder Upper”, que cantó en el Donmar Warehouse. Su versatilidad sigue sorprendiendo, la voz se hace más oscura pero sigue deslumbrando y la mirada, la actitud, la inteligencia en definitiva siguen ahí. 

Cook intentó en numerosas ocasiones, incluidas master classes, explicar su aproximación a las canciones. Algunos de estos intentos están recogidos en el DVD Mostly Sondheim. No hay grandes revelaciones, pero sí algunas pistas de su arte. Cook, a diferencia de muchos intérpretes contemporáneos, cree en las canciones y cree que hay que trabajarlas. Cree en la estructura, en el sentido y siempre, siempre, siempre se pregunta qué significa cada una de ellas, encuentra sus matices en letra y música, su corazón, su especificidad. Las canciones para Cook nunca son genéricas. Como para Sondheim, cada canción tiene un qué, un cuándo y un por qué, un cómo, un dónde. Es la reflexióń, la actitud (su insistencia en “estar presente”) lo que hace que pueda exprimir las posibilidades dramáticas de cada una de ellas. Varias veces ha hablado de “canciones perfectas”, como “They Say It’s Wonderful” y esto sugiere que su aproximación es analítica, formal. Pero creo que el punto de partida es un acto de fe: para Cook no se trata sólo de canciones, es algo más complejo, algo que merece la pena. 

Su reputación se agrandó con los años. Entre sus fans se contaban artistas como Luciano Pavarotti, Joyce DiDonato o Tony Pappano, que se desplazó a Barcelona para su extraordinario concierto en el Gran Teatre del Liceu (basado en el programa de Barbara Cook’s Broadway). Recibió honores del presidente Obama, premios, reconocimiento crítico con Mostly Sondheim, homenajes en el Carnegie Hall y en el Metropolitan Opera House. Su trabajo en los últimos años parecía haber perdido cierta fuerza, pero su mito a medida que acumulaba años, experiencia y autoridad no hizo más que crecer. El hueco que deja es inmenso porque aunque hay buenas cantantes, pocas tienen su mística. O su fe.

No sé juzgar su papel en la historia del canto. Quién sabe. Pero sé que si la tradición musical estadounidense a la que me refería al principio pervive, Barbara Cook pervivirá como uno de sus referentes. La gente muere y en el fondo no debe importar gran cosa, sobre todo cuando claramente hemos disfrutado de su talento. Pero para mí en esta muerte había algo más en juego.

Jeanne Moreau no sólo me gustaba, me parece una de las actrices fundamentales del siglo XX. Pero desde la admiración, o desde el deleite que me producen sus interpretaciones, no sería honesto decir que su fallecimiento hace unos días me golpease de manera sustancial. Estaba, no estará. No era muy consciente de que estuviera ahí. No sería capaz de decir nada que no pueda decir cualquier otro fan. Y muchos de vosotros diríais cosas más interesantes. Barbara Cook es distinta. Siento que ha dejado un hueco. Que hay algo que nadie llenará. Son muchos años en que estaba ahí, significando. Y ahora ya deja de estar. El arte del intérprete de canción americana queda un poco más pobre. Sigue habiendo espléndidas cantantes, presencias, intérpretes (y no son la misma cosa).

Pero es que Cook era algo singular, especial, por su carrera, por su dominio, por su mística. El género en que trabajaba es ya otra cosa. Y lo que viene detrás, puede gustarme más o menos, o puede, como en el caso de Jeanne Moreau, producirme sentida admiración. Pero ya no será posible que la obra de un intérprete tenga tanto impacto en el modo en que concibo un repertorio, una aproximación a la interpretación, una mirada sobre lo que significa el arte, no es como estar en casa, una casa que he hecho mía con años y atención. Es como llegar al capítulo final de un libro en el que se oían las voces de Harold Arlen, Richard Rodgers, Lorenz Hart, Oscar Hammerstein, Dorothy Fields, Meredith Willson, Irving Berlin, Jerome Kern, Cy Coleman, Fred Ebb, Bob Merrill, George Gershwin, Yip Harburg, John Kander, Leonard Bernstein, Betty Comdem, Arthur Green, Noel Coward, Jerry Bock, Alan Jay Lerner, Burton Lane, Sheldon Harnick (incluso Albert Hague, el Kosofsky de Fama). Y Stephen Sondheim.

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