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Moix impuro: catalán, literato, queer

 

Terenci Moix no puede sino ser una inspiración en un blog que hace gala de impureza. Sé que me meto en un terreno minado al abordar, siquiera tentativamente, la figura de Terenci Moix. Moix es el punto de cruce y tensión de ideologías en conflicto sobre catalanismo, literatura, género y gusto. Primero porque no hay que olvidar que la tentación de la pureza sigue siendo fuerte como estrategia de legitimación, y muchos considerarán que Moix, que no se comprometió con otras causas que la propia, no es reivindicable ni como artista ni como patriota ni como gay. Pero también porque, como sé bien, Moix tuvo un círculo de amigos y conocidos extenso y cada uno de ellos tiene su propia idea de Moix que defiende a capa y espada. En muchos casos tales defensas entran en conflicto entre sí o con la interpretación que surge de sus escritos.

Aunque la precisión es innecesaria para los académicos, aquí probablemente tenga que insistir en que no hablo del individuo, hablo de “Moix” como discurso, como voz, como significante. Para mí es un lema que hay que desconfiar siempre de quien habla pero confiar en lo que dice. Nadie es sincero, siempre somos enunciados por el lenguaje. Cualquier conocido de Moix es un intérprete legítimo. Pero dado el personaje, habría que decir que no hay una interpretación única y final y que hay que permitir que varias coexistan. Aquí intento poner en orden unas notas que surgen de la preparación de dos conferencias (en Barcelona la próxima semana y en Alcalá de Henares en septiembre) sobre Terenci Moix. Me han ayudado especialmente los trabajos de Josep Antón Fernández y David Vilaseca. El primero sitúa a Moix en la encrucijada cultural y en el centro de los dilemas del catalanismo y los procesos de canonización literaria como proyecto nacionalista. El segundo me enseñó a escuchar a Moix cuando me habló de su admirable, extraordinaria y envidiable falta de pudor en sus memorias. Respondo a las lecturas de los textos de ambos y a mi revisión de la obra de Moix con unas ideas algo desordenadas sobre el significado de Moix como catalán, como literato y como disidente sexual.


MOIX CATALÁN

De todos los aspectos de Moix ninguno ha generado tantas tensiones sobre su significado o valor como icono como su catalanidad. Digamos que, así de pronto, la catalanidad de Moix es tan legítima y tiene tanto derecho a ser representativa como la de Jordi Pujol pero que mientras la concepción del segundo fue implementada en un programa político durante más de tres décadas, para Moix la catalanidad son unas raíces personales que contribuyen a la definición de un yo tal como las explica en el primer volumen de sus memorias. Por supuesto esto marca una diferencia ostensible entre catalanidad como rasgo individual y catalanidad como proyecto. Lo segundo requiere aquiescencias y compartir discursos, algo que Moix no estaba dispuesto a hacer. El proyecto catalanista contemporáneo de Moix exige, para funcionar, una disciplina y un poner por delante el objetivo frente a otros rasgos. La gente más inteligente de CiU, la que se tomó realmente en serio el programa pujolista, sentía absoluto desprecio por Terenci Moix. Esto en realidad es un signo coherencia intelectual que dice mucho en su favor. Ciertamente se daban cuenta de que nada había tan opuesto a la Cataluña diseñada por Convergència a partir de los 80 que la indisciplina narcisista de Su figura sugiere lo que el catalanismo oficial no quiere reconocer: que existen alternativas, que el pujolismo no es más que una de las posibles articulaciones del nacionalismo cultural, que tuvo que sacrificar riqueza para potenciar el efecto, sacrificar complejidad para ganar en pedagogía. Si esto es deseable o no, es un debate fascinante pero no es relevante aquí. De momento, constatemos que la aspiración de pureza del catalanismo hegemónico no es más que una fantasía bien financiada, como el amor en las películas de Hollywood o el ethos liberal del PP y que Moix denunció a sus responsables con un ensañamiento más o menos legítimo, más o menos equívoco. 

