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La leyenda de la ciudad sin nombre (Paint Your Wagon, 1967)


La película no tiene muy buena reputación crítica y tuvo una acogida hostil. Era la época. Tanto el biógrafo de Alan Jay Lerner, como quienes escriben sobre teatro o cine musical la consideran una atrocidad, con números muy malos y que peca de megalomanía. Ciertamente no es como el musical original de Broadway (que tampoco fue gran cosa, no vayamos a engañarnos), y ni el director Joshua Logan ni Lerner eran hombres de cine. Antes de que la cosa empiece Logan (el hombre de los filtros de color en South Pacific y la cámara aquejada de nouvellevaguismo en Camelot) nos atiza con unos planos aéreos que nos hacen temer lo peor. Luego en realidad no es tan catastrófico: simplemente incapaz de decir nada por medio de puesta en escena. Escenas de gran contenido emocional como cuando Elizabeth expulsa a sus maridos de casa las rueda como un episodio de Farmacia de guardia. Por no hablar del reparto. ¿Un musical con Clint Eastwood, Lee Marvin y Jean Seberg? Por favor. Sería difícil pensar en un trío de actores menos cualificado para el género. Y nuestros temores se cumplen: Marvin croa, Eastwood no entiende lo que canta y Seberg tiene una voz realmente desagradable.

Por lo demás, los musicales de la época tienen mala reputación en general porque hundieron estudios. Entre Sonrisas y Lágrimas/Mary Poppins (del mismo año: 1965) y Grease (1978) el único musical que gustó fue Cabaret (1972). El resto son considerados por gente como Ted Sennet “dinosaurios” o, por lo menos, “catástrofes”. La lista incluye algunos tan bonitos como El violinista en el tejado, Camelot, Hello Dolly o Noches en la ciudad, y ya para los muy fans Star!, Dr Dolittle, El hombre de la Mancha (Sophia Loren en un musical!), At Long Last Love (Burt Reynolds en un musical!!) o Horizontes perdidos (LIV ULLMAN en un musical! JOHN GIELGUD en un musical!!!, apología del oxímoron). Con tanto fracaso acumulado y tanto dinero perdido uno se pregunta a qué loco se le ocurría intentar el empeño.


