Cultura, Lenguaje

De esperanza, vértigo y tragedia: Exposición Revolution! en la Royal Academy, Londres (febrero a abril, 2017)

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Hay exposiciones en las que uno simplemente ve obras interesantes, obras canónicas o grandes obras que impresionan. Revolution!, la exposición actual de la Royal Academy en Londres contiene algunas obras interesantes, algunas muy buenas y otras canónicas, pero es sobre todo una ocasión para reflexionar, para adentrarse en una situación y comprender algo importante (y contemporáneo) sobre el poder y relevancia del arte. La exposición se organiza con motivo del centenario de la Revolución de Octubre de 1917, uno de los eventos cruciales del siglo XX, y cubre arte producido en Rusia entre ese año y 1932, con la purga de artistas de Stalin y la imposición del Realismo Socialista como único estilo aceptable en el país. Tanto la gama de manifestaciones como la historia que cuentan es algo que el espectador no podrá quitarse de la cabeza en días. Es, al fin y al cabo, una historia que podría ser la nuestra.

Lo que se cuenta es algo que hemos oído muchas veces: a principios del Siglo XX,  el pueblo ruso pasaba hambre y era humillado por los tentáculos del poder zarista, que favorecía una jerarquía de servidumbre. Pero al mismo tiempo el sindicalismo organizado empezaba a despertar y organizar a parte de esas masas oprimidas. En las grandes ciudades se suceden embates, reprimidos con violencia, para adquirir ciertos derechos y, en último término, para derrocar al zar, al que se veía como una figura opresora desde esas organizaciones. Entre el campesinado había gran resistencia, en parte porque se trataba de gente supersticiosa, muy religiosa, que en muchos casos creía en la mística del Zar. Las historias cuentan que el detonante fue la conscripción de muchos proletarios para luchar en la Primera Guerra Mundial, donde fueron utilizados como carne de cañón. El momento lo describe con nítida simplicidad la película Doctor Zhivago: azuzados por el frío y el hambre, las masas dan la media vuelta y deciden que el momento ha llegado para cambiar la situación. Tras la revolución de febrero se forma un gobierno provisional presidido por Kerenski que, como ilustra la película de Eisenstein Octubre se percibía como colaboracionista con los intereses del viejo régimen y la empresa. La revolución de octubre pone en el poder un gobierno liderado por Lenin.

El catálogo y la guía de la exposición utilizan estos datos para construir la historia, y es una historia que no se presenta como ideal o positiva. En los comentarios de comisarios y expertos se trasluce la misma negatividad que venimos viendo en relatos occidentales sobre aquellos años: tras un primer momento de esperanza y entusiasmo, el régimen se va haciendo mas represivo, totalitario y, en último término, paranoico. Para 1935 Rusia se había convertido en otra prisión. Es la historia que hemos visto en tantas películas, la que hemos leído en el trabajo del experto Orlando Figes, y que tiene por protagonistas y víctimas a Meyerhold y Akhamatova, Kandinsky y Chagall, Malevitch, Pasternak, Shostakovich, Prokofiev, Eisenstein y cientos de artistas silenciados, encarcelados o condenados a muerte cuya obra puntúa la exposición. Todos ellos más o menos empiezan viendo la revolución como una mejora para acabar cayendo en sus redes. Meyerhold llegó a morir dando vivas a la Revolución, creyendo que su tortura y condena a muerte había sido una especie de error. Me es naturalmente imposible cuestionar esta historia. Todos los testimonios apuntan a que los testimonios son ciertos y no una distorsión capitalista. Me queda simplemente preguntarme si esto también sería verdad cuando damos y paso atrás y en lugar de fijarnos en artistas burgueses pensamos en masas. Los comisarios tienen aquí un veredicto claro: las masas se sintieron traicionadas y abandonaron el entusiasmo revolucionario a partir de 1930 cuando en lugar de hacerse cargo de los medios de producción prometidos, se les obligó a trabajar para el Estado, un patrón probablemente tan brutal como el Zar. Y así hasta ahora.

