Cine español, Cine: críticas y reseñas

Cine sobre cine: El bar (Álex de la Iglesia, 2017)

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Hay una cosa que ni fans ni detractores pueden negar sobre El bar, y es que está llena de cine (os evito la pedantería de ponerlo en mayúsculas). Es un cliché decir que Álex de la Iglesia es nuestro Quentin Tarantino: alguien que se expresa utilizando retazos de otras narrativas, alguien que más que cinéfilo es cinéfago y nos devuelve lo que ha devorado de maneras que son muy suyas y nada suyas a la vez. Quien esto escribe, se encontró pensando en el mundo del Carpenter de los ochenta y a menudo intentando reconocer momentos que no eran de pero al mismo tiempo recordaban poderosamente, en composición visual o ethos, a cosas como La aventura del poseidón, Terremoto, los aeropuertos de los setenta, 28 días después Diez negritos, o Scanners o una línea del cómic que incluye El Víbora y Robert Crumb (¿Y Kanal de Wajda?). Ninguna referencia es precisa, y puede que no sean conscientes, no entraré en el juego de adivinar las intenciones de alguien que sabe de esto más que yo, pero creo que de alguna manera mi imaginación bebe de aguas muy parecidas y se reconoce en el mundo que se dibuja. Esto puede resultar irrelevante a quienes prefieran que las películas sean sobre la Vida (aquí la pedantería ha sido irresistible) o a quienes resisten la complicidad intertextual, que buscarán asideros inexistentes. Si la vida tuviera una serie B, ciertamente se parecería más al mundo de El bar, pero aunque aquí tenemos las texturas y el sabor de la vida quizá nos cueste más encontrar su sustancia y ciertamente nada que se parezca a los grandes temas.

En este sentido la trama parte de algo muy cotidiano que deviene en una situación muy artificial. Que se pase de lo primero a lo segundo es uno de los secretos del juego, y aquí se hace con un guiño. Un variopinto grupo de personas se encuentran en un bar cuando en el exterior se oyen tiros. Pronto se dan cuenta de que no pueden salir. Como en las viejas películas de catástrofes, vamos descubriendo sus pasados y (a veces) la química que da sentido a este tipo de tramas. Reproches y motivaciones aderezan su huida hacia adelante. A partir de aquí todo serían “spoilers”: los presupuestos van cambiando, la trama va zigzagueando, y se escurre en busca de algo que es más atmósfera o palpitaciones que sentido, sobre todo al final, donde, aunque más contenido que en otras ocasiones, director y guionista se dejan llevar por la sensación. Si hemos aceptado la premisa básica (no sólo que esto es una película, sino que quien nos lleva es Alex de la Iglesia), nos dejaremos llevar, sin aliento, hasta que volvemos a la realidad. Por supuesto puede darnos por intentar verle un sentido o una coherencia racional a las cosas. Todos pueden tener un mal día, todos sentimos la tentación de la lógica.

Así, Alex de la Iglesia muestra cierta fascinación por males que afectan a toda la Humanidad,  por su aparición en el entorno más cotidiano que pueda imaginarse y .por gobiernos a los que no preocupa la gente. Y como siempre muestra preferencia por una chica guapa que al final es quien sale mejor parada y da la talla en circunstancias difíciles: es una interesante fantasía que el centro moral del universo sea una niña pija. Como Godard y como Richard Lester, de la Iglesia cree en la magia de las chicas del cine como si fuera un adolescente que se da un tiempo antes de enfrentarse a las implicaciones del feminismo. Una parte de mí, como sucedía al final de Las brujas de Zugarramurdi, sentía cierta incomodidad por esta mentalidad, por ejemplo cuando se nos presenta el cuerpo de Blanca Suárez constreñido por un sumidero, pero enseguida pensaba que no iba a caer en la trampa y que mejor era no decir nada. Si Godard lo hizo, no es cuestión ahora de entrar en viejos debates y si para de la Iglesia las mujeres son sólo deliciosas niñas monas o matronas postsexuales, ése es su problema. Por lo demás, aunque de vez en cuando un personaje puede soltar una frase que apunta hacia algo que insinúa “lo social”, la verdad es que al mismo tiempo sentimos que casi se nos está pidiendo perdón: es poco más que un gesto.

Pero El bar está lleno de cine en otro sentido: es un cine háptico, siempre centrado en el tacto, con montaje frenético, unos planos bien currados y siempre interesantes, eminentemente saboreables y de cierto empaque formal, y un reparto que incluye a gente con quienes nos apetece quedarnos encerrados un rato. Creo que es justo decir que no es sólo Alex de lglesia quien piensa que Blanca Suárez es adorable, Terele Pávez siempre es una presencia y siempre queremos oírla más, Carmen Machi da más a su papel de lo que el papel le da a ella, y Mario Casas está tan poco Mario Casas (y ser Mario Casas, como expliqué en otro texto, no tiene nada de malo) que a menudo sentía un atisbo de sonrisa similar al del director cuando mira a Suárez. Luego le rasgan la camiseta y la sonrisa me invade el rostro. Hay tantas cosas que mirar, hay tanto que reclama nuestra atención que, si nos dejamos llevar, la tensión no desfallece en todo el metraje. Cuando creemos que estamos en un tipo de registro, se nos lanza bruscamente a otro lugar, a veces sin demasiada motivación. Y hay cierta inercia que nos puede llevar a considerar que estamos ante una comedia y, de repente, nos damos cuenta de que la cosa va en serio (“en serio”) y que es una película de terror. Puede que no siempre juegue limpio, pero a estas alturas, ¿qué vamos a reprocharle?

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