Cinefilia e iconos

Mi Cannes 2017: algunas reflexiones, algunas recomendaciones

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La fiesta terminó hace unos días, las alfombras rojas se han enrollado y quedan en el armario, el marché quedó desierto, se apagaron los focos, y aunque he ido escribiendo puntualmente sobre mi experiencia en Cannes este año en mi página personal, os comparto unas reflexiones aquí a modo de despedida.

Se dice que no ha sido un gran año, se ha llegado a decir que es uno de los años más flojos en la memoria, y nadie ha reivindicado obras maestras indudables. Las obras maestras sustentan nuestra fantasía del cine como arte, aunque en cierto modo el cine es más (y menos) que arte. Recordemos dónde (y cuándo) nos encontramos: Cannes celebra un determinado modelo de producción y distribución, y ese modelo industrial está en crisis. Se filman más cosas que nunca, quizá se consumen más narrativas audivisuales que hace cuatro décadas, pero no todo es “cine” tal como lo entiende Cannes. El lugar del “cine comercial serio” empieza a ser ocupado en nuestro imaginario cultural por cierta televisión de calidad (y este modelo, representado por Top of the Lake y Twin Peaks, estuvo presente en el Festival), el cine comercial convencional sigue en decadencia y aunque sigue viva la tradición de cine de arte (Haneke, Lanthimos, Zvyagintsev), que es al fin y al cabo de lo que se trata en Cannes, lo cierto es que los nuevos creadores tienen otras opciones y cada vez cuesta más encontrar una nueva esperanza blanca tipo Dolan… y algunos pensamos que cuando se identifica tiende a ser un bluff, un icono forzado que representa algo pero no es gran cosa. También sospecho que el gran cine de arte necesitaba una tradición comercial boyante: Godard se alimentó de Bardot, Lynch se alimentó de Peyton Place. Sin el apoyo de un gran cine comercial, el cine de arte se desdibuja y si uno de ellos pierde influencia y consistencia, el otro acaba por encontrarse en un laberinto de dudas existenciales. Y ahí estamos, sin saber del todo si “el cine” existe, qué es, para qué sirve.

Pero todo esto debe importarnos poco. Si aceptamos las limitaciones, Cannes sigue siendo el mejor escaparate mundial del cine, y un gran espejo en que podemos vernos reflejados. Temas como la inmigración, los refugiados, el devenir histórico, el cambio social, la decadencia política y la situación de las mujeres en el mundo son urgentes y han estado bien representados en la selección de este año. Es una pena que el Jurado , este año presidido por Pedro Almodóvar, haya optado por otorgar el premio máximo a “una sátira contra la corrección política” (¿a quién le parece que “la corrección política” es uno de los problemas más acuciantes de nuestro tiempo?… Ah, ¡espera!), aunque, como digo, no debe importarnos gran cosa: en Cannes creo que resulta más relevante el conjunto que las “obras maestras” que tan desesperadamente buscamos.

Me ha preocupado especialmente que no haya habido presencia española fuera del Marché este año. Uno veía países de todo el mundo, países pequeños, que defendían con entusiasmo su producto, que apostaban por sus directores. Llevar un film a las grandes secciones de Cannes no es fácil y evidentemente requiere que antes se produzca un cine de calidad. Pero es que precisamente talento no es lo que nos falta en España. Lo que sí falta, me parece, es voluntad y cierto “saber hacer” por parte de las instituciones. Tenemos un gobierno que por cuestiones un tanto pueriles no cree en el cine español. Y por eso no otorga a quienes encarga para que gestionen la industria autoridad, medios o prestigio. Un comité de selección quiere sentir apoyo institucional. En España parece que el cine es indiferente, las autoridades no quieren, no saben, no les interesa promocionar algo que, al fin y al cabo, es una industria y una carta de presentación internacional. Es algo que deberían recordar los aspirantes a dirigir partidos políticos en sus manifiestos culturales: no se trata de turismo, no hay turismo sin creación y promoción de los creadores, el turismo no es un objetivo, pero puede ser el resultado de políticas culturales adecuadas. Y para que no parezca que me conformo con echar la culpa al gobierno (creo que es una causa pero no es la única causa) diré que demasiados cineastas en España olvidan o no se atreven a dedicarse a recaudar fondos en países que sí protegen su cine. Hay que saber jugar a la coproducción inteligente, la coproducción o la financiación desde diferentes fuentes internacionales contribuye a poner un pie en la exhibición. Sí, es otro juego, distinto al “yo me lo guiso yo me lo como” que preferimos en España, pero es un juego que debería intentarse más: el cineasta ha de saber moverse en contextos internacionales. Y en Cannes es fácil ver cómo esto puede dar resultados.

