Canciones, Cinefilia e iconos

Adriana Varela en el Teatro Real (post de fan)

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Si conocéis a esa gran artista que es Adriana Varela, el único objetivo de este post es recordar que el día 6 de mayo, a las ocho de la tarde, hará un único concierto en el Teatro Real. Para aquellos que no la conozcáis, os envidio profundamente porque podéis tener una de las revelaciones de vuestra vida, una intérprete que viene de donde vienen los grandes, de una tradición de decir y hacer que incluye a Bessie Smith, Billie Holiday, a Edith Piaf, Judy Garland, Janis Joplin, Chavela Vargas o Concha Piquer: todas hacían canciones emocionales, y llámese blues, torch song, balada pop, bolero o tango, todas ellas bordan a la perfección aquello de dar forma y sentido al dolor. Todas son reinas del fraseo, del sentido, de la mirada, todas hacen de los materiales de su vida un arte tan sublime como misterioso. Será una ocasión única para ver en directo a una de las presencias escénicas más intensas que he conocido en mi vida.

Descubrí a Adriana Varela a partir de una columna de Manuel Vázquez Montalbán, y luego supe que era la cantante de tangos que aparece en la novela El quinteto de Buenos Aires.  Hablo de 1997 o 1998, y en aquel momento encontrar discos no era fácil. Aunque era una prodigiosa cantante de tangos, en aquellos momentos lo que había disponible era variado, y a veces se acercaba más al pop convencional. En un concierto que dio en el Barbican hacia el año 2000 todavía intentaba posicionarse en un repertorio amplio. A partir de cierto momento sus trabajos se van centrando más en el tango y todo lo demás palidece. Se trata de una artista que se cree su repertorio, que lo lleva dentro, que conoce cada una de sus pausas, de sus recovecos, que sabe enunciar sus sílabas, pasando del susurro al énfasis, como cambiando de registro dentro de una frase, dentro de una vocal. dándoles peso, fuerza, para que nos hagan algo. Su concierto en el Gran Teatre del Liceu hace unos años es todavía hoy uno de mis grandes recuerdos de intérpretes en vivo.

Es difícil saber exactamente qué hacen estas mujeres, y a menudo uno se siente reducido, en su falta de lenguaje ante la emoción, a hablar de uno mismo: sentí esto, sentí aquello, pero lo que uno siente importa poco y además no es asunto de nadie. Las comparaciones ayudan. Chavela, incluso cuando en sus últimos años iba perdiendo facultades, sabía encontrar el centro emocional de cada canción y proyectarlo al público, comunicando algo que para cada espectador era personal, que a cada espectador le llegaba como si fuera el único. Yo siento algo así escuchando a Varela. ¿Cómo sabe esto? ¿Cómo me conoce? Si en Chavela lo que explota es una emoción densa, amarga, en Varela lo que se transmite en cada canción es una inteligencia precisa, una mirada penetrante, siempre con los pies en el suelo. Y a diferencia de Chavela, aquí no sentimos el orgullo de la derrota transformado en zen emocional. Varela transmite autoridad. Autoridad con el glorioso repertorio que nos ofrece, pero también autoridad sobre la vida, es alguien que sabe, que se apodera de la experiencia. Va desgranando palabras, se detiene un segundo y deja caer una carga de profundidad que nos remueve por dentro, nos hace polvo. ¿Cómo, cómo lo supo? Y al mismo tiempo aprendemos de ella. Si esa voz se ha impregnado de experiencia y sabe todavía mirarla frente a frente, si ha sabido imponerse al dolor y el pasado, también nosotros lo lograremos. Y luego está su cuerpo. Cómo las mismas cualidades de la voz se apropian del escenario, del lugar: Varela no parece hacer gran cosa, pero lo que hace lo es todo.

Pero nada de esto es realmente Adriana Varela y no tenéis por qué hacerme caso. O puede no ser nada de esto para vosotros. Simplemente escuchadla. Recientemente publicó un disco en vivo, Y Piano, en el que vuelve sobre algunos de los temas que ha grabado y que de inmediato se convirtió en mi preferido de entre los suyos. Entre los maravillosos temas (que incluían “Por una cabeza” o “Ventarrón”), “Fuimos”, una de esas canciones tan verbales, tan decibles, un tesoro del repertorio que seguro conoceréis en otras versiones. Pero la versión de Varela es una revelación. A veces con una melodía sugerida, más contada que cantada, no hay un sonido que no denote una mirada cargada de pasado, profundidad, sensatez, inteligencia. La canción constata el fin de un amor, y la escritura es magistral mostrando las contradicciones del momento. Y resulta prodigioso cómo frase a frase va de la firmeza a la duda, del dolor a la lucidez, un auténtico viaje emocional que nos deja fascinados, agotados: “Vete; ¿no comprendes que te estoy… salvando?¿No comprendes que te estoy amando?”. Podéis oírla en el disco. Podéis verla en escena. Muy muy pronto ya.

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