Cuerpos, Culturas gais, Masculinidades

La Era de Sean Cody: nuevo siglo, nuevos hombres, nuevo porno

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Si dentro de un siglo los historiadores intentan fijar rasgos que definan históricamente la masculinidad a inicios del siglo XXI, encontrarán un verdadero repertorio de ideas en el legado de Sean Cody. El porno gay es un género que siempre ha respondido, por una parte, a cierto imaginario y por otra ha tenido que reflejar los avatares de la historia externa. El porno gay es, por lo tanto, un buen documento a la hora de pensar en la confluencia entre historia y fantasía de la masculinidad en cualquier etapa. En una serie de viñetas, el estudio de Sean Cody logró encontrar la manera objetiva de servir fantasías homoeróticas para las masas respondiendo exactamente a los cambios en tecnología y consumo.

Acaso uno de los primeros pornógrafos estrella fuera el Barón Wilhelm Von Gloeden (1856-1931), un aristócrata arruinado que emigró a fines del siglo XIX de la brumosa alemania a Taormina, en Sicilia. Allí descubrió que la roca volcánica del Etna combinaba bien con la fantasía helenizante y con la piel desnuda de los muchachos locales y se dedico a comunicar sus descubrimientos al mundo desde su estudio fotográfico. Von Gloeden mantenía un catálogo de gran popularidad entre la burguesía culta, del que hacía copias que vendía. Pero también mantenía otro catálogo,. menos público pero bien conocido entre los los intelectuales homófilos del periodo (la historia aparece en el libro de Mario Bolognari I ragazzi di von Gloeden). Este catálogo era de carácter pornográfico y en esencia anuncia la idea que culmina en los cortos de Sean Cody. La venta clandestina de pornografía desde este momento siempre está expuesta a los avatares de la legislación, pero sabemos que era un buen negocio en los años cincuenta. En aquellos años, en Estados Unidos, tras una decisión judicial según la cual la desnudez no era en sí inmoral, el avispado Bob Mizer crea el estudio Athletic Model Guild, que sigue líneas muy parecidas a las de Von Gloeden. Era necesario encontrar coartadas para que la desnudez no se considerase obscena, así que Mizer jugaba también la carta artística o deportiva. Ya en los sesenta, el británico Peter De Rome recorre las calles de grandes ciudades estadounidenses cámara en mano y consigue rodar a jóvenes en actos sexuales. Sus cortos fueron re-editados recientemente por el British Film Institute.

En resumen, Sean Cody no inventó nada que artistas anteriores no hubieran intentado ya. Se trata en definitiva de dar formas a fantasías homoeróticas y adaptarlas a ciertas condiciones del mercado. Modelos no profesionales, cuerpos desnudos rodeados de coartadas que conectan con fantasías culturales con fines pornográficos. Resulta casi obvio que apareciera cuando apareció: el internet reemplaza a la sala de cine porno y al vídeo porno a finales de los noventa. Pero como en los casos de Von Gloeden y Mizer, las cosas parecen más sencillas a posteriori de lo que fueron, y, como nos recuerda Richard Dyer nada merece tanta atención como lo obvio. Siempre se ha comerciado con fantasías sexuales. Pero Sean Cody fijó una serie de tendencias de iconografía y puesta en escena que lo convirtieron en el epítome del porno gay del milenio. Para empezar, está la luz. Como Von Gloeden y Mizer, pero a diferencia de muchos pornógrafos de la era del armario, Sean Cody presenta a sus modelos bajo una luz deslumbrante y amable, bien sea jugando en la playa, o en una colina con fondo de mar, con el cielo californiano dominándolo todo. Incluso los interiores abandonan las penumbras que en los setenta sugerían “morbo”. Los modelos son jóvenes y blancos. Hay una estandarización de la fantasía que ciertamente no será para todos. Pero Cody no aspira a ser un pornógrafo para minorías. De alguna manera, al igual que el sueño del sol de California, Cody se centra en cierta fantasía cultural que probablemente es de poca gente en términos profundos pero que todos pueden comprar si no le dan muchas vueltas, es sexo chicle que roza el consenso mainstream: muchachos jóvenes, sanos, sin grasa corporal, resplandecientes pero sin reflejos, con una textura aterciopelada, cada vez más musculados, sin pelo. El sudor y la dureza eran rasgos del modelo de Mizer, aquí parece haberse decidido que tampoco hay que exagerar. Hay volumen, pero también cierta calidez. Y luego están las sonrisas. Cuando uno estudia el porno de los setenta, a la penumbra se une cierta actitud de los modelos: muecas de dolor, de esfuerzo. Los modelos de Sean Cody tenían dentaduras blancas que posiblemente debían poco a la naturaleza.

Todo ello construye una fantasía consistente que habla de una era post-gay en la que el armario es cosa del pasado y la fluidez sexual queda desproblematizada. En el mundo de Cody no hay angustia en la identificación. El sexo es cómodo, televisivo, casi inocente, como si los modelos no estuvieran haciendo nada especial. La misma desproblematización se encontraba en las “entrevistas” que a veces prefaciaban cada uno de los cortos. Muchos modelos se definían como heterosexuales. Claro. Pero no eran el heterosexual que muchos tenemos a nuestro alrededor, obsesionado por la frontera entre homo y hetero, que distingue histéricamente lo homosocial de lo homosexual. Para nada. En el mundo de Sean Cody ambos conceptos se funden en un abrazo o un revolcón en el legendario sofá. No hay homo o hetero. El nuevo hombre que se produce en esta fantasía, se nos dice, puede prestarse a estas cosas. Es cierto que a veces necesita una coartada. Alguno decía que hacía esto con el fin de comprarle algo a su novia. A primera vista es una manera de declarar su heterosexualidad. Por otra parte, que uno pueda pasar la frontera entre homo y hetero sin aducir necesidad perentoria, sino por el capricho consumista de hacer un obsequio, es que esa frontera está más maltrecha que en el pasado.

Las webcams parecen haber afectado el trabajo del estudio Sean Cody: hoy en día chavales de todas partes montan su mini estudio por cuenta propia en su propia habitación mientras sus padres están en misa. El beneficio es todo para ellos y sus actos tienen la naturalidad y la espontaneidad de amateurs. Sin embargo uno echa de menos una mente profesional que haya pensado en el público y haya dado con una solución al problema de la fantasía erótica construyendo un modelo siempre predecible y siempre consistente. Es posible que Sean Cody sea el último de una raza.

 

 

 

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