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Lo que deja Pedro Zerolo

El mundo se divide entre quienes tienen miedo a la palabra y quienes piensan que la palabra cura y tiende puentes. Los primeros no discuten, embisten: el miedo al lenguaje los hace ciegos a su potencial. Pero el lenguaje no es lo que nos fija, es lo que nos permite movernos, palabras, argumentos, nos permiten fluir, progresar, crecer. Entender esto ya es poco frecuente en la vida cotidiana, pero por desgracia es excepcional en la política, donde la capacidad de escuchar y salir de las armaduras con las que nos protegemos debería ser una virtud. Aferrarse a las ideas de uno (ideas que, irónicamente, nunca son de uno, simplemente es una fantasía seductora) no nos permite ver. Me parece que es algo que Pedro Zerolo entendía muy bien. En un encuentro hace ya casi diez años, me demostró que incluso en la política, la capacidad de hablar, argumentar y comprender llevan más lejos que las posiciones rígidas.

Coincidimos en un programa de radio, quizá en torno al 2006. Yo en aquel momento estaba lleno de negatividad ante lo que percibía como ninguneo del activismo oficial a mis trabajos Para entendernos y De Sodoma a Chueca. Al mismo tiempo, desde la izquierda gay empezaban a surgir voces de abierta hostilidad hacia lo que hacíamos algunos desde fuera del activismo; si uno escuchaba ciertas voces daba la impresión de que el enemigo no era el heterosexismo, sino, paradójicamente, otros homosexuales que no eran lo suficientemente “queer” (concepto que se utilizaba de manera parcial, por cierto, como un simple gesto desabrido) como para merecer atención. Sabía que Zerolo era objeto de críticas, y no sabía si compartirlas. Demasiadas voces causaban confusión, demasiada información circulaba y no explicaba nada. Había cierto empeño en dividir a partir de posicionamientos vehementes y era imposible mantenerse al margen: me dolió especialmente acabar en situaciones en que a pesar de intentos por matizar se me abocó a una posición polarizada con la que no me identificaba. A estas cosas uno responde cerrándose: en una situación retórica contaminada, lo mejor es no decir nada. Estaba en un mal lugar, y el resentimiento me impedía ver cosas que pasaban dentro de las cosas que se veían; mirando los detalles perdía la situación general, que era, gracias al trabajo de muchos, una mejora innegable frente al pasado. Creo que en el programa dije algo que tuvo que sonar mal y Pedro me clavó una mirada. Al acabar yo iba simplemente a despedirme y salir corriendo, que es lo que los tímidos hacemos cuando sabemos que acabamos de meter la pata, pero Pedro me invitó a tomar un café en uno de los Nebraskas de la Gran Vía.

El café en sí fue deleznable, pero para mí aquella conversación cambió muchas cosas para mí. En mi actitud frente al trabajo de Pedro pero también en mi actitud frente lo que realmente estaba sucediendo en términos de políticas de igualdad. Hablamos. Hablamos de la gente, hablamos de las actitudes. Vi que él sabía el lugar que ocupaba en la red de recriminaciones y egos de aquel momento, sabía que se le cuestionaba (poco desde el colectivo oficial, mucho desde las alas radicales) y se le llamaba cosas. Sin embargo, frente a mi negatividad, él habló de los avances, de cambios cada vez mayores, de mejoría para mucha gente. Habló de políticos socialistas que se habían opuesto a su papel dentro del partido. Y cómo su presencia había roto silencios dentro del mismo: gente que no habría querido tocar el tema de repente estaba dispuesto a ponerlo en la agenda. Y frente a mis frustraciones estúpidas, Pedro tenía claro que había que seguir adelante. Que lo que hacía, que ejercer su función era lo mejor para más gente: uno ha de hacer lo que sabe que tiene que hacer, hablar, tender puentes, encontrar ocasiones y mover ficha. Me permitió tocar temas delicados y en ningún momento descalificó a los radicales: hacían lo que tenían que hacer según sus ideas, aunque los dos veíamos que en sus palabras había algo de pose. Como siempre con todo el mundo. Lo que aprendí es que las cosas eran siempre mucho más complejas, que la complejidad debe ser abrazada, que los otros no piensan como uno y eso está bien, que la gente siempre va a posicionarse. y sobre todo, para mí, que hay mundos (o miradas) que no son contrapuest@s sino paralelos. Estar fuera del activismo institucional no es estar contra el activismo institucional: uno puede avanzar con los movimientos como quien recorre un río paseando por la orilla, reconociendo su función benficiosa, su fluir. He de reconocer que sigo sin entender la dinámica de los grupos activistas y sigo sin sentirme cómodos en los entornos políticos, pero son necesarios y creo que tenemos suerte de que alguien como Zerolo haya estado ahí, haciendo bien lo que otros no entendemos.

Aunque las ideas fueron sedimentándose a lo largo de cierto tiempo, de Pedro Zerolo aquella mañana aprendí que la palabra y la seducción son mucho más efectivas que las doctrinas y que hay ciertos juegos que nos pueden parecer banales desde una perspectiva intelectual, pero hay que jugarlos. Y si no jugamos, al menos callar. Y supongo que esto es lo mejor que puedo decir de él desde mi limitado conocimiento, que cambió el modo en el que veía ciertas dinámicas. Todo lo demás está bien. Pero lo que le hace especial es que, a diferencia de la gente que se oponía al mundo en general, supo tender puentes que nos permitieron avanzar. Sin rencores, sin mirar atrás, sin entrar en enfrentamientos innecesarios con gente que tiene miedo a argumentar.

Su herencia es indudable y ahora hay que seguir aprendiendo de él. En lo esencial. Fue un hombre que no temió las palabras.

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