Cine español, Cine: críticas y reseñas

Heridas de guerra: Incerta Glòria (Agustí de Villaronga, 2017)

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Hace un tiempo la gente se quejaba de que había “demasiadas” películas sobre la Guerra Civil. Y yo no acababa de entender qué entendían por “demasiado”. A partir de qué punto hay exceso, a partir de qué punto hay que dejar de hacerlas. El caso es que la Guerra Civil es una mitología nacional, que, a juzgar por recientes decisiones de la Audiencia Nacional, no ha acabado del todo. Quizá empezó mucho antes del 36 y quizá dure toda la eternidad. Igual es que la Guerra Civil es España o una de sus metáforas. En ese sentido, se trata de un tema rico, inagotable, que siempre hay que seguir abordando: si alguien tiene una buena idea para hablar de nosotros, adelante (aquí tenemos que desprendernos de nuestra lamentable tendencia a la literalidad: una película nunca es sólo “sobre” la Guerra Civil). Villaronga habló de las secuelas de la guerra en El mar y en Pa negre. Cada una de ellas adoptaba una visión distinta sobre el daño que la guerra hace. En ambas las víctimas principales eran niños o adolescentes. En Incerta glòria, basada en la novela de Joan Sales, el futuro y la motivación última la representan niños, pero la guerra se ceba en adultos que podrían haber llevado vidas fructíferas, felices, contribuir al bien común. Y como en otros casos, la guerra les convierte en traidores, mezquinos, crueles. Los personajes de la película señalan continuamente que “están en guerra”, y nadie escapa a la infección.

Al frente de Aragón llega Lluís, un joven teniente (interpretado por el intenso Marcel Borràs) con el fin de preparar a los reclutas del bando republicano en 1937, antes de la ofensiva franquista cuando el lugar es todavía relativamente tranquilo. La historia nos va mostrando un proceso nada melodramático de degradación moral. Ahí se encuentra con su amigo Juli (el expansivo Oriol Pla), que intenta situarse sin éxito por encima de lo que ve y a quien la Guerra ya ha infectado con su amoralidad y pragmatismo. Cada personaje, cada relación, está al borde de un precipicio, como el precipicio real desde donde se arrojan animales y personas enfermas.

Villaronga hace dos cosas de manera extraordinaria en todas sus películas. La primera es una maravillosa creación de ambientes. En una película de Villaronga, el lugar es siempre mucho más intenso que el evento, y el evento es más importante que la estructura. Paisajes e interiores, luz y objetos, son elocuentes en esta película, que presenta lugares que parece que no hayamos habitado nunca. El interior del castillo, apenas habitable, dice mucho más sobre el tiempo en que nos encontramos, que párrafos y párrafos de descripciones; un vertedero se convierte en metáfora de vidas echadas a perder; el pueblo, las casas semiderruidas, el monasterio abandonado y poblado de esqueletos, e incluso la Barcelona digitalizada, son lugares precisos y cargados de sentido, más poéticos que literales. El segundo rasgo recurrente de Villaronga es su cuidadosa aproximación a la psicología, alejada de las construcciones predecibles y mecánicas del realismo clásico. Hay en sus personajes siempre un espacio de ambivalencia moral y erótica. Esto es lo que hacía de Pa negre una extraordinaria película y lo que hace que la narrativa algo deslavazada de El rey de la Habana acabe por ganárseteNo resulta indispensable en su cine conocer motivaciones o establecer relaciones causales rígidas. Aquí, por ejemplo, el espectador puede imaginar corrientes homoeróticas entre los amigos protagonistas, quizá la sugerencia de que una relación a tres entre ellos y Trini, esposa de Lluís, habría resultado lo mejor si no mediasen bloqueos y miedos. Algunas guerras se llevan también dentro. Hay mucho en esta película que no se dice, y esos silencios compensan la falta de tensión narrativa en la segunda mitad. La misma complejidad se ve en el gran personaje de la Carlana (Núria Prims) que no es una villana pero tampoco una víctima. Moralmente corrupta, también es un reflejo de su tiempo: es quien más sabe, quien más hace, quien más sacrifica y quien dice cosas más inteligentes.

Uno de los placeres de ver cine español para mí lo constituyen contemplar el trabajo de nuestros actores. Tenemos una cantera tan espléndida como la de otros países, pero dan muestra de gestos y actitudes que reconocemos como parte de nuestro mundo. El actor canaliza nuestra fantasía, es objeto de deseo e identificación, y quizá sea el trabajo del actor el menos sujeto a algunos de los condicionantes del cine español (presupuesto, dificultades de colaboración, falta de industria): el talento del actor puede surgir con muy pocos medios. Y aquí hay tres presencias casi hipnóticas. Prims sabe sugerir cierta vunerabilidad por debajo de un exterior acorazado, herido y unos actos crueles, Borrás se me ganó de maneras que no sería adecuado describir aquí, y a Pla le sienta bien el descontrol y Villaronga lo sabe. De hecho, gran decisión de cásting poner a ambos frente a frente representando dos trayectorias, dos ethos y un solo amor: la interacción entre ellos nos da más que lo que cada uno contribuye a la relación. Y eso no es todo: la película acumula los rostros de Luisa Gavasa (una de esas mujeres de las que quieres saber más, que sugiere vida), Terele Pávez, Juan Diego, Bruna Cusí,  Roger Casamajor e incluso, en una especie de shock, Fernando Esteso. No recuerdo una película reciente en la que haya habido más gente interesante en quienes posar la mirada, caras que uno quiera cuestionar.

Y con los actores su voz con sus inflexiones. Por cierto, un gusto oír cine en catalán en Madrid. Todos en todas partes deberíamos tener el oído más acostumbrado al catalán, al gallego, al euskera, y, ya puestos a abrazar la riqueza dialectal, de sonidos, ritmos, tonos y vocabularios de nuestro país. Si nos diera por ahí, seguro que no habría tanto descontento y nuestro sentido de una cultura nacional sería mucho más complejo. Pero esto es otra cuestión. En cuanto a Incerta Glòria: saboreadla, merece la pena.

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