Hay otras maneras de “ser catalán” y hay incluso catalanidades que pasan por el mestizaje. Un Moix que consideraba que sus raíces más profundas estaban en Alejandría y que abrazaba el epíteto de Terenci del Nilo es ejemplo de tal mestizaje. Para él lo más encomiable de la catalanidad es precisamente la habilidad de negociar la identidad propia y absorber las ajenas, incluyendo aquí el ámbito lingüístico. Su impureza es también signo de modernidad, uno de los rasgos más deseados por los padres de la Cataluña post- franquista. Por otra parte, el discurso de Moix sobre la configuración de su catalanidad parecía amenazar el proyecto vigente. Lo de Alejandría era perdonable, como boutade de artista o como imposibilidad palmaria; pasar a escribir en castellano y mudarse a Madrid iba al corazón del asunto. Un nacionalismo no se constituye sin otredades, y uno de los mitos más perdurables del pujolismo, su coartada esencial, es que la culpa es de Madrid. Por otra parte ciertas dinámicas españolas han cometido el error histórico de enfrentar como lenguas castellano y catalán, lo cual ha producido como respuesta un exceso de celo en el lado oprimido de esta polarización. Moix es comparable a un nuevo Conde Don Julián, que abre las puertas a un mestizaje (literario, sexual, nacional) que el puritanismo de CiU no consideraba, en aquellos momentos, conveniente y que claramente no encajaba en su proyecto pedagógico. Pero sabemos que Don Julián es reivindicable, y quizá lanzar la hipótesis de la centralidad de Moix en la cultura catalana puede ayudarnos a pensar la situación. Creo que no es ilegítimo ver a Moix como traidor a la causa catalanista del momento, pero hay que reconocer que, como la de Judas, su traición se produjo con un beso. 

MOIX LITERATO

Su actitud (expresada en la ironía con que trata la cultura catalanista en El sexe dels angels) levantó ampollas y motivó exclusiones. Pero hay que ir algo más allá de las acusaciones y ver el conflicto en términos culturales más amplios que la simple oposición entre un Moix proletario y provocador y un Pujol burgués y probo padre de familia. Traduzco un extracto del excelente texto de Josep Anton Fernandez sobre el significado de Mundo macho de Terenci Moix que sitúa al autor en un lugar privilegiado, extraño, queer, de la encrucijada entre valor literario y política tan característica de la cultura catalana:


“Aun así, hay que tener presente que el objetivo del nacionalismo cultural catalán es llegar a la independencia cultural, es decir, constituir una institución literaria independiente con su propio canon, que actuaria como instrumento de producción de valor para la tradición literaria nacional en proceso de construcción. En estas circunstancias, el canon se convierte en una herramienta utilizada no sólo para disciplinar la lectura de los textos, sino también la misma producción de tales textos. Los otros autores y críticos catalanes tuvieron que participar activamente en los procesos de construcción del canon. Dentro de los parámetros disciplinarios de la institución literaria (parámetros que son característicos de cualquier institución), autores y críticos tenían que mostrar su sumisión a ciertas nociones de “literatura” y a ciertas formas de expresión de la identidad nacional. ¿Como podía Moix tomar parte en estos procesos mientras ponía en práctica su proyecto posmoderno de incorporar la cultura de masas a su narrativa? En otras palabras ¿cómo podía someterse a la disciplina de la construcción del canon y al mismo tiempo subvertir la ley del canon desde dentro?” (“Carn de canon: postmodernitat i masoquisme a Mon mascle de Terenci Moix” en El gai saber)

El texto es fascinante porque va al corazón del dilema de la cultura catalana (para potenciarse tiene que limitar su campo), sobre todo a partir de los ochenta cuando es posible un proceso de canonización que implica una disciplina a la que Moix no va a someterse. Si postulamos la primacía de la literatura frente a la política, el proceso en sí produce cierta incomodidad u hostilidad. Por eso tenemos que recordar que la literatura siempre ha sido parte de un proceso político o que la política y la historia no pueden sacarse totalmente de los procesos de institucionalización de la literatura. El problema no sería pues que el proceso de canonización haya sido desde los ochenta intervenido por el programa político, sino, más específicamente (como Fernández explica en otro texto) si el programa cultural de CiU para crear cierto tipo de canon catalán basado en unos valores específicos requiere una crítica. CiU diría (sobre todo hoy) que la crítica al catalanismo propugnado por CiU en los últimos cuarenta años pone en peligro el proyecto nacional catalán. En último término, para mí es muy importante recordar que un canon catalán que tenga a Moix (a todo Moix) en una posición muy central dice cosas muy diferentes (sobre concepciones de la literatura, sobre Cataluña) a un canon que lo margine o lo excluya.

A la hora de clasificar a Moix es difícil encontrar la palabra. ¿Escritor? ¿Intelectual? ¿Showman? Sin duda escribió. Sin duda articuló ideas. Sin duda fue un exhibicionista. Aquí me centro en un aspecto de su concepción de la literatura como arte, como provocación, como gesto narcisista. Como me recordaba David, la casi sonrojante falta de pudor es lo que hace su trabajo autobiográfico excepcional. Muchos lo verían como un peaje, para Moix parece ser el objetivo central de su trabajo.

