Cine: críticas y reseñas

Por qué: La bella y la bestia (2016)

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Sondheim habla de “why musicals”, musicales “tipo por qué”. No es que esté nada mal. De hecho todo está muy bien hecho, excepto que no hay una razón para hacerlos. Hacer un musical de un determinado texto no aporta nada, no hay ninguna idea que lo justifique y el show es innecesario, a veces redundante. La bella y la bestia es la enésima encarnación del relato, que ya cuenta con una buena versión cinematográfica (la de Jean Cocteau de 1946) y con la versión musical de animación Disney de 1991. Esto está bien, claro: diferentes versiones aportan diferentes visiones. Y en aquellos años parecía que la Disney no podía hacer nada mal, y se trata de una película técnicamente perfecta y con una buena partitura. Como para los de Disney nada está del todo bien si sólo se hace una vez, la película dio lugar a un musical de Broadway con nuevas canciones. El musical teatral era derivativo y en realidad se construía sobre material ajeno, con excesivas deudas al original. Aquí habría que apuntar que la tradición de musicales de Broadway, hasta los años setenta, era básicamente de colaboración y negociación, algo que no puede funcionar bien cuando hay un texto rígido en torno al cual se construye el show, se componía para un momento en el libreto, se cambiaba el libreto cuando había una buena idea para una canción. Por ejemplo, si el musical se hubiera escrito sin referencia a la película, ¿se habria incluido una canción como “Be Our Guest”? ¿Se habría dado protagonismo a los objetos? No sé: supongo que se habrían buscado motivos más teatralizables. Es un problema irritante que aqueja a todas las adaptaciones de películas a escena. Pero todo esto importa poco: el musical fue un éxito de público (que es lo que importa) y no negaré que tiene sus fans porque es “bonito”.

Y como la jugada salió bien, los recicladores Disney decidieron reconvertirlo en película con acción real. “Real” por llamarlo de alguna manera: de un tiempo a esta parte cualquier película de fantasía tiene tanta imagen generada por ordenador que uno duda. Se puede hacer casi todo. Y ese es el problema. Cuando la animación era básicamente artesanal, impresionaba la destreza. Pero cuando se puede hacer todo, no hay reglas y pasada la primera impresión, uno empieza a encogerse de hombros. Pero eso sí, todo está muy bien, y Emma Watson mola (en general, no tanto como Bella). Y un reparto que, al menos sobre el papel, es deslumbrante: que si Ian McKellen, que si Emma Thompson, que si la sublime Audra McDonald. Guau. Existe cierta tendencia de marketing a sobrevalorar las voces de lujo en personajes de animación. Mi posición es escéptica. Si haces, no sé, Ricardo III en animación y pones la voz de Ian McKellen, aporta algo, claro. Pero si le pones su voz a un reloj quejica, no estoy tan seguro. Es marketing que no deriva de nada especial, marketing vacío, aire. Audra McDonald es una de las mejores presencias de la historia de Broadway, así, sin matices. Y verla haciendo de armario ropero es, para mí, incómodo. Tanto más cuanto hay cosas que cantar y nadie más en la película canta un pijo. A ver, ya sé que “Beauty and the Beast” la canta una tetera. Pero si McDonald tenía que hacer de armario (y qué más dará) pues no sé, dale otra canción a la mujer o que la cante un armario, que tampoco pasa nada. “Beauty and the Beast” no es una canción ligada a un personaje, es expositiva. Habría que hacer que el armario bajase la escalinata, es cierto, pero en fin, el CGI todo lo puede. Un caso de fidelidad mal entendida

Luego Condon es un señor que me cae muy bien, pero tiene casi tan poco talento para el musical como, no sé, Damian Chazelle. En Dreamgirls, de hecho consiguió destellos en determinados momentos, como se consigue en un videoclip. He mencionado a Damian Chazelle por hacer la puñeta, pero en quien me hizo pensar es en Arthur Hiller dirigiendo El hombre de La Mancha. Un musical necesita una dirección específica, al menos en los números, y me da la impresión de que Condon tiene oídos de trapo: es como si no escuchase la música. Cantan, y el dirige exactamente como si fueran escenas dramáticas. Y esto estaría bien si su estilo fuera, no sé, felliniano. Pero es que su estilo es convencional. Lo aplicas a un musical y sobran las canciones. Aquí se aferra a una idea, casi un cliché ya, de hacer un musical “oscuro”. Parece que para legitimar el musical como género, todo el mundo quiere subrayar su “oscuridad” (sigue siendo una historia machista y problemática, oscura o no). Lo cual, aquí como en Into the Woods (otra qué tal) se ha transmitido oscuridad…. ahorrando en iluminación. Genios. A ver, la oscuridad que cuenta ha de ser dramática, no se trata simplemente de que no se vea nada. Sumas montaje vertiginoso, cámaras borrachas y falta de luz y realmente te pasas el rato tratando de ver qué  hay ahí. Por qué.

La culpa no es del todo suya. Son productos que no acaban de ser porque desde sus inicios han contraído tantas deudas: tienen que parecerse a esto, y tienen que contentar a los fans de lo otro. Nada sugiere la necesidad de hacer esta película, qué aporta que se traduzca a imagen pseudo real más allá de la rentabilización de un producto. El único dilema parece ser tecnológico: cómo hacemos en CGI lo que tan bien funcionó en la versión animada. Hay gente que se lo ha pasado bien el La bella y la bestia. Yo cuando veía bien lo que había en la pantalla también. Hay esfuerzo y el producto tiene, como se dice cuando algo no entusiasma pero tampoco te predispone en contra, “dignidad”. Lo que me falta es un motivo para llevarlo a cabo. Lo dicho: por qué.

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