Sin embargo Paint Your Wagon (o La leyenda de la ciudad sin nombre: esta vez el título castellano es mucho mejor que el original) es una de las películas que más me impresionaron en mi adolescencia. La veía cada año en cines de verano (el producto Paramount lo distribuía CIC, que no llegaba a los cines normales de mi pueblo) , y al revisarla esta noche he comprendido por qué. Los temas. No es cuestión de puesta en escena, y no es un buen guión, pero los diálogos desarrollan unos temas con los que conectaba (conecto) y que creo que transmiten una perspectiva original y nada ortodoxa sobre la civilización, las emociones, la vida en comunidad, cargada de resignada misantropía. Para los que no la conozcáis: la película está ambientada en la California de mediados del XIX (pero el rodaje tuvo lugar en Oregón), en el mundo de los buscadores de oro. En más de un sentido es un auténtico Western. Mucho más western gay, que cierta película Que No Será Nombrada. Aquí un grupo de pioneros se asienta no tanto con el fin de “echar raíces” sino para hacerse ricos. Pero poco a poco, la cosa se convertirá en un lugar “civilizado”… que procederán a destruir.
El primer tema central es el de la civilización. Alan Jay Lerner y el guionista principal Paddy Chayefsky eran hombres de su época que maduraron en un clima represivo y monocolor pero desarrollaron pasados los cuarenta ideas libertarias (sexo y drogas). Esto suele conducir a cierta empanada mental. Y la empanada mental se refleja en la película de una manera muy interesante. Para el protagonista Ben Rumson (Lee Marvin), el proceso civilizador es nefasto, porque corta las alas al aventurero, y siempre huye del mismo. El contexto histórico es el de tantos Westerns (por ejemplo la fantástica Raíces profundas) que combina melancolía del paisaje libre con el imperativo (impuesto con grandes sacrificios) de civilización. Es algo que queda claro en su primera canción (por cierto cortada en la versión que yo veía de adolescente, al igual que la preciosa “A Million Miles Away Behind the Door” que canta Elizabeth). Pero claro, cierto tipo de vida comunal resulta inevitable, y poco a poco el campamento se va convirtiendo en ciudad. Se intenta, eso sí, hacer una ciudad de hombres (HOMBRES) libres. Hay ecos aquí de Mahoganny en el uso cínico de la palabra “libertad”. De hecho, como en tantas producciones de la ópera de Weill, la contrapartida real de la Ciudad Sin Nombre bien podría ser Las Vegas: construye una utopía y acaba por no serlo. La ciudad crecerá a partir de la prostitución, el juego y el alcohol, y en este proceso la película muestra un interesante instinto satírico con un referente claro: el proceso civilizador en los Estados Unidos. El personaje más ridículo es un predicador, seguido de una familia de campesinos puritanos. ¿Cuántas películas comerciales de hoy en día harían de la religión y el puritanismo una payasada? ¿Cuántas se pararían a considerar que una relación a tres bandas es, al menos, plausible? Y sin embargo La leyenda de la ciudad sin nombre lo hace.
Esta es la segunda línea de desarrollo: Ben Rumson “compra” una esposa (vale, en términos de gender politics es bastante problemática, pero al igual que la homofobia de Cruising, es algo que creo que uno ha de superar); al comprobar que ésta y su “compañero” se han enamorado, decide compartir con éste último, estableciendo un menage a trois que, asumimos, funciona en lo sexual y en lo emocional. Si la relación acaba por fracasar se debe precisamente a un ataque de respetabilidad por parte de Elizabeth. De nuevo: la “respetabilidad” se considera como una enfermedad letal de la civilización. En la película, seguir la corriente a los puritanos es la peor de las transgresiones, el peor de los pecados. Supongo que esto lo podemos asociar con la experiencia gay: por ser como somos, es posible que incomodemos a algunos que se incomodan con extremada facilidad, pero es un terreno en el que creo que JAMÁS tenemos que respetar la sensibilidad ajena (si es homófoba). La excesiva sensibilidad del prójimo en cuestiones sexuales sólo conduce a que todos llevemos vidas que carecen de autenticidad.
Viéndola esta noche, he pensado que otra de las cosas que me impresionaba mucho en tiempos más inocentes era la clara homosocialidad que aparece en las relaciones. La amistad entre Ben y Pardner (Clint Eastwood) es tan fuerte como el matrimonio de ambos con Elizabeth (Jean Seberg). De hecho, creo que Lerner y Chayefsky son conscientes de esto, y cuando hace decir a Pardner al final: “Nunca he amado a otro hombre tanto como a ti”, quiere decir EXACTAMENTE eso. Hoy nos cansa un poco la lectura gay de todo, pero en los sesenta era revolucionario sugerirlo, incluso interesante y provocador. La homosocialidad se ve por doquier. El chino que acompaña al personaje de Harve Presnell podría ser su catamita. Hombres que bailan juntos. Amigos, camaradas, quizá algo más. Y esto sin que se pueda deducir que “estos hombres eran maricas” sino que esto es lo que los hombres hacían sin preguntarse qué eran en estos contextos. Me parece una idea que todavía no hemos asimilado del todo bien. La camaradería whitmaniana “era” y “no era” homosexualidad. Por eso es interesante.
Recuerdo que cada vez que veía la película en un cine de verano había varios momentos que me emocionaban con especial intensidad y hoy me han producido todavía punzadas de dolor. Uno de ellos era la imagen de estos hombres solos bajo la lluvia mientras cantan “They Call the Wind Maria”. El uso del paisaje también me impresionaba. Yo vengo de un pueblo donde apenas había estaciones, casi nunca nevaba, llovía poco. Es natural que para mí los sitios que tienen un clima “grande”, que realmente determina vidas, tengan una especial fascinación. Y el agua por doquier. Creo que no sería capaz de vivir en un sitio que no tuviera agua cerca. Otra imagen impactante era la fría noche azul punteada de luces amarillas: el exterior inhóspito, el interior cálido, pero con el protagonista situado “fuera”. Lee Marvin cantando “Wandrin’ Star”, una canción que nos recuerda que Lerner fue, después de todo, uno de los grandes grandes grandes letristas de Broadway.
Esta canción siempre me ha causado una profunda melancolía: lo que dice me importa, me afecta, es, quizá, una condena, algo de lo que no me puedo librar. En aquellos años, yo no sabía, no sospechaba, que saldría de mi pueblo y no acabaría de encontrar un lugar para asentarme. Incluso hoy, cuando creo que lo he encontrado y nada deseo más que echar raíces, escucho la canción, siento que muy adentro no puedo evitar haber nacido bajo un astro errante y me invade la melancolía. Es algo que la película no resuelve de manera satisfactoria, pero quizá por eso resulta especialmente viva para mí: es como ver en el espejo una imagen inacabada y no acabar de comprender que posiblemente esa imagen soy yo.
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6 thoughts on “La leyenda de la ciudad sin nombre (Paint Your Wagon, 1967)”

  1. Llevo varios años con esta película en la sección de “por ver” sin acabar por encontrar el omento. Forzaré ese momento este fin de semana, y quizás la acabe volviendo a comprar el díq ue se edite en BluRay (“Chicago”, “Hairspray” o incluso “El fantasma de la ópera” son musicales que ganan bastante cuando son proyectados con excelente calidad de imagen)

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  2. A ver, tampoco hay que llamarse a engaño: la peli tiene mala fama, ¿eh? Y no te voy a decir que no lo comprenda. Sus longueurs tiene. Es todo cuestión de que entres en el tema, las relaciones o la situación. Entonces funciona. Supongo que es la diferencia entre ser crítico o ser subjetivo. Si soy subjetivo me encanta, si me pongo en plan crítico, pues no podría decir nada bueno. Pero si la ves ya me cuentas.Yo el Blu Ray no creo que llegue a funcionar: demasiado tarde, demasiado poco, requiere inversión y estamos en crisis, y a mí no me harán renovar mi videoteca después de ocho años de paciente construcción. Y creo que saldrá alternativa antes de que el formato se haga realmente popular. No sé. Es como para estar hartito de los cambios. Perdieron tres estúpidos años compitiendo con HD, y ahora les está bien empleado… las multinacionales no necesitan las descargas ilegales para hundirse, morirán de estupidez.

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  3. Lamentable pero cierto eso de que “las multinacionales no necesitan las descargas ilegales para hundirse, morirán de estupidez”.En lugar de preocuparse por el coleccionista de verdad (el que quiere novedades de catálogo y cine no editado) están buscando la clientela donde no deben. Algo parecido acontece en la televisión, que pese a la moda de ciertas series (algunas de las cuales me fascinan) siguen un camino totalmente erróneo (al menos en España).Por cierto, dada la historia de la ficción televisiva ¿cabría la posibilidad de un estudio tan complejo como este centrado en la televisión?: De Topo Gigio a Espinete, de I love Lucy a Weeds, por no citar las archiconocidas Queer as folk, Noah’s Arc, etc.

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  4. Yo creo que lo de la televisión POR SUPUESTO daría mucho de sí. Sin duda. Yo recuerdo especialmente la Reina Pauloca como una cosa que me sacaba el lado gay a los once o doce años. Pero hay miles de cosas y seguro que tendría más tirón incluso que el cine. En general soy poco de tele, pero me encantaría leer algo así.

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  5. Bufff, mucho más interesante tu comentario que la película.Lo mejor de este musical es precisamente la música y como bien dices, la masacran entre los tres protagonistas.¿Hay director más negado que Logan? No puedo con él. El atentado perpetrado con Camelot no supera esos horrorosos filtros de South Pacific que seguramente le inspiró el monóculo de Neron en Quo Vadis. Pordios que plasta de director!¡Feliz verano y que la prohibición de amar te sea leve, que daría yo por ver eso y todo lo demás. Ya nos contarás

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  6. Hola, J.J.,

    No conocía tu blog hasta ahora, pero realmente estoy fascinado con estas miradas insumisas (e inteligentes) que nos propones; me identifico en general con muchos de tus puntos de vista, y especialmente con tu compartida pásión por Nueva York, Broadway y los musicales, particularmente por la irrepetible Gran Manzana de los años 40 y 50 (no sé si soy el único que pienso que el verdadero glamour terminó en torno a 1965 para no volver nunca más).

    En realidad lo único que quería comentar es que esta película, que vi hace una pila de años en TV pero apenas recuerdo vagamente porque era demasiado pequeño para disfrutarla y/o entenderla, no figura entre las favoritas de mi videoteca, pero después de tu comentario tal vez merezca una revisión urgente (yo tb soy bastante subjetivo a la hora de juzgar una peli, y apelo mucho a mis emociones, que se le va a hacer).

    Por cierto, que según escuché comentar hace años a un locutor de radio americano, la ínclita cantante neoyorquina (de dónde si no) Mariah Carey se llama así porque su madre, cuando estaba embarazada de esta joya, allá por 1969-70, escuchaba compulsivamente lo que este buen hombre pronunciaba como “They call the wind Mariah (Maraya para entendernos)”. Así que supongo que es así como se pronuncia el nombre de la canción.

    P.D. He estado viendo en Youtube videos de “Wand'ring star” y “Mariah” y ambas son grandes canciones, con ese indefinible toque de distinción propio del binomio Loewe/Lerner. Parece ser que fueron compuestas para el musical del mismo título que se estrenó en Broadway en 1951, aún en la época dorada del género.

    Un saludo, y desde ahora tienes un nuevo seguidor, fan, lector apasionado, o como lo quieras llamar.

    El Pan de Hermes

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