Esto puede parecer poco “literario”. Recordemos que la literatura está sometida a un proceso de institucionalización que nos insta a evaluar según ciertos criterios. El siglo XX trajo una gama de criterios amplia: lo que buscamos en un texto de Breton no es lo que valoramos en Proust, por dar un ejemplo. Las viejas virtudes dejan de existir como presupuestos estables. Como sugiere Fernández en su texto de El gai saber citado, en realidad Moix escribe en sincronía con movimientos literarios de finales de los sesenta y los setenta conocidos como “posmodernismo” (aunque quizá no demasiado consciente ni del nombre ni de sus presupuestos) pero los criterios de calidad del canon tardaron en asumir los rasgos de este proceso. La literatura legítima para los artífices de los estudios literarios catalanes era la que contenía ciertos valores tradicionales. El trabajo de Moix sólo se valoraba si se leía desde ese prisma. Así, aunque El dia que murió Marilyn es una novela que abraza el arte popular como repertorio de gestos y emociones, la verdad es que está escrita para ser apreciada como literatura seria que emplea las convenciones de la novela saga familiar, cercana un poco a Balzac y un poco a Hans Fallada. Otras obras (por ejemplo Mundo macho) fueron mucho menos asimilables en esos términos. Mundo macho es un ejemplo de literatura impura, llena de elementos explícitamente prestados, que renuncia a una lógica o una claridad clásica. Pero como subraya Fernández es muy propia del panorama internacional de su tiempo.

Lo que está en juego es una revisión de conceptos como “valor literario” o “buen gusto”. En esta revisión, Moix fue pionero. Según lo veo en sus memorias, una de las claves para entender qué se dirime en la obra de Moix hasta los años ochenta es la tensión entre las estructuras que conforman el gusto a partir de fuerzas de clase (tal como explica Bordieu) y la necesidad narcisista de superponer a ese “buen gusto” un yo que es diferente, rebelde, inclasificable, irreducible a los criterios oficiales de la buena cultura y reacio a funcionar dentro de las estructuras que configuran una clase (en el caso de Moix, el pujolismo cultural). Es una tensión que se traduce en cierta angustia, y quizá la logorrea sea uno se sus síntomas literarios cuando habla de sí.
Moix intuye (sin haber leído a Bordieu) que la cultura, especialmente la cultura catalana que es parte de un proyecto nacionalista, se configura en términos de comunidad: si manifiestas cierto gusto eres un individuo “educado”, eres uno de los nuestros (noto estas presiones mucho menos en Madrid, quizá porque la clase no se configura aquí en términos de cultura, al menos no hasta el punto de Barcelona). Ciertos gustos (en el caso de Moix los gustos afrancesados) proporcionan acceso a ciertas comunidades; el elitismo no es necesariamente un signo de inteligencia, sino una concesión: si uno acepta el pacto faústico de la cultura elitista (que supone renunciar, en el caso de Moix, a cosas como Steve Reeves), obtendrá recompensas (premios, loas, dinero). Pero el yo narcisista Moixiano no acepta lo que para él habría sido muy sencillo en 1970. Una vez consigue el reconocimiento, su triunfo está en provocar, cuestionar, hacer la pedorreta al establishment, al que no desprecia por sus contenidos (el proyecto nacionalista ni le interesa ni le deja de interesar) sino porque no soporta su estatismo, su monolitismo.
No creo (en principio) que Moix controle totalmente esta oposición en su escritura. Hay algo en ella, en su yo público que es frenético, excesivo, que insiste en la autodefinición. Y esta es la contradicción principal que no resuelve: por una parte quiere ser un “yo”, ese “Terenci” individual, provocador, siempre a la contra, por otra es, en su práctica, en sus gustos, en el contenido de lo que dice, alguien plural, indefinible, fluido y resistente a toda integración en las estructuras que desesperadamente necesita, aunque sólo sea para afirmar su no pertenencia. Lo cierto es que es que al poner el yo por encima de la literatura, Terenci lleva a cabo emocionalmente lo que otros en otras tradiciones intentaban intelectualmente. Con el sacrificio de las buenas formas y el mestizaje, sean cuales sean sus motivaciones, Moix contribuye a la modernidad literaria.