A estas alturas, todos habréis oído hablar de las películas ganadoras, que irán pasando por nuestras pantallas más prestigiosas en el próximo año. Recomiendo por supuesto 120 battements par minute, de Robin Campillo, sobre la lucha de Act Up para concienciar sobre el sida a principios de los noventa, The Square puede tener gracia, Haneke ha vuelto a su mirada misantrópica y en Happy End nos recuerda que igual la vida no merece ser vivida (tomaremos nota), y otras como Good Time (el frenético, algo fatigoso, thriller de los hermanos Safdie protagonizado por Robert Pattinson ) o Okja (esta especie de puesta al día de King Kong con mirada infantil) iréis a verlas las recomiende o no, así que de momento las dejaré de lado. Si algún valor tiene para mí la experiencia del Festival es precisamente la posibilidad de descubrir cosas nuevas, y es lo que quiero comunicar aquí. En algunos casos coincido con la recepción de estas películas, pero en otros me gusta dar visibilidad a títulos que han pasado desapercibidos o que han sido, en mi opinión, poco apreciados.

Entre estos últimos, me ha llegado especialmente Krotkaya, de Sergei Lozintsa, sobre una mujer que intenta hacer llegar a su marido en prisión un paquete con algunas cosas básicas: unas latas, algo de ropa, algo de tabaco. La recepción ha sido indiferente y algo hostil. La hostilidad de la crítica se debe, según se dejaba implícito en muchos comentarios, a que era “muy rusa”, y en Cannes la crítica está ciertamente más abierta a un cine “muy francés” o quizá “muy europeo” (un concepto con epicentro en París, no Moscú). Y lo que me gusta a mí precisamente de esta película es que es, ciertamente, “muy rusa”. La inspiración estética y literaria es de una Rusia que ya no es Europa, que tiene su sonido, su sabor, su repertorio de personajes. Es la Rusia de Gogol, de Dostoyevski, de Chejov y de Platonov. Aunque la acción tiene lugar en 2016, lo cierto es que todo remite al periodo soviético: desde la gama de colores hasta el mobiliario, los vehículos, los hábitos, la represión. La protagonista entra en un laberinto simbólico cuando intenta visitar a su marido y es detenida por personajes absurdos, por una burocracia kafkiana, por un mundo frío y descorazonador. Me gustó su densidad referencial, su visión melancólica e impotente del mundo, sus excesos imaginativos y formales (la aparición de un episodio de “teatro pánico” en el último cuarto de hora ha sido contundentemente criticada). Decididamente no es nada francesa: recuerda más al Kusturica de Underground o el Mikhalkov de los setenta (alguien ha hablado también del Satyricon de Fellini) que a cualquier modelo de cine europeo burgués. Pero es muy cinematográfica y muy literaria, tiene peso, sustancia y terror del mundo. Y terror del mundo es algo que rara vez encontramos en el cine de la civilizadísma Francia.

Al menos otras dos películas que me emocionaron y me impresionaron estéticamente venían del Este de Europa. En Un Certain Regard se presentaba Tesnota, de Kantemir Balagov, también rusa. Se trata de una película que se adentra en un mundo que nos es poco familiar (una comunidad judía en una gran ciudad del Cáucaso, amenazada por el racismo, la pobreza y por sus propias convenciones), explorándolo como si se tratara de otro planeta. Cuando un chaval es secuestrado y la familia no puede pagar el rescate, estallan las contradicciones de este grupo: en cierto modo es un regreso a temas de Violinista en el tejado, sobre culturas dentro de culturas, sobre las cosas que fortalecen comunidades pero que también pueden ser asfixiantes para sus integrantes. El título se ha traducido al inglés como “Closeness” , cercanía, y Balagov utiliza una estética intimita y detallada.

Formalmente me fascinó también Posoki, la película húngara de Stephan Komandarev. Aunque en principio parece un escupitajo despectivo contra Bulgaria, el discurso sobre la decadencia moral del país puede aplicarse, con variaciones, a todos los márgenes de la cultura europea y constituyen indicios de una infección que se extiende sin cesar. Me vi reflejado en el pesimismo y en la crítica que se hace al derrotismo. Antes de los créditos, un taxista dispara contra un banquero corrupto que le pone entre la espada y la pared y acto seguido trata de suicidarse. El resto de la película tiene lugar en una noche y recoge reacciones de otros taxistas en la ciudad, que profundizan y explican el evento inicial. La película deja mal sabor de boca y habla de una Europa socialmente pútrida, y es quizá el exceso de misantropía lo que llevó a que no se quisiera hablar mucho de ella.

La novia del desierto, de Cecilia Atán y Valeria Pivato es una película pequeña, hecha de momentos y lugares, algo sentimental en su esencia, que cuenta la historia de una mujer de mediana edad cuya vida llega a un momento de crisis al tener que viajar a otra ciudad a través del desierto. Su relación con un vendedor ambulante desencadenará recuerdos y reflexiones.

En cuanto a los nombres importantes, que sin duda llegarán a nuestras pantallas, el título que más me llegó fue L’atelier, de Laurent Cantet.  Con su guionista Robin Campillo, el director hace algo muy similar a su película La clase de hace unos diez años: reúne a unos jóvenes que a modo de coro articulan narrativas, ideas, reflexiones en torno a un lugar determinado. La excusa narrativa es un taller de escritura en un curso de verano para adolescentes de clase proletaria en el sur de Francia, liderado por una escritora de cierta fama. La trama se desarrolla sobre todo en términos externos, como una reflexión sobre el pasado del lugar, y el modo en que convertimos el pasado en Historia (o en historia). Otra línea de desarrollo, quizá menos sólida, explora la relación algo pasoliniana entre la escritora y uno sus alumnos, con cierta inclinación hacia la violencia y seguidor de la extrema derecha.

The Killing of a Sacred Deer de Yorgos Lanthimos para mí era un intento de devolver cierta sustanca mítica, ritual, a vidas contemporáneas que carecen de ella. Sin ser una tragedia griega, elementos como la historia de Ifigenia, Edipo o Agamenón, asoman en la trama una y otra vez, y sólo desde este componente la película tiene sentido. Esto puede hacer el planteamiento fascinante, aunque es verdad que los tics también acaban agotando: diálogos pausados, entonación inexpresiva, momentos ridículos. En su justa medida pueden ser atractivos, si se incide demasiado en ellos, cansinos.

The Beguiled, de Sofia Coppola me pareció un prodigio de atmósfera y construcción, que no articula trama y contenido con tanta contundencia como el original de Don Siegel (titulado en España El seductor) sobre un soldado irlandés que, herido, acaba en un internado de señoritas. Cada una de ellas desarrolla una actitud diferente hacia el herido, y cierto aire de sexualidad reprimida recorre cada situación. Como la película de Lanthimos, está interpretada por Nicole Kidman y Colin Farrell, pero Coppola no les da mucho que hacer. Kidman en especial pasa algo desapercibida, especialmente para quienes teníamos expectativas basadas en la interpretación de Geraldine Page del mismo papel en 1971. Visualmente exquisita, dramáticamente algo inerte, da la impresión de que no llega a despegar.

Y estuvo también Haneke, con su familia burguesa gótica de Happy End, motivos familiares (el uso de medios de grabación de la realidad) y motivos recurrentes sobre la muerte, la corrupción y la ceguera de la clase media y una narrativa poco precisa, como si, en piloto automático, se dedicase a dar anotaciones sobre cosas dichas antes. La contribución de Fatih Akin, Aus Dem Nichts, no aburre, pero es excesivamente lineal y parece adoptar una actitud algo simplista hacia su protagonista, una mujer que pierde a su marido y su hijo en un atentado racista.

No, no serán estos títulos importantes los que salvarán el cine. Pero si el cine tiene algo salvable, no lo dudéis: está cada año en Cannes.

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