Cultura, Culturas gais, Lenguaje

Mans Zelmerlow, Eurovisión y homofobias varias

Mans Zelmerlow y su monograma: el hombre y el símbolo
Cierto revuelo la otra noche sobre Mans Zelmerlow, centrado en uno de los Problemas Que Realmente Preocupan A Los Europeos: en un evento tan tan tan gay como el festival de Eurovisión, cómo es posible que triunfara alguien que había hecho “declaraciones homófobas”. Algunos (en su mayoría heteros y los promotores del muchacho) aseguraban con vehemencia que “se había retractado”. Otros, desde el otro lado, algunos desde una perspectiva militante exigían que “se le retirase el apoyo”. No explicaban realmente cómo iba a hacerse esto ni con qué medios contaban para ello. Es lo que se llama un gesto vacío: no significa nada más allá de su expresión. Pero la expresión es importante y la retórica de la misma puede ser utilizable. A mí, que no me he creído nunca las palabras de chicos apuestos (casi nunca) y que opino que no pasaría nada si el Festival de Eurovisión no lo viera nadie (ni gay ni hetero), la polémica me sirve para irme por la tangente y reflexionar un poco sobre lo que significan los enunciados homófobos en el guirigay ruidoso que es hoy nuestra cultura.
Hubo un momento, con un sistema cultural que dosificaba las posiciones desde las que se enunciaba el discurso público, en que las cosas eran mucho más fáciles. Tanto por la mayor unidad del discurso como por el modelo de homofobia. Podíamos llamarla “homofobia clásica”. Retóricamente, la homofobia clásica tiene dos rasgos: la homosexualidad sólo entra en los canales discursivos (libros, ciencia, legislación, prensa, literatura) como algo totalmente ajeno a la normalidad y articulado dese una mirada heterosexual; además, su representación es siempre “negativa” (la ley debería prohibirla, la ciencia debería curarla, la sociedad debería acallarla, el arte debe excluirla y maldecirla). Este periodo es tan dominante en occidente que nadie puede construir un contradiscurso. La segunda era es la que podemos denominar “homofobia liberal”. Como en el modelo anterior la homosexualidad entra en discurso casi exclusivamente desde una perspectiva heterosexual (sigue siendo una otredad, y esto afecta también a los intentos de hablar en primera persona: el marco es siempre hetero). A diferencia del modelo anterior, se permite cierta legitimidad a ciertas manifestaciones de la homosexualidad. Es decir, que ya no es un no absoluto, es una especie de “sí pero”
Habría que añadir dos matizaciones a los modelos anteriores. La primera es que no son sucesivos, el segundo no supera al primero. Coexisten, a veces en la misma cultura, a menudo en el mismo pueblo, en la misma calle, en el mismo edificio, en la misma oficina. Hay gente que respira un entorno cultural donde sigue dominando la homofobia clásica. Otros viven, algo más cómodamente, en el mundo de la homofobia liberal donde amigos y colegas de trabajo hetero te encuentran aceptable y te dicen que ellos también tienen amigos gays. La segunda es que a pesar de que puede dar lugar a vidas cómodas con molestias menores, hay que decir que desde un punto de vista ético la homofobia liberal con sus peros no es legítima. Por pequeño que sea el “pero” (“pero” no puedes casarte, “pero” que no se enteren mis hijos, “pero” no quiero verte en horario infantil, “pero” no puedes adoptar, “pero” no promociones tu simpática manera de ser, “pero” no tengas pluma, “pero” deja de hablar de penes en mi presencia) no es admisible. Y esta idea es y debe seguir siendo central al activismo gay y a cualquier voz responsable en nuestra cultura. Es innegociable. Así es como la perspectiva queer (cuyo fundamento es filosófico, no político) ayuda a los activistas: la homofobia liberal es ridícula porque sigue presuponiendo que hay una línea de demarcación en la que “lo otro” empieza, la perspectiva queer rompe con la fantasía de una identidad esencial y por lo tanto no hay un “otro” al que poner cortapisas. Las fronteras entre homo y hetero se difuminan cada vez que articulamos una perspectiva queer en las argumentaciones, y es deseable que la repetición performativa de esas argumentaciones acaben por cambiar el clima.
Para mí, el problema con el discurso sobre homofobia hoy en día consiste en superar el modelo de homofobia liberal y crear espacios donde ésta  (con sus “peros”, todos y cada uno de ellos) sea inadmisible, en los que esta se vea como lo que es. No me cuesta gran cosa vivir con la idea de que la homofobia clásica siempre estará ahí, en parte porque se plantea como algo absoluto y esencial, ergo inatacable por la retórica. Todo el mundo necesita algo de lo que distanciarse, algo que “no es” con el fin de “ser algo”. Y hay gente que por razones estratégicas o por limitación intelectual decidirán que la homosexualidad debe ser negada (en sí mismos, en los otros, en la sociedad). Sería deseable que la distinción “homo/ hetero” fuera superada, pero esto es algo que no va a sueceder a corto plazo, y mientras exista, “homo” va a ser el término más vulnerable de la misma. Siempre habrá homofobia. Pero me parece interesante que, poco a poco, estemos viendo cómo desaparece (gradualmente, no sin retrocesos) del ámbito legal y del ámbito mediático. La homofobia clásica en los medios suele ser significante de una posición marginal, como los programas religiosos. “Mucha gente los ve”, sí, pero al mismo tiempo parecen absurdos y fuera de la experiencia cotidiana para los sectores más educados de la población. Parte del proceso educativo es no entrar en la retórica de los medios que dicen que la homosexualidad es pecado. No sé si sirve de mucho luchar violentamente contra este tipo de sectores, simplemente habría que fomentar la visión de que ciertas actitudes marginalizan a quien las enuncia. 
La homofobia liberal es otra cosa. La introducción de un “pero” abre un resquicio que permite entrar en un diálogo crítico, que permite la retórica. Si alguien dice que los homosexuales no deben existir, no hay posibilidad de discusión. Si alguien dice que tiene amigos gays y son chachi, pero que ellos no piensan que deban adoptar o casarse, tenemos artillería. Que nos den un espacio y se puede discutir la cuestión. Y aquí es donde la gente que no sea obcecada puede cambiar de atención. No hay que olvidar nunca que tenemos razón. Recientemente Michelangelo Signorile decía que en cuestiones de nuestros derechos no cabe discusión (de ahí que el referendum de Irlanda me parezca algo atroz: mis derechos no pueden ser decididos desde la homofobia), que no se trata de escuchar a ambos bandos. No hay ambos bandos. Hay un bando que se apoya en la cultura y la civilización y otro que se apoya en el oscurantismo y la mistificación. En cuestiones de derechos, cualquiera que nos quiera negar un derecho por ser homosexuales (los “peros”) simplemente se equivoca. Y punto. Y no hay que ceder ni un paso. 
Volviendo a nuestro cantante, (al que habíamos olvidado como lo olvidará la historia, pero que nunca fue más que una excusa para la reflexión, que probablemente es el lugar que merecen los hombres atractivos en nuestra cultura): ¿podemos considerarlo como un ejemplo de homofobia liberal, qué actitud nos merece, hay que boicotearlo o algo peor? Está claro que su homofobia no es de tipo clásico. No puede serlo. Le sería imposible convivir con los músicos gays, con el entorno de la música pop, etc. En realidad sus declaraciones homofóbicas fueron estratégicas, no sé si dictadas por un agente o por unas entendederas evidentemente limitaditas. Se trataba de un programa tipo reality en la que la gente necesita crearse una imagen. Y al chico se le ocurrió que como era mono y tal pues por qué no fomentar la idea de una heterosexualidad incorruptible. A él le parecía que la homosexualidad “no era natural”. Por supuesto el problema estaba en que probablemente no se había planteado jamás el significado de “natural” (o de “homosexualidad”). Literalmente nos sabía lo que decía, aunque tenía claro el efecto retórico de sus palabras. La retórica homófoba creaba un personaje de empatía rápida para fines crematísticos (dentro de los límites del programa). Esta retórica (y esto me parece importante) no va “contra los homosexuales”, sino que es meramente narcisista. Era una manera de crear imagen. Tonta, sí, pero imagen al fin: recordemos que crearse un personaje es el problema que produce desesperación en estos programas. Gente que no ha hecho nada en la vida y no tiene nada que decir tiene que fingir que son interesantes y para ello recurre a clichés o rasgos en circulación. En una sociedad no especialmente homofóbica como la sueca uno imagina que lo de la homofobia postiza puede parecer un mal menor (su homofobia no se leerá del mismo modo en los países escandinavos que en Rusia). Por supuesto aquí los homosexuales éramos efectos colaterales. Y un chico delgado con innegable talento para llevar camisetas ajustadas se le suelen perdonar bastantes cosas. 
Llega Eurovisión y empieza a retractarse. Que si se equivocó. Que si no era eso. Que si claro que no. Que si en realidad estaría dispuesto a “probarlo”. Y la cuestión la otra noche parecía ser si se había retractado por mero cálculo. Claro que sí, no les quepa duda. Pero es que sus “declaraciones homófobas” también eran cálculo. No creo que haya nada en la carrera de estos tipos que no sea cálculo. Cada palabra que dicen, cada gesto, cada camiseta que se ponen. Pero este es un problema muy amplio. Lo que debemos hacer es dejar de juzgar su catadura moral y ver cómo podemos aprovecharnos de una mala situación. Y como cálculo nos favorece retóricamente. Que alguien calcule que la homofobia no le compensa (que es la lectura que hago de su “marcha atrás”), es un signo de cómo la homofobia liberal está sometida a un ataque y, si este ataque es consistente y prolongado, puede ir en retroceso. Estamos lejos de ello, pero la batalla retórica debe continuar. Debemos seguir creando un discurso crítico que analice lo que significan ciertos enunciados en nuestra cultura. ¿Qué nos importa lo que Zelmerlow “piense”? ¿Por qué convertirlo en persona? Zelmerlow es una imagen. Probablemente es todo lo que ha aspirado a ser en su vida, así que no lo estamos objetificando. Es una imagen que muestra las fracturas de la homofobia liberal. Debemos abrazar a Zelmerlow (no hablo literalmente ahora, no os hagáis ilusiones) como algo que podemos apropiar y hacer hablar en nuestro nombre. No sirve absolutamente de nada tratándolo como si fuera un sujeto autónomo cuyas decisiones le definen, es un cliché cuyos enunciados hablan de nuestra cultura. Sus enunciados sólo definen una agenda: la de ser famoso. O intentarlo. Y a mí no me importa que se haga famoso si puedo hacer que algo de él me sirva de algo. 
Quizá deberíamos dejar de escuchar a gente sólo porque esté delgada, tenga buena dentadura y las luces bien puestas transfiguran su rostro. Quizá deberíamos dejar de ver Eurovisión. Pero no lo hagamos para castigar a nadie. Hagámoslo porque, realmente, el nivel es de pena. Si vamos a negarnos a ver Eurovisión debe ser porque queremos que el nivel de la cultura popular mejore, no por militancia. A mi me importa la homofobia, pero más me importa el nivel basura de la cultura popular en nuestro tiempo. Hay miles de motivos para boicotear el festival de Eurovisión, pero no desde una perspectiva militante gay. Ahora bien, si vamos a entrar en lo de Eurovisión, si no hay más remedio que escuchar ocasionalmente a los chicos guapos, demostrémosles quién tiene la palabra, hagámoslo realmente nuestro. Desde una perspectiva militante gay no podemos permitirnos no aprovecharlo. 
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