Cine español

¿El problema es el cine español o los españoles que hablan de cine? (en torno a Eloy de la Iglesia)

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Como a tanta gente, imagino, en mi adolescencia militantemente progre, por allá por los primeros ochenta, despreciaba el cine de Eloy de la Iglesia. Todos tenemos un pasado. Algunos no nos quedamos en él, nos enfrentamos a las primeras impresiones (no hay un “yo” que piensa frente al mundo, somos individuos invadidos por pensamientos que sólo a posteriori consideramos “nuestros”). Entiendo que no todos han tenido la suerte que yo tuve de pasar por una adolescencia tan equivocada, confusa, desencaminada y absolutamente inane que fue facilísimo superar, rechazar y dejar atrás sin dudas o nostalgias. Porque lo que veo es que las actitudes que me llevaron a ese desprecio altivo hacia un cine que consideraba cutre siguen ahí más de treinta años después.

Eloy de la Iglesia es históricamente uno de los directores más importantes del cine español. Esto podríamos decir que queda más allá de toda duda. Su obra merece atención. No sólo hizo algunas películas que fueron entre las más taquilleras de su tiempo. Introdujo temáticas que nadie había osado introducir (y por favor dejemos de culpar a la censura franquista, hay cosas que no son serias), y desarrolló un punto de vista que intenta reflejar en la puesta en escena. Como Berlanga, como Saura, como Manuel Mur Oti (y a diferencia de muchos otros), Eloy tenía una voz y su cine quería decir algo. Su voz era de izquierdas, abogaba por un muy inusual homoerotismo. Trabajó el terror, la ciencia ficción, hizo una película tan inquietante (y cult movie internacional) como La semana del asesino, exploró un cine militante, hizo una apropiación muy personal del cine quinqui y se centró en problemas sociales con una mirada lúcida.Frente a la pose intelectual de un Erice (cuyo cine es sin duda más bonito) Eloy hizo un cine vivo.  Sí, sus películas de los setenta tienen una puesta en escena mejorable. Pero hay dos matices aquí. Primero que una puesta en escena basada en “a ver, ponte más allá que tapas” y “un poquito más de teta” era bastante corriente en el cine español de la época. La elegancia de la puesta en escena clásica requiere financiación. Y cuando uno se acostumbra a trabajar sin financiación, deja de obsesionarse por una puesta en escena excesivamente cuidada, esto puede convertirse en un (mal) hábito que nos irrita a quienes creemos en la puesta en escena como generadora de sentido, pero hay que entenderlo en su contexto. La segunda matización es que de la limitación, de la Iglesia intentó hacer un código que controlaba. Es una idea que vi por primera vez expresada en el espléndido trabajo de Paul Julian Smith Leyes del Deseo y que realmente hizo cambiar el modo en que veía la obra de Eloy de la Iglesia. A partir de ahí, leí con entrega y atención el libro (con una larga entrevista) Conocer a Eloy de la Iglesia, de la Filmoteca de San Sebastián y a pesar de la visión contundente y de Eloy como autor, me sorprende, a más de veinte años vista, que no haya encontrado su lugar canónico.

Y sin embargo los aficionados españoles al cine parecen poseídos de un especial entusiasmo a la hora de denostarlo. Creo que de verdad hay un problema de una concepción perezosa del concepto de “valor”. El valor de la obra de arte es complejo. Ciertamente no hay que confundirlo con el acabado o con la elegancia. Como mínimo Eloy de la Iglesia habla sobre nosotros, en clave de su tiempo (puede que esto sea más fácil de aceptar hoy que en 1980: estar demasiado cerca distorsiona mucho más que la distancia) y necesitamos, como cultura, que alguien transforme nuestro imaginario en películas. Necesitamos tomarnos en serio los intentos de reflejar lo que somos a través del cine. Valoremos lo que hay en lugar de imponer criterios de valor ajenos a la obra y a veces ajenos a nosotros mismos. Es inevitable que los criterios de valor sean un poco siempre de segunda mano, pero al menos elijamos los que nos conviene.

Y es que a veces, como dice mi buen amigo Fran Zurián, a la hora de hablar de lo nuestro nos la cogemos con papel de fumar. A mí también me gustaría haber tenido a un John Ford o a un Robert Altman, pero es que John Ford y Robert Altman (menciono sus nombres con reverencia) sólo pueden surgir en un contexto industrial tan complejo como el americano. No es cuestión de (o no es simplemente cuestión de) talento individual. Hacen falta muchos Ed Woods, para lograr un John Ford. Y quizá, dado que Altman y Ford ya existen, igual lo que de verdad necesitamos en España es cine español que nos ayude a procesarnos a nosotros mismos. Igual lo que necesitamos, lo que seguimos necesitando, es más Eloy de la Iglesia.

Hablando de cine gay español con el gran Richard Dyer hace unos quince años, me comentó lo que le gustaba la película Un hombre llamado Flor de Otoño, de Olea. Yo tuve que pararme a pensarlo y tuve que reconocer que sí, que Flor de Otoño no es lo que yo quería que fuera en el 2001, pero que si uno se pone en el contexto que corresponde, Flor de Otoño es una película que hace ciertas cosas de manera muy interesante. Como suele suceder necesitamos una mirada desde fuera para saber reconocer lo nuestro. Creo que Dyer no había visto Navajeros pero de nuevo nos hallamos ante un texto que lo que hace lo hace a conciencia y bien. Y de manera muy personal. Las resistencias iniciales quedan vencidas cuando en lugar de concentrarnos en lo que el cine debe ser pensamos en lo que la película ofrece: una visión anti autoritaria del héroe urbano al que se aplica una mirada entre épica y homoerótica, una narrativa en clave de realismo sucio más cercana, como notó Smith en Las leyes del deseo, al periodismo que a la ficción. En realidad confieso que echo de menos un poco más de mirada del tipo de Eloy en nuestro cine de hoy. Me parecen muy bien estas comedietas de gente rara, y me parece bien que salgan Martiño Rivas y Mario Casas haciendo cosas, pero me preocupa que haya tan poco cine pensando nuestro hoy. No somos americanos, no somos franceses. Somos una cultura de la que hay mucho que decir, que se comporta de maneras complejas, que a veces conviene criticar (sin ser por ello negativos) y me sorprende el miedo a hacerlo, el miedo a ofender. Recuerdo aquí que Eloy de la Iglesia ofendió a mucha gente. En una cultura sana esto habría generado un maravilloso debate que nos habría obligado a pensar sobre qué queremos, cómo nos gusta vernos y por qué. Aquí se saldó con este ninguneo que nos caracteriza y que nos debilita: decidir que quien nos ofende no existe es efectivo para acallar el debate, pero nos hace muy estúpidos.

Aprender a ver las cualidades del cine de Eloy de la Iglesia en lugar de sus carencias puede ser difícil: estoy convencido de que hay algo en nuestra cultura, fuerzas que son difíciles de fijar, que nos empuja a denostar lo nuestro o a ensalzarlo sólo cuando es claramente malo o cuando no hay más remedio. Sospecho que esto se relaciona con que valoramos más el posicionamiento rígido que el diálogo con la obra de arte: es mucho más fácil estar “a favor” o “en contra” que tener una opinión de verdad. Y el “a favor” lo reservamos a quienes son nuestros amigos. Esto tiene cierta lógica psicológica pero es lo que hace que nuestra cultura sea tan asfixiante, tan poco dada al riesgo o la vitalidad.

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