MOIX QUEER

Uno de los lugares comunes de las tapadas vocacionales cuando se les reprocha su discreción constituye devolver la pelota diciendo que ellos no “hacen bandera” de la homosexualidad. Por supuesto se trata de un cuestionamiento que presupone que la homosexualidad no es algo que haya que politizar, una actitud que si se sigue hasta sus últimas consecuencias nos tendría todavía a todos en las catacumbas, un lugar que sólo resulta cómodo a un puñado de privilegiados. Ciertamente Moix no “hizo bandera” de la homosexualidad y le han llovido tortas desde ambos bandos: entre las tapadas y las decentes por ser demasiado explícito y desde el movimiento por no implicarse lo suficiente. Se repite pues el conflicto entre pureza y narcisismo que hemos visto en el ámbito nacionalista y en el ámbito del gusto literario, ahora en el contexto de la identidad gay politizada. A pesar de que no hay nadie tan queer en nuestra tradición como Moix (en términos de personaje y de escritura), la demanda de que articule su identidad según ciertos parámetros conduce a marginalizarlo. En los noventa algunos (incluido, añado con cierto sonrojo, yo mismo) le acusaban con cierta ironía de no ser “suficientemente” gay. El error de quienes así lo hacían (vale, hacíamos) era claro visto desde nuestra perspectiva: la identidad gay había propuesto, como el catalanismo de CiU, un programa muy concreto sobre lo que significaba la identidad sexual y los modos en que debía expresarse públicamente. Como el catalanismo, la identidad gay politizada requería sacrificar parte de la experiencia personal en aras de un proyecto compartido que, sí, podía conducir a una identidad empobrecida, poco radical, integrada en estructuras conservadoras. Si los catalanistas y los críticos literarios tradicionales tenían motivos para desconfiar o marginalizar a Moix, también lo tenía el movimiento gay oficial. Una buena asimilación de la teoría queer al final de la década clarificó las cosas.


Históricamente hay que recordar que la disidencia sexual fue, desde el principio, rasgo central de su persona pública y de su escritura. Esto precede incluso a las más tempranas articulaciones de una identidad gay politizada en España. Es más, si hemos de creer ciertos episodios del segundo volumen de El peso de la paja, ya en los años cincuenta Moix conoce una cultura homosexual relativamente subterránea pero muy bien articulada en Barcelona a través del círculo de su tío. Su experiencia de la homosexualidad precede la identidad estable y los sacrificios que el movimiento pedía pudo considerarlos (como por otra parte muchos de su época) como un atentado contra su propia libertad. Haciendo un poco de historia recordaremos que esta cultura homosexual catalana no se reducía a ambientes marginales. Cuando se produce la primera explosión del movimiento en el 77, se ha contado cómo muchas de estas manifestaciones se consignan a un segundo plano. Moix nunca habría aceptado una disciplina de grupo ni una rebeldía compartida cuando ya llevaba diez años de afirmación personal. Tampoco, dada su trayectoria, le era fácil entender las ventajas que la nueva identidad podía traerle.

El Movimiento constituye una fase clave para acabar con la opresión cotidiana, pero constituye una estandarización que no debe ser tomada como modelo. Por supuesto tampoco la obra de Terenci producía estos modelos positivos. Es cierto que la representación del homosexual participa de tópicos de representación del momento, pero una lectura atenta muestra que Moix no cae en las coartadas de otros que utilizan clichés similares para fortalecer ideologías homófobas. Lilí Barcelona, a pesar de cierto tono lánguido es una historia interesante en la que los valores queer triunfan. Amaneramiento, tristeza, soledad, sexualidad dolorosa u opresiva son aspectos que no hablan necesariamente de una verdad y con el tiempo han ido formando parte de la gama de aspectos reividindicables desde una perspectiva queer.

¿Es Moix legible y reivindicable desde las propuestas queer? Para responder a esta pregunta, antes habría que matizar las apropiaciones de lo queer desde la izquierda del activismo español desde inicios del siglo XXI. Tal como decía, en España se es mucho de “hacer bandera” y lo queer fue acogido con entusiasmo por parte de quienes (en su mayoría jóvenes) desean una nueva identidad que reemplace la estandarización que emanaba del movimiento. Hasta aquí, bien. Pero de alguna manera lo queer empieza a aplicarse según líneas de fuerza más bien conocidas y empieza a adquirir rasgos específicos, fijos, que esencialmente debería rechazar. Así lo queer se presenta como “de izquierdas”, “revolucionario”, “sexual”, “atrevido”, “anti-burgués”… y si bien lo queer como resistencia a las identidades fijas sería asimilable por Moix, cuando se llena de significados como los mencionados, empieza a ser problemático. La mirada burguesa, la comercialización, el gusto por la alta cultura de Moix no rompen para nada con una visión queer de la identidad sexual pero sin duda chocan con las “identidades” queer que parecen apoderarse de la izquierda del movimiento. Moix es queer incluso en su resistencia a una politización estandarizada, venga de donde venga. De nuevo, poner a Moix en el centro de nuestra historia de disidencia sexual nos hace ver tal disidencia de maneras distintas, quizá más revolucionarias, de las que se elaboran desde un programa político.

Y resultará que hasta en su identidad queer la impureza de Terenci Moix nos enseña una gran lección. ¿Y si el síntoma principal de la visión queer fuera el narcisismo?

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