Pero lo que es cierto es que en un primer momento se produjo una explosión artística de las más deslumbrantes que el mundo haya conocido. Uno podría alegar que todo empezó mucho antes: el arte de Dostoyevski, Tolstoy o Chejov, de Mussgorsky o Diaghilev no tenía nada que ver con la Revolución y quizá buscaba cambios más tentativos, menos drásticos. Es difícil ver que ninguno de ellos pudiera tener mucho que ver con las soflamas de Lenin o Stalin. El desprecio era, por supuesto, mutuo. El poder es consciente de la fuerza del arte y siempre querrá apropiárselo o silenciarlo. Lenin aparece en la narrativa de la exposición como alguien con ideas positivas para el cambio social pero que no funcionaron. Lenin no era una persona especialmente culta, era un líder y un ideólogo. Tenía una idea de la cultura algo cursi, un adorno todo lo más, reposo tras un día duro de trabajo por el pueblo. Era el tipo de líder que creía que, en definitiva, las prácticas artísticas eran algo muy marginal en el funcionamiento de la sociedad revolucionaria. Esto condujo a un primer periodo de florecimiento. Por supuesto Lenin utilizó como pudo el poder de propaganda del arte. Favoreció el trabajo de artistas de vanguardia, tanto en lo pictórico (Malevitch), en lo literario (Mayakovsky) en música (Shostakovich) o en el cine (Eisenstein, Vertov). El trabajo de todos ellos puede verse, en general, como propaganda, fundamentalmente optimista respecto a la nueva situación, pero al mismo tiempo, tiene una cualidad delirante. El mundo de la alta cultura rusa siempre parece una pequeña isla rodeada de aguas procelosas de la tierra, la emoción, la religión, los fantasmas. Y cualquier artista tratando de seguir los métodos racionales o académicos del arte occidental post-renacentista está a un palmo de esas aguas, ahogado, penetrado por voces que lo sacan de lo racional. Esto se ve muy claramente ya en la narrativa de Dostoyevsky, pero también en el trabajo de todos los demás artistas. Hay un olor a tierra que hace el arte ruso reconocible, intenso, inolvidable. Añadamos a esto una mentalidad revolucionaria y llegamos a la esencia del arte como mediador entre lo real y lo simbólico, entre la tierra y la razón, entre el individuo y la cultura. Hay un potencial radical en todo esto que desafía cualquier programa de una sociedad ordenada, sea capitalista o socialista. Pero de alguna manera Lenin tenía otras cosas en que pensar y no vio de manera nítida la relación.

Pero Lenin fallece en 1924 y la situación en Rusia seguía precaria. Los intentos “científicos” por mejorar la economía no habían logrado remontar la crisis de la Primera Guerra Mundial. Y empezó a parecer más fácil o más conveniente convertir al Estado, o sus representantes, en dueños y señores de la situación. La frustración ante la falta de progreso y la miseria se canalizó de dos maneras, con una potenciación de la propaganda y con un sistema mucho más sofisticado de represión. Y la desconfianza en los artistas se convirtió en herramienta para demostrar que todo iba en serio. A lo largo de los años treinta esto era un fenómeno generalizado, y resulta interesante ver cómo la expresión artística del poder estatal ruso en realidad se parece en estrategias y estéticas a otras expresiones totalitarias contemporáneas. Que fueran presuntamente pro-proletarios acabó por no importar gran cosa.

Stalin era un hombre muy distinto a Lenin. No sé si decir que era, eh, “culto” (o ya que estamos, si sabría dar una definición sucinta de lo que significa “ser culto”), pero conocía los funcionamientos de la cultura y sabía que los intelectuales no iban a dejarse domesticar. Había que obligarlos a ello. El terror que impuso contribuyó al silencio y humillación de gente como Eisenstein, Akhamatova y Shostakovich y muchos otros terminaron en la cárcel, sometidos a torturas, a veces, como en el caso de Meyerhold, condenados a muerte. El mismo conocimiento sobre los mecanismos del arte le hizo optar por el realismo como forma única de expresión. “Realismo” es un término amplio que no excluye la crítica. En realidad el Realismo Socialista no fue simplemente una estética, sino que conllevaba una agenda y un contenido. Se trataba de glorificar al proletario y al campesino (ambos vivían también bajo el miedo y en un estado próximo a la pobreza) y evitar cualquier tipo de ambigüedad. A partir de este momento surgirá una sed de literalidad en la pintura, en el cine, y un rechazo hacia cualquier cosa que sugiriera experimentación. La propia paranoia de Stalin hacía que viera en los huecos del significado que produce la ambivalencia un ataque o una posibilidad de rebeldía. Todo esto, todo lo que no tuviera un significado claro, fijo, y rotundo, se acusó de decadentismo, de un virus para la sociedad soviética. La imposición del Realismo Socialista como doctrina estética del Estado Soviético marca el fin de la exposición. Algunas obras realistas pueden ser espectaculares o incluso conmovedoras. Pero lo que ha desaparecido es la posibilidad del artista de ver el mundo desde una perspectiva personal o de mostrar el mundo como algo inacabado. El espectador sólo ha de leer las cosas de una manera y esa manera debe agotar su significado. Hay una grandeza en Iván el Terrible, pero es una grandeza basada en el exceso y en la mirada camp.

Vista en el contexto actual, la exposición da que pensar, y las reflexiones que pone en marcha no nos abandonan durante días. No voy a decir que haya excesivos parelelismos entre la Gran Bretaña de 2017 y la Rusia de 1917. Pero, obra a obra, sí nos obliga a pensar cómo la Historia puede influir sobre el arte, y qué tipo de arte se prefiere en momentos de crisis. Nos habla de cómo el arte puede reforzar una mirada sobre el mundo  y también de a qué extremos es capaz de llegar un poder extremo para ahogar la expresión y la individualidad. También nos habla, como debe hacer cada exposición, de la emoción, de la esperanza de redención a través de la belleza. Y uno sale con sentimientos encontrados. La Revolución produjo gran arte, o al menos dio a grandes artistas la posibilidad y la motivación para producir. La Revolución trajo también el fin del verdadero arte. Son lecciones que no deben ser en